Contra reloj

En ese estrecho carril se mueve el gobierno: la necesidad de corregir los desfases de la herencia y los reclamos, probablemente crecientes, en pos de la exhibición de resultados concretos, los que resultan a todas luces imposibles en el corto plazo.

Por Gonzalo Neidal
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2016-07-19_DE_LA_RUA_MACRIEl gobierno de Macri cuenta con una desventaja de origen que lo emparenta con el gobierno de Fernando de la Rúa. Uno y otro asumieron en una situación de grandes tensiones económicas acumuladas que todavía no habían llegado a un estallido.
Nadie dudaba que en 1999 la convertibilidad ya no daba para más o, cuanto menos, tenía grandes averías que debían ser atendidas. Después que Menem echó a Cavallo en 1996, y tras su empeño por un tercer mandato (que estaba expresamente prohibido por la Constitución Nacional), las cuentas públicas se desbarrancaron e hirieron de muerte a la convertibilidad. Ya con la devaluación de Brasil a fines de 1998, podía decirse que la suerte estaba echada.
Si De la Rúa insistió y basó su campaña electoral en la continuidad de la convertibilidad (“Conmigo, un dólar, un peso”) fue porque percibía que el conjunto de la población o una franja ampliamente mayoritaria de ella, quería continuar con el sistema ideado por Domingo Cavallo y que había logrado detener la inflación durante diez años. En los desarreglos finales de Menem también podía leerse el cálculo mezquino de complicarle las cosas a quien lo sucediera en el poder. Tal como después hizo Cristina Kirchner.
En el caso de Macri sucede algo similar. La bomba no le estalló a Cristina pero la acumulación de tensiones macroeconómicas condiciona fuertemente al nuevo gobierno. El dólar retrasado, el déficit fiscal, la crisis de rentabilidad del campo, la recesión, el nivel de gasto público, uno de cuyos aspectos es el retraso tarifario, arrinconan al gobierno. Eso, de un lado.
Del otro lado están las expectativas populares, problema para nada menor. Por deplorable que pueda parecer, es una parte de la dirigencia política la que agita los reclamos con críticas prematuras al gobierno e irresponsables promesas implícitas que cumplen con los requisitos del Teorema de Baglini. La izquierda ahora cuenta con un nuevo aporte para la agitación: los residuos del kirchnerismo que, definitivamente, se va transformando en un pequeño grupo volcado a la movilización política y la pretensión de un pronto derrocamiento del gobierno constitucional.
En ese estrecho carril se mueve el gobierno: la necesidad de corregir los desfases de la herencia y los reclamos, probablemente crecientes, en pos de la exhibición de resultados concretos, los que resultan a todas luces imposibles en el corto plazo. Nos referimos a resultados que signifiquen una mejora instantánea en la situación económica de cada uno de los argentinos. Eso resultaría imposible para cualquier gobierno si lo que se quiere es apuntar a una economía sólida que en algunos años produzca frutos que resulten perdurables y sostenibles a lo largo del tiempo.
Pero así es la política. Los que gobiernan enfrentan solos todos los problemas y la oposición hace todo lo posible por incomodarlo, esmerilarlo y preparar las condiciones para reemplazarlo apenas tenga oportunidad. Ya sea mediante elecciones o por medios menos democráticos.
En este sentido, Macri marcha contra reloj. Increíblemente hay encuestas que reflejan un apoyo que exhibe gran paciencia y ¡ojalá! la conciencia de que existen problemas imposible de solucionar en forma mágica y que, por el contrario, demandan tiempo y esfuerzo.
Pero el humor popular es cambiante. Seguramente el gobierno sabe, mejor que nadie, que su tiempo se acorta y que lo que más le conviene es que algunos resultados comiencen a aparecer cuanto antes.