Ojalá esté siempre como el domingo

Hace casi ciento sesenta años, cordobeses y cordobesas disfrutaron esta ciudad, fueron jóvenes, pasearon sus ansias y también su tedio por una capa anterior de la historia urbana cordobesa.

Por Víctor Ramés
[email protected]

Crinoline-zLos diarios se las arreglaron durante la segunda mitad del siglo diecinueve para mantener a nivel constante la boya del relato sobre la vida social que se daba cita en el paseo público de Córdoba. Es como si siempre se hubiese apostado allí los cronistas, en aquel centro del ocio necesario, tomando nota y mandando reportes al matutino o al vespertino en el que trabajaban. Especies de acreditados en el territorio donde “la ambición descansa”, llevaban registro de la parte amable de la vida local y gracias a sus apuntes podemos vagar como lectores fantasmas entre los sólidos cuerpos de los antepasados. Al hacerlo, como en estas piezas tomadas de El Imparcial de 1859, deberemos zigzaguear entre los femeninos miriñaques que expresaban la moda de la época.
A comienzos de año, con el sol a plomo, la actividad en el paseo según este periódico se concentraba los fines de semana y se dividía en dos ocasiones: la tardecita en que la luz veraniega mostraba los relieves humanos y el paisaje propio de aquella arboleda circular en torno al lago, hora en que se iban produciendo los encuentros y se podía navegar en el único barquito disponible; y la nochecita en que a la luz de los faroles –y a veces más bien a tientas por causa de ellos- venia la banda a animar con sus notas la prolongación de aquel esparcimiento en la retreta. En aquel verano particular la gente no concurría prácticamente en la semana (y quién sabe si lo haría el cronista); la banda a veces no sonaba tan bien y las sombras nocturnas se sentían a sus anchas en el paseo. Es decir que todo marchaba normal, porque sólo en la imaginación y en las películas los detalles se conjugan para la perfección.
Sobre el vacío de gente en el paseo los días de semana, hasta el cronista se sorprende un poco:

“El Solitario
Tal es el nombre que para los días de trabajo pensamos dar al paseo púbico, porque en esos días se parece a sopa inglesa, es decir a una sopera grande y llena de caldo en la que nadan tres o cuatro fideos.
No sabemos a qué atribuir el que la sociedad de Córdoba se haya hecho tan dominguera, pues seguramente no es por sus muchas ocupaciones.
Ayer y antiyer se hallaba tan desierto como de amor está el corazón de una coqueta, de conciencia el pecho de un escribano.”
Dos escenas –ahora sí- de un fin de semana, permiten palpar las horas diferenciadas de la vida social en el paseo, por la tarde y en la retreta:

“El Paseo
El sábado a pesar del mucho calor que había, debido a una calma chicha, estuvo algo concurrido, pero más lo ha estado el domingo. La belleza de la tarde y la fresca brisa, que al recorrer las quintas para llegar al paseo, traía un dulcísimo ambiente, ayudó a realzar lo agradable del paseo.
Casi todas nuestras elegantes que han quedado en la ciudad, parece que se habían dado cita, al mismo tiempo que todas, según creemos se habían esforzado en vestirse con los más bellos y elegantes trajes. La música ha sido puesta a un lado donde poco estorba, en lo que se ha hecho muy bien, esmerándose ésta, en tocar como es debido.
Ojalá esté siempre como el Domingo.”

“La Retreta
Estuvo muy concurrida el sábado, pero tan oscuro por falta de previsión en poner algunos faroles allí, como una discusión teológica.
No fue así en cuanto a concurrencia del bello sexo, el domingo, pues, tal vez por temor de que lloviera durante la retreta, hubieron muy pocas señoras y niñas.
La yerba mala (hombres) abundó, y por lo menos la mitad se paseaba con furor o entusiasmo de mostrarse por frente de los pocos miriñaques que había.
Probablemente ni han visto, ni lo han sido, pero su conciencia estará tranquila, pues han cumplido su deber. Bravo! Bravísimo! Adelante leones!!
La banda de música tocó bastante bien y deseamos que así siga.”
La siguiente nota pone el foco en una vuelta al lago en bote por parte de los caballeros. Se pregunta uno si las mujeres tendrían forma de subir a bordo con sus inconvenientes miriñaques.

El Barquito
Como hemos escrito anteriormente ninguna de las niñas y señoras que van al Paseo han querido aprovechar este monono chiche, hijo de los esfuerzos de tres cacúmenes pero no han faltado galápagos vivientes que queriendo ver la concurrencia, o tal vez mostrarse a ella, se empaquetaron en él.
Al poco rato de estar ellos adentro movíase sobre el vaporcito el humo de… los cigarros que iban fumando; dieron vuelta el lago y buscando el paraje donde era mayor la concurrencia pusieron su pie en tierra indudablemente con más satisfacción que la que experimentó Colón al poner sus pies en el continente descubierto por él.
¡No es para menos! Pues el dar vuelta en un bote el lago del Paseo no es moco de pavo.”
El cronista nunca prometió distancia clínica: él es uno más de la tribu, es otro de los leones; tiene empatía hacia las bellas muchachas, antipatía hacia los hombres, los “galápagos”, las “malas yerbas”. Eso se manifiesta en la cita final, que refleja sentimientos rebosantes de vida:

“Revista del Paseo
Dos bellas niñas de las más preciosas que encierra Córdoba, tomándose del brazo saltaron llenas de gozo las gradas que conducen al Paseo sin ver mortificados o incomodados sus adorados miriñaques.
(…)
El paseo no tan solo estaba aromatizado con el ambiente dulce e impregnado de los olores de las flores de las quintas de las inmediaciones le prestaban generosas si no que se sentía ese calórico que despide la belleza!
Esta, presurosa se había dado cita allí fascinando a todos los galápagos que extasiados contemplábamos tanto ser delicado, tanta vida o muerte de más de un corazón.
¿Qué decir, de las niñas que allí habían? Cuando nuestro muerto corazón sintió la rapidez con que la noche se acercaba para ocultar tanta gracia, hasta el sol mismo parecía sentir retirarse y ya que no podía detener su carrera pidióle a los aires auxilio para dar un largo crepúsculo.
Así fue – pero esa misteriosa luz no hizo sino dar mayor realce a los encantos de ese sitio; todo lo bello se reflejaba y el agua misma coqueteando con todo lo que la circundaba la reproducía en su seno cual terso espejo.”