El despreciado oficio del mercachifle

La figura de los pequeños mercaderes ambulantes exhibe una carga histórica negativa, a la que se le sumaba la valoración despectiva de los inmigrantes que ejercían el humilde trabajo.

Por Víctor Ramés
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Cuadro de Florencio Molina Campos: “Mercachifle”
Cuadro de Florencio Molina Campos: “Mercachifle”

La palabra “mercachifle” históricamente tuvo un uso despectivo. Designaba en general a comerciantes callejeros o ambulantes que vendía baratijas, o cualesquiera otros productos sin acogerse al control que regulaba el ejercicio del comercio. Para ser mercachifle había que ser alguien puesto al límite de la supervivencia, un pobre local o un inmigrante que empezaba de cero, que no disponía de gran capital y se desplazaba voceando su mercadería de poca monta y en ocasiones cubriendo grandes distancias en zonas despobladas, para ganarse el pan. El mercachifle representaba en el siglo XVIII el nivel más precario del comercio. Como ha hecho notar Ernesto Saguier en su Genealogía de la Tragedia Argentina, al tratar la movilidad social en el comercio, “una de las categorías más bajas en la pirámide mercantil estaba dada por los que regenteaban pulperías”; pero incluso por debajo de éstos se situaban los mercachifles, que en ocasiones eran el antecedente de un futuro tendero o un pulpero.
Joaquín V. González (citado por Juan José de Soiza Reilly en Caras y Caretas en diciembre de 1932) ha evocado a los mercachifles vistos en su infancia en Chilecito, contando que “llegaban doblados como Jesús y con los ojos tristes, vendiendo baratijas. En aquellas baratijas estaba para nuestra pobre gente popular la ilusión de la vida. Cuando se iban, nos quedábamos tristes, porque llevaban en el fondo de sus fardos todo lo que deseábamos; todo lo inaccesible. Nadie ha escrito hasta ahora el poema del mercachifle. No sé porqué se me ocurre que la vida de Martin Fierro se le parece un poco, aun cuando sea totalmente distinta. Ambos fueron hermanos de peregrinación”.
Sin menospreciar el ensueño de González, en realidad el personaje de José Hernández no tenía respeto ninguno por el mercachifle, como se revela en estos versos que relatan el abuso de que hace objeto Fierro a uno del gremio: “Un napolés mercachifle/ que andaba con un arpista, / cayó también en la lista / sin dificultá ninguna: / Lo agarré a la treinta y una / Y le daba bola vista”.
Así concluye el episodio: “!Lo hubieran visto afligido / llorar por las chucherías! / “Me gañao con picardía”, / decía el gringo y lagrimiaba, / mientras yo en un poncho alzaba / todita su merchería.”
Hacia 1872 se recorta la figura de los mercachifles en las páginas del diario El Eco de Córdoba. Como es frecuente, el documento de época se revela teñido de valoraciones, prejuicios e intereses. Ideología diríamos hoy:

“Siempre los mercachifles
Cada día que tratamos de tomar nuevos datos acerca del venderaje que hacen los mercachifles, nos confirmamos más en el gran perjuicio que ellos ocasionan al comercio de esta plaza en general.
Un mercachifle aquí, es ni mas ni menos que un contrabandista, que furtivamente introduce sus mercaderías sin pagar derecho alguno, y por consiguiente, sin ser gravado en lo más mínimo.
El mercachifle no está sujeto a ninguna carga y tiene amplia libertad para espender y hasta para obligar a que le tomen sus mercaderías, pues que se introduce en todas las calles, insta y ruega y suplica y tal vez llegará a amenazar para que le compren.
Esto solo es un gran privilejio que nadie más tiene.
Un comerciante tiene que pagar una alta patente y además tiene que pagar mensualmente el derecho de alumbrado, el de serenos, el de limpieza, y el de medidas, etc. etc.
Qué paga el mercachifle?
¡¡¡Ni un centavo!!!
Entonces, pues, no se debe, no se puede permitir que estos establezcan su casa de negocio ambulante, más cómoda y más espeditiva para obtener una pronta venta, una segura ganancia sin contribuir con un real para la formación de las rentas públicas.”
Los argumentos de hace más de 140 años son los mismos que se pueden oír todavía hoy en la peatonal de Córdoba sobre los manteros y otros vendedores callejeros. Y volvía El Eco de Córdoba a insistir sobre el tema, siempre en enero de 1872:

“Los mercachifles
Al que se fije superficialmente en el comercio que hace un mercachifle le parecerá que su capital se reduce a unos cuantos pesos, que no pasarán de algunos cientos.
Mas, observando la cosa cuidadosamente se verá como hemos visto, que hay mercachifles que tienen más capital que el que representa una tienda al menudeo, con la gran diferencia de que esta tiene muchos artículos que se llaman clavos y otros en que no se gana nada, y en el mercachifle todos sus efectos son escojidos y de seguro lucra.
Siendo esto así, ¿hay equidad en que estos puedan ejercer su industria si pagar derecho alguno, y los comerciantes tengan que pagar ciento y una patente para tener menos utilidades?”
No podía no aparecer aquí la silueta del “turco mercachifle”, un tipo étnico y comercial que en realidad suma dos vocablos despectivos a falta de uno. Los llamados “turcos”, como se sabe, podían ser armenios, sirios o libaneses que habían llegado al país en un pequeño flujo inmigratorio desde aproximadamente 1860, con pasaportes impuestos por el avasallador imperio turco otomano, del cual huían. Marcelo Etchebarne (en 1955) incluye a los comerciantes minoristas no europeos entre los arquetipos asociados al ambiente del conventillo: “la planchadora, el compadre mayoral de tranvías, el español anarquista, el napo y tano verdulero y el turco mercachifle”, fueron figuras de sainete y de allí se instalaron en el imaginario.
Una mención del personaje en las calles de Córdoba aparece en el diario La Carcajada de agosto de 1888, que muestra la continuidad de la problemática ya expuesta en El Eco:

“Los turcos mercachifles
Estos buenos señores que tanto han abundado entre nosotros y cuya profesión es la de vender chucherías y morondangas, han sido convocados a la Policía con el fin de decirles que tengan la bondad de abonar la patente como comerciantes ambulantes, so pena de ajustarles las cuarenta y despacharlos con cajistas destempladas si así no lo hacían.
En vista de esta clara y franca manifestación, los turcos ambulantes y comerciantes tuvieron que abonar quince pesitos cada uno, si bien con un dolor íntimo de estómago.”