Reaparición y multa del Caballero Dorado

Es un guerrero con todo su indumento, aunque sin armas, porque su figura busca representar la paz y el amor. Vestido con una capa amarilla, un peto dorado, un casco y unas telas al tono, inspirado por las películas de romanos, el Caballero Dorado hace su rutina de estatua viviente en la esquina de Deán Funes y San Martín.

Por Gabriel Ábalos
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El Caballero Dorado en una instancia de su combate. No hay permiso, no hay espectáculo.
El Caballero Dorado en una instancia de su combate. No hay permiso, no hay espectáculo.

Ejerciendo su oficio en la esquina es cuando el Caballero Dorado resulta más vulnerable, debido a que carece de permiso para brindar espectáculos callejeros expedido por la Municipalidad de Córdoba. Su figura se viralizó hace pocos días, gracias a un video que alguien subió, grabado en oportunidad de una discusión en la calle, al ser desalojado por dos inspectoras municipales por la misma causa.
El video daba cuenta sobre todo, en el corro que se formó en torno a la disputa de las inspectoras y el artista callejero, de la indignación popular por los impedimentos para que algunas personas se ganen la vida honradamente con este tipo de actividad. Por supuesto, hay que decir que es perfectamente lícito y deseable que toda actividad en espacio público sea claramente regulada.
Redoblando la apuesta, ayer martes por la mañana, en la misma esquina de Deán Funes y San Martín donde ha establecido su parada el Caballero Dorado y la defiende -sin armas- , tuvo lugar una nueva función del entredicho, otra vez con un empleado municipal a cargo de un papel. Cerca del mediodía, horario en que todos esperábamos que al fin pase algo que sacuda la rutina, apareció en esa esquina tan hondamente municipal, en la punta del Cabildo, un inspector dispuesto a labrarle un acta e imponer una multa al hombre bajo el traje del Caballero. Una buena cantidad de gente -que uno no sabe si hubiese convocado por sí solo el actor callejero-, se reunió espontáneamente alrededor del entrecruzamiento de frases entre el inspector y el joven hidalgo -Diego Ariel González- a cara descubierta. El propio público aportó trozos selectos del arsenal de la picaresca verbal cordobesa, no siempre repetibles.
Al aproximarse el celular en modo rec al foco del conflicto, se oye la voz del inspector diciendo:
-No te la van a cobrar a la multa, vos andá, pero tampoco te van a autorizar a que vos estés acá…
-¿Por qué? –pregunta la voz juvenil del Caballero.
-Hay que pedirles explicaciones a ellos…
-Estaría bueno que me las diera alguien.
-No te la van a dar… No te la van a dar…
-No me la van a dar porque no dan la cara.
-Acá los únicos que damos la cara somos nosotros y esto es lo que uno gana…
-¿Qué? ¿El odio de la gente?
-Porque la gente no entiende que hay leyes…
-Mirá, Julio: yo te agradezco algo, que vos fuiste muy educado conmigo.
-No te preocupés. Yo te voy a dar esto nomás. No voy a escribir nada malo sobre vos ni nada. Yo te hago el acta, vos hacé lo que vos quieras…
-Mirá, Julio, yo puedo hacer lo que yo quiera, porque no estoy en contra de la ley.
-Sí, por supuesto. Yo te digo que vos con esto, tratá de presentarte, no lo guardés en tu casa porque después, el día de mañana necesitás hacer un trámite en la Municipalidad y te va a faltar esto. Hasta que lo pagues, esto te traba.
El inspector explica, a una pregunta del cronista, que se trata de un acta por ocupación indebida de la vía pública, y el área municipal correspondiente es Control de la vía pública. El héroe dorado, de cuyo pectoral asoma una cabeza totalmente provinciana rodeada de una capucha amarilla, lanza una alocución con tonada también provinciana ante el grabador:
-El permiso que les brinda la Municipalidad a los artistas los limita a lugares donde la gente no se reúne, porque la calle San Martín y la 9 de Julio son las más transitadas y la Municipalidad no brinda permiso en esas calles.
El cronista tiene en la memoria al menos tres ofertas musicales callejeras, viniendo hacia esta reunión espontánea entre un agente municipal y una estatua viviente a metros del Cabildo. Dos en la 9 de Julio y la tercera –por cierto muy bonita: cello, dos violines, un contratenor- en la Deán Funes.
-Además –continúa el joven encapuchado de amarillo clarito-, el permiso lo limita a medio día de trabajo. Estamos condicionados a trabajar la mitad del día, por eso el permiso no le sirve al artista.
Explica el superhéroe del trabajo que el municipio también les fija lugares que pueden de pronto estar ocupados por una obra, y uno se tiene que mover.
-Yo, por ejemplo, estatua, no puedo estar en el sol, el sol se mueve con el día, entonces yo tengo que moverme en función de la sombra que pueda haber.
Dice que desde la Municipalidad “me negaron el diálogo”.
-Yo fui a la Casona Municipal que es donde se tramitan los permisos, y ellos me dijeron que sólo reciben las solicitudes de permiso y después las mandan a la Secretaría de Cultura y de allí vuelven firmadas por una persona dedicada a autorizarlas. Pero yo necesito explicarle a alguien por qué ese permiso no me sirve.
La acción se dispersa en varios focos. Una señora le pide al inspector su nombre y número de matrícula. Un hombre, con un niño a horcajadas sobre los hombros, le recuerda que “nosotros te pagamos el sueldo”. Un muchacho pregunta con sarcasmo: “¿Si yo me pongo a bailar me va a llevar preso?”, lo cual enfurece al inspector, que le pide a un policía que le tome los datos. El cronista le recuerda que no corresponde pedir datos de ninguna persona. Hay muchas voces, hay enojo. Un pibe se acerca y le dice al inspector: “Y las cosas que les quitan, los lentes, esas cosas, se las llevan para sus casas, seguro…”. Se oye la voz estentórea de un legislador cordobés, alto y canoso, de un partido de izquierda, diciendo que es inconstitucional no dejarlos trabajar, y que va a tener que intervenir otra vez desde la legislatura. Le da una tarjeta suya al Caballero Dorado y le dice: “Después buscáme”. El Caballero se guarda el acta y la tarjeta. Sabe que deberá seguir su lucha, moviéndose al ritmo del sol.