La era del derrape

Hace pocos días, Luis D’Elía había propuesto un acto con Cristina para festejar el bicentenario de la Independencia. Habló de un millón de personas en la Av. 9 de Julio. Un millón. Pero todo terminó con la expresidenta hablando desde la caja de una camioneta ante algunas decenas de adherentes.

Por Gonzalo Neidal
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2016-07-11_CRISTINA¿Qué le está pasando al kirchnerismo? Cada día que pasa se desliza –a veces de un modo suave, a veces bruscamente- hacia situaciones ridículas.
Una posibilidad es que siempre haya sido así pero que los oropeles del poder, a fuerza de pompa, protocolo y vítores- dotaran de adustez y severidad todos sus actos, haciendo imperceptibles lo que tenían de grotescos.
La otra posibilidad es que ahora, fuera del poder, no sepan cómo moverse, que no hayan percibido el cambio habido y que, por lo tanto, gestos que resultaban aceptables otrora, ahora se visualizan como torpes y carentes de garbo o, cuanto menos, exentos de la cuota de impunidad y presunción de legitimidad que otorga el ejercicio del poder.
Hace pocos días, Luis D’Elía había propuesto un acto con Cristina para festejar el bicentenario de la Independencia. Habló de un millón de personas en la Av. 9 de Julio. Un millón. Pero todo terminó con la expresidenta hablando desde la caja de una camioneta ante algunas decenas de adherentes.
Es cierto que muchos grandes movimientos de masas comenzaron de este modo y luego llegaron al poder. Pero en este caso estamos presenciando el proceso inverso: desde la cúspide del poder hacia el precario y desdorado habitáculo de una pickup.
Si hubiera que fijar una fecha de iniciación a esta aceleración del desbande y comienzo de la etapa caricaturesca, sin duda quedaría establecido el día del episodio de los bolsos y el convento. A partir de ahí, se complicó el discurso y se van disolviendo los restos de credibilidad. Quizá sea por aquello de que una imagen vale más que mil palabras.
Esta torpeza sobreviniente al abandono del poder quizá también esté en la base del desconcierto kirchnerista por los actos del 9 de Julio. Probablemente no esperaban tanta adhesión a la festividad ni tanto entusiasmo. Se les ha de complicar entender que los festejos no significan necesariamente adhesión a las políticas del gobierno sino genuina alegría por una fiesta patria, por los desfiles, imágenes y el chisporroteo que supone un festejo que en otro tiempo involucró a todos los argentinos, sin recortes por motivos ideológicos.
La reaparición del ejército y muy especialmente el paso de los combatientes de Malvinas desencadenó una furia errática e incomprensible entre la militancia K. Fue Hebe de Bonafini la única que se atrevió a confesar su odio con todas las letras. Explicó su rechazo por razones de hace 40 años. No advirtió que ya no queda en las Fuerzas Armadas ni un solo militar de aquellos años. Y la inmensa mayoría del público que aplaudía y vitoreaba, no registra ese pasado de fuego cruzado.
Cada vez se fortalece más la sensación de que los dirigentes e intelectuales del kirchnerismo hablan para una realidad que ya no existe, una realidad que ha desaparecido y ellos no han percibido esa circunstancia.
Como decía el P. Leonardo Castellani: “…gente que sabe cosas / pero cosas que no son”.



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