Trío de diarios pendencieros

El tono agresivo que se dedicaban específicamente entre sí periódicos que convivían bajo el mismo cielo de Córdoba durante sus épocas de aliento vital, en el siglo diecinueve, era un indicador bastante general del estado polémico de la sociedad.

Por Víctor Ramés
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José-Marí-Llobet-Pelea-de-perros-rtLos diarios siempre fueron canal de solicitadas, acusaciones, cartas, pruebas, opiniones que atravesaban de las acciones concretas a la letra escrita y de allí de vuelta a las acciones. Eran parte de una cadena donde los discursos se ponían en circulación a partir de las más diversas fuentes y también con una variedad de intenciones. Pero en este caso el interés se centra en los enfrentamientos interperiodísticos, de que fueron ejemplos elocuentes los diarios El Progreso y El Eco de Córdoba, que cohabitaron la ciudad entre 1867 y 1884. Ese fue el período de existencia de El Progreso, en tanto el Eco nació en 1862 y cerró en 1886. El Eco era católico, pertenecía a “los hermanos Vélez” y El Progreso de Gil Navarro era liberal y por momentos, oficialista.
El caso de estos dos diarios cordobeses muestra esa rara simbiosis de los malos matrimonios que no pueden vivir si no es gracias al odio mutuo. La confrontación ideológica entre El Eco de Córdoba y El Progreso era materia de todos los días para los lectores de ambos diarios, que debían constatar una y otra vez cómo en ambos medios las menciones directas al otro ocupaban cada vez más espacio de lectura. Los lectores, como los hijos del mal matrimonio, eran los rehenes.
El Progreso y El Eco habían formado una interdependencia neurótica. La lectura en paralelo a lo largo de años evidencia que ambos se referenciaban constantemente entre sí y se disparaban dardos por todo tipo de cuestiones. Muchas veces llegaban al ataque personal y a la mofa entre sus respectivos reporteros, gacetilleros y directores. El espacio que ambas publicaciones dedicaban a rebatir las opiniones, las noticias, los estilos, y a responder las ofensas que se arrojaban una a la otra, se asemejaba -todavía hoy leerlas produce esa impresión- a un sainete.
El hecho de ser los dos medios centrales de la escena periodística de su época, los motivaba a una lucha palmo a palmo por la opinión, por la verdad, por las creencias, por los intereses y por la respectiva posición en las alianzas políticas. Pero había un tercer diario que, por serlo, terciaba en la escena (tertiare, en latín, es dividir en tres): La Carcajada de Armengol Tecera, ni chupacirios ni del todo liberal, aparecida en 1871, y que salió hasta 1905. En enero de 1872, La Carcajada juzga que El Progreso y El Eco han llegado a uno de sus puntos críticos de ataques cruzados. El diario de Tecera aparece con una nota titulada “Han perdido los estribos” y subtitulada” “El Eco y el Progreso en el rol de taberneros”. Al referirse al conflicto, con su propia cuota de polemista, por momentos echa nafta al fuego en su pretendido afán de calmar las aguas. Una selección de párrafos de la nota –sembrada de pequeños cachetazos a personajes del ambiente político-intelectual local que sería largo de identificar uno a uno- dejará ver cómo en realidad La Carcajada tensa la cuerda, más que aflojarla, y trata de promoverse como único medio cuerdo y sensato que hay en la ciudad. Se mantienen las mayúsculas que hoy se leen como gritos.
“ (…)De lo que se trata esta vez es de dos pollos (no se disguste Sr. Rodríguez, que no lo decimos por Vd.) que se están tirando a matar y que han convertido las columnas de sus respectivos diarios en un reñidero de gallos.
Es de dos órganos que, según ellos, son los legítimos representantes de la pública opinión y los que con la poderosa palanca de la palabra escrita, «REMUEVEN» el progreso y hacen que la civilización «MARCHE ADELANTE».
Es de dos individuos, que apreciando en MUCHO los respetos que se deben tener a una sociedad culta, se revuelcan en el fango y se arrojan lodo y a despecho de todo el mundo.
En una palabra, estos individuos, verdaderos propagandistas de las más grandes ideas son Luis Velez y Gil Navarro.
He aquí los personajes que se han contraído a regalarnos el oído con escritos saludables y provechosos.”
Tras la severa presentación de personajes y ya presto a ser el tercero en discordia, La Carcajada expone las aristas del caso, y apela por retórica al juicio de Agustín Garzón, quien había fustigado a La Carcajada, ante las mutuas chicanas de los medios “serios”:
“Donde está ese Agustín Garzón, que no deja oír su voz de trueno aplaudiendo la conducta de estos escritores modelo? (…) ¿Qué dice, qué piensa, qué hace, qué recapacita cuando en esos órganos que él cree dignos de un pueblo como Córdoba, que se escribe: Luis Vélez es un loco, un miserable, un hipócrita, un inquisidor, un malvado y un ladrón de cucharas de plata?
¿Qué opina cuando aquél a su vez contesta que Gil Navarro es un perjuro, un malgastador de los tesoros públicos, un hombre sin dignidad y sin conciencia, un traficante, un vendido, un hombre que siempre escribe bajo las impresiones alcohólicas?”
. La Carcajada parece regodearse en las acusaciones cruzadas de ambos colegas periodísticos y se permite la repetición retórica de los cargos, sin discriminar si pertenecen al plano privado, o merecerían la acción de la justicia. En esa instancia, se convierte en un eco del comadreo que intenta denunciar:
“Qué nos importa saber a nosotros si Gil Navarro se gastó o no una plata que no era de él, si es perjuro, si siempre está con «VAPORES» en la cabeza y otras cosas más por el estilo?
Que vamos a remediar con saber que a Luis Vélez se le atribuye un robo de cucharas de plata, que es un loco, un hipócrita y que fulano es hijo de sutano?
¿Esta es la misión de la prensa? A esto es a lo que han subido a la tribuna esos hombres que con tanto garbo se llaman los legítimos intérpretes de las ideas del pueblo?”
Ni siquiera el trozo final de La Carcajada, que abreviamos, puede ocultar la risa entre dientes:
“Por lo demás, nosotros declaramos a la faz de Córdoba y poniendo por testigo a la graciosa figura de Faustino Figueroa y José Carracedo, que ya estamos hartos de ver miserias, que no queremos que corra tanta sangre argentina, que Luis Vélez y Gil Navarro se den un abrazo acompañado de besos y que el Eco y el Progreso se refundan en uno como sucedió con el finadito «Ferrocarril» y trabajen de acuerdo…”.