Nueva derrota del populismo

Los gobiernos e ideólogos populistas de la región han puesto el grito en el cielo por su destitución, a la que consideran un “golpe de estado blando”.

Por Gonzalo Neidal
[email protected]

545ce2c61511b_760x506“Dilma Palma”, titulaba Crónica TV mientras se desarrollaba la sesión del Congreso que finalmente decidiría el desplazamiento de Dilma Rousseff de la presidencia del Brasil. El título era ingenioso pero no aventurado: desde hace meses, todo anunciaba que sería ese y no otro el final del ciclo del PT.
Con la singularidad del caso, los trece años de gobierno del Partido de los Trabajadores (PT) no permanece ajeno al ciclo de los populismos latinoamericanos, que acompañaron el período de alza del precio de los alimentos y materias primas.
Ninguno de ellos se apartó del esquema clásico de expansión, distribución, popularidad y posterior crisis, que son la marca de fábrica de todos los populismos, más allá de las particularidades que cada uno aporte conforme a la historia del país en el que se desenvuelve.
Aunque no fue el motivo de su destitución, la corrupción estuvo presente a lo largo de todo el proceso y salpicó también al propio Lula, además de impregnar con fuerza todo el juicio de destitución de Rousseff.
Dilma había asumido su mandato el 1° de enero de 2015 tras una disputada elección que se resolvió por un par de puntos en el ballotage frente a AécioNeves. La sorpresa sobrevino a las pocas semanas de gobierno cuando Rousseff, que había hecho su campaña electoral negando la necesidad del ajuste que proponía Neves, nombró al economista liberal Joaquim Levy en la cartera de economía y emprendió varias medidas que implicaban un imprescindible ajuste clásico de la economía. La recesión que sobrevino comenzó a horadar su popularidad de un modo prematuro, si tenemos en cuenta que su mandato recién comenzaba.
Los gobiernos e ideólogos populistas de la región han puesto el grito en el cielo por su destitución, a la que consideran un “golpe de estado blando”. Sin embargo, Brasil ha cumplido todos y cada uno de los pasos necesarios para que el desplazamiento de Dilma no deje ninguna objeción seria en cuanto a su legalidad.
A la izquierda latinoamericana se le hace difícil explicar lo sucedido con Dilma, que en realidad significa un cambio en la relación de fuerzas expresada en los últimos comicios. Este hecho evidente no es tenido en cuenta en los análisis que se realizan en estos días. Prefieren adherir, como lo hacen rutinariamente, a la confortable teoría de la existencia de poderes oscuros que conspiran para voltear a los gobiernos que defienden a los pobres. La realidad es otra: Dilma retuvo el apoyo de una minoría, que no le alcanza para continuar en el poder.
La debilidad argumental del populismo, lo lleva a aceptar las destituciones cuando le suceden a gobiernos “de derecha” (Collor de Mello, por ejemplo) y a rechazarlas cuando son gobiernos populistas los que son reemplazados.
De este modo, ponen en evidencia su débil convicción institucional, lo que los va desplazando hacia posiciones que más tarde o más temprano, llegan a incluir cuotas de violencia.
Los intelectuales populistas esquivan realizarse preguntas incómodas. Por ejemplo, ¿por qué Dilma perdió la mayoría? O bien: ¿por qué los gobiernos populistas de la región, más tarde o más temprano, entran en crisis aunque tuvieron la posibilidad de gobernar en una de los períodos de mayor abundancia de recursos en la región?
Esta elusión de responsabilidades nos hace pensar que la crisis del populismo se presenta también en el campo de las ideas. Sus explicaciones siempre son repetidas y burocráticas; carece de una vocación auténtica por analizar sus fracasos, que se reiteran una y otra vez a lo largo y ancho de toda América Latina.