El dilema del equilibrista Peña

“Tironeado por los suyos y por las necesidades herejes que le impone velar por la gobernabilidad, Peña es un equilibrista que oscila entre dilemas mutuamente excluyentes. Pero esto tiene sus riesgos: en su afán de hacer malabares para no defraudar a nadie, corre el riesgo de no quedar bien con ninguno”.

Por Pablo Esteban Dávila

crdoba-marcos-pea-junt_481810La visita de Marcos Peña a Córdoba del pasado viernes dejó algunas lecturas interesantes, especialmente en el tema tarifario, la gran vedette nacional. Pero reveló, fundamentalmente, la situación de incomodidad política que vive el gobierno nacional en la provincia, la capital del macrismo electoral.
La situación no es nueva y, de hecho, ha sido analizada con alguna frecuencia por Diario Alfil. A pesar que el presidente obtuvo aquí el 70% de los votos en oportunidad de la segunda vuelta presidencial, el PRO local es un partido todavía modesto. No es un secreto que la masa crítica de Cambiemos se concentra en el radicalismo, que tiene una vieja disputa con el peronismo en el poder desde que, en 1998, José Manuel de la Sota le arrebatara el gobierno a Ramón Bautista Mestre. Así, mientras que el PRO mediterráneo aguarda por instrucciones nacionales, la UCR vela las armas a la espera de la próxima oportunidad por regresar al poder.
Esta dualidad obliga a las autoridades nacionales a guardar un prudente equilibrio cada vez que visitan la provincia. Por un lado, aspiran a mantener aceitada la estructura de Cambiemos porque, el año próximo, necesitarán de todos los diputados que puedan cosechar. Pero, por el otro, deben mostrarse empáticos con Juan Schiaretti toda vez que representa un distrito que, por haber sido castigado duramente por el kirchnerismo, fue clave para asegurar la victoria de Mauricio Macri. En otras palabras, deben fortalecer el proyecto propio sin debilitar el compromiso de privilegiar la relación con Córdoba asumido el diez de diciembre.
No es una tarea fácil, como Peña con seguridad debe de haber notado. A comienzos de mes, la mesa provincial de Cambiemos fue particularmente dura con Schiaretti, demandándole más de 1.600 millones de pesos que, conforme sus cálculos, les corresponden a los municipios. Mario Negri fue especialmente incisivo: “durante doce años, Córdoba soportó un federalismo invertido, donde la Nación se quedaba con más del 80 por ciento de los recursos y las provincias debían arrodillarse ante ella. Hace siete meses que eso cambió. Le pedimos responsablemente al gobernador que siga ese mismo camino con los intendentes”. Las espadas de Unión por Córdoba, por toda respuesta, aseguraron que “se trata de un agravio inmerecido, ya que nuestro Gobierno siempre estuvo al lado de los intendentes” y que no les debe un peso. De paso, acusaron al intendente Ramón Mestre de pretender ocultar su mala gestión detrás de denuncias sin fundamento. Es obvio que las primeras fintas pensando en el 2019 han comenzado a cruzarse.
El jefe de gabinete tuvo que respetar, en este contexto, un protocolo complejo. Por la mañana, encabezó un encuentro con Cambiemos en tanto que, por la tarde, mantuvo una reunión con el gobernador. Es difícil que haya optado por un perfil demandante con Schiaretti a pesar del animus bellis de sus conmilitones mediterráneos. El gobierno nacional tiene una agenda que, por el momento, lo obliga a prescindir de los humores locales.
Sin embargo, las acciones de Unión por Córdoba dentro de la Casa Rosada han sufrido una apreciable depreciación en los últimos tiempos. No es que Macri haya dejado de necesitar de sus diputados y de su senador (probablemente todo lo contrario) sino que estos legisladores se han mostrado particularmente críticos sobre el rumbo adoptado en materia energética. En forma más que orgánica, han mantenido la línea política establecida por De la Sota y, en muchos aspectos, por los técnicos de UNA. No obstante que esta diferenciación ha sido llamativa, el ostensible fracaso de las pretensiones oficialistas en la Corte Suprema ha licuado, de alguna manera, el previsible encono que la posición podría haber generado hacia adelante.
Peña, probablemente, haya querido dar vuelta la página con el gobernador frente a la nueva realidad impuesta por la Corte. Falta más de un año para la renovación de la mitad del Congreso y el pronóstico para el gobierno es, por ahora, reservado. Esto significa que, de momento, es más recomendable tener satisfechos a los representantes de Unión por Córdoba que generarles agravios de cualquier tipo. Que Schiaretti no tenga motivos de queja frente al presidente es un buen comienzo para restañar las heridas que la refriega tarifaria podría haber causado.
No obstante, no son estas las prioridades de la tropa local de Cambiemos, especialmente del componente radical. Si, por ellos fuera, hace rato que hubieran dinamitado la relación que existe entre la Nación y la provincia. Saben que es difícil posicionarse cuando, por decirlo elegantemente, las prioridades de los operadores políticos del gobierno son ambiguas. Quizá por esta razón le hayan arrancado al jefe de gabinete un compromiso genérico de enviar fondos directamente a los municipios sin pasar por las cuentas que maneja el ministro Osvaldo Giordano. Para sus caciques ha llegado la hora de hacer algo de política, conforme a su nominal estatus de oficialismo nacional.
El compromiso de Peña de reflotar el Fondo de Emergencia para Municipios (FEM) no cayó bien, naturalmente, en las filas de Unión por Córdoba. El ministro de gobierno Carlos Massei advirtió que “se corre el riesgo de tener las mismas prácticas que el kirchnerismo”, una devolución de gentilezas frente a las acusaciones que, en el mismo sentido, fueron formuladas por Cambiemos quince días atrás. Parecerse a los Kirchner es, por estas latitudes, un agravio intolerable.
Tironeado por los suyos y por las necesidades herejes que le impone velar por la gobernabilidad, Peña es un equilibrista que oscila entre dilemas mutuamente excluyentes. Pero esto tiene sus riesgos: en su afán de hacer malabares para no defraudar a nadie, corre el riesgo de no quedar bien con ninguno. Resta ver si, para el presidente, ocasionar un enojo al gobernador de la provincia a la que le debe su gobierno es una opción lícita. Si no lo fuera, la próxima vez que el jefe de gabinete se arrime a estos pagos deberá dar más explicaciones que lo deseable.



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