¿Fútbol en la poesía de Borges?

“Qué raro que Inglaterra, que ha sido injustamente acusada de tantas cosas, no haya sido acusada de haber inventado el fútbol…” Borges pronuncia la frase con su voz pequeña y balbuceante y una expresión de asombro que al final se convierte en sonrisa burlona.

Por Daniel Gentile

2016-09-11_gato_fútbolQué raro que Inglaterra, que ha sido injustamente acusada de tantas cosas, no haya sido acusada de haber inventado el fútbol…”

Borges pronuncia la frase con su voz pequeña y balbuceante y una expresión de asombro que al final se convierte en sonrisa burlona.

Cuenta que una vez, en sus tiempos de pinche en una biblioteca de barrio, un compañero le preguntó qué cuadro prefería. “Yo pensé que se refería a telas o a óleos, pero no, parece que me hablaba de fútbol. Como no supe contestarle, me dijo que, como estábamos en Boedo yo debía ser hincha de San Lorenzo de Almagro. Así que desde entonces, digo que soy de San Lorenzo”.



Hasta quienes nunca lo leyeron saben que el fútbol quedaba muy lejos del mundo de Borges, y más aún, que sentía un exquisito desprecio por ese deporte.

Por eso puede parecer inverosímil la revelación de que hay algo de fútbol en su obra. Que una pelota se le metió en algún poema. De un modo indirecto, sutil, más que el fútbol, el apodo de un futbolista se ha infiltrado en la poesía de Borges.

Es curioso, porque esta historia nunca ha sido desmentida, y sin embargo creo que hasta ahora no ha sido relatada como intentaré hacerlo.

Muchos saben que Borges tenía un gato, pues abundan las fotografías en las que están los dos. En la portada del libro que acaba de lanzar María Kodama (“Homenaje a Borges”), están los tres. Borges, María y el gato.

El pequeño felino llegó al departamento de la calle Maipú llevado por Stella Robledo, hija de Fany Ubeda, la fiel servidora del poeta. A Stella se lo regalaron en una mueblería de unos amigos y ella lo bautizó. Le puso Pepo. Por un jugador de fútbol que Stella admiraba, al que la decían “la Pepona” o “la Pepa”. Estamos hablando de José Omar Reinaldi, que probablemente en aquel tiempo jugaba en Ríver.

Cuando Stella se lo entregó a Borges, al poeta le encantó el gatito, que le habrá parecido un pequeño tigre de aquellos que lo fascinaron desde la niñez. Por la belleza de los felinos, por su elegancia, por su armonía, por su misterio, por su libertad, y probablemente porque los veía como puñales vivientes.

Pero el nombre no lo convenció del todo. Le pareció un poco duro. De manera que introdujo un pequeño cambio, y lo rebautizó Beppo, por un personaje de Lord Byron. Y aquí Borges, cuando cuenta el episodio del cambio de nombre, muy borgeanamente acota: “El gato no se dio cuenta.”

Parece que también se llamaba Beppo el dueño de una cantina a la que el escritor solía concurrir, y que tenía la costumbre de escribir la adición en los manteles de las mesas.

Sea como fuere, Beppo se integró a la vida de Borges y se convirtió en un personaje importante en el mundo de la literatura.

Una tarde Fany advirtió que el gatito se había quedado un buen rato mirándose en el espejo, entre sorprendido y asustado de que en la casa hubiera otro ejemplar de su especie. La señora le refirió a Borges este hecho más bien trivial, y el poeta se quedó pensando. Un par de horas más tarde dictó a alguien esta maravilla, titulada con el nombre del animalito, en el que había quedado la huella del apodo del futbolista al que Stella idolatraba.

“Beppo

El gato blanco y célibe se mira en la lúcida luna del espejo

y no puede saber que esa blancura y esos ojos de oro

que no ha visto nunca en la casa son su propia imagen.

¿Quién le dirá que el otro que lo observa

es apenas un sueño del espejo?

Me digo que esos gatos armoniosos,

el de cristal y el de caliente sangre,

son simulacros que concede al tiempo

un arquetipo eterno. Así lo afirma,

sombra también, Plotino en las Ennéadas.

¿De qué Adán anterior al paraíso,

de qué divinidad indescifrable

somos los hombres un espejo roto?”

A Borges le gustaba mucho acariciar a Beppo, sentir su presencia y su compañía. Esas sensaciones, y su convicción de que el animal (“inmortal porque ignora la muerte”) vive en otro tiempo, en una especia de eternidad, le inspiraron otro poema.

“A un gato

No son más silenciosos los espejos

ni más furtiva el alba aventurera;

eres, bajo la luna, esa pantera

que nos es dado divisar de lejos.

Por obra indescifrable de un decreto

divino, te buscamos vanamente;

más remoto que el Ganges y el poniente,

tuya es la soledad, tuyo el secreto.

Tu lomo condesciende a la morosa

caricia de mi mano. Has admitido,

desde esa eternidad que ya es olvido,

el amor de la mano recelosa.

En otro tiempo estás. Eres el dueño

de un ámbito cerrado como un sueño.”

Beppo murió en 1985, un año antes que Borges. Seguramente el poeta, que prefirió ignorar olímpicamente todo cuanto tuviera que ver con el fútbol, nunca supo la historia completa del nombre de su gato. No sé si la conoce  José Omar Reinaldi. Probablemente sí, porque es un hombre culto y un buen lector, tal vez un miembro de la cofradía borgeana, además de un hábil aficionado al ajedrez que, según me cuentan, suele pimponear de tanto en tanto en el bar Las Tipas.

A mí no deja de admirarme y sorprenderme esta historia mínima y casi secreta, y la forma en que se tejió su trama, con hilos que enlazan al más grande de los poetas, a un pequeño felino “blanco y célibe”, a un famoso jugador de fútbol y a una mujer joven que admiraba a ese deportista.