El juego de los parecidos

Cuando creíamos haberlo visto todo en esto de las bandas tributo, ahí está el grupo inglés The Struts, que en su revival del glam rock de comienzos de la década del setenta, a través de su música, su aspecto y sus modales remiten de modo directo al Queen de los primeros años.



Por J.C. Maraddón
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ilustra-struts-y-freddy-mercuryLa proliferación de bandas tributo y la apertura de una especie de mercado especial dedicado a ese tipo de espectáculos, son una de las características de este tiempo en el que tanto cuesta parir una idea nueva. En el extremo del planeta donde vivimos, donde las grandes bandas del mundo llega muy de vez en cuando, bueno es que en su reemplazo aparezcan quienes especializan en ser idénticos: en sonar igual, en lookearse parecidos y en replicar a escala alguno de los grandes shows recordados por todos. Con esa fórmula, se ha generado una salida laboral para muchos músicos, sonidistas, iluminadores, productores y plomos.
Es tal el aparato de marketing que suele girar en torno a este rubro, que casi nos convencen de que la copia es mucho mejor que el original. Hay un esfuerzo ciclópeo de parte de los tributarios, que ensayan canciones y mohines para que el público crea, aunque sea por un momento, que está viendo a sus ídolos, ya sea Pink Floyd, Queen o Soda Stéreo. Y es digno de elogio el ahínco que ponen para conseguir su objetivo, que se refleja en las sucesivas presentaciones que realizan, la mayoría de las veces, a sala llena.
Así como existen aquellos que viven de la música tocando en proyectos de otros, los que ganan su emolumento brindando shows para eventos privados o los que componen para que alguien luego los grabe sus obras, también se verifica la presencia de una notable cantidad de bandas tributo que se dedican a parecerse a los grupos más admirados por todos. No es un fenómeno nuevo: los Danger Four llevan décadas asumiendo el papel de Beatles, y han cobrado fama internacional a través de esa veta artístico/comercial a la que han dedicado sus mayores esmeros, y por la que han percibido merecidos honorarios.
Pero tampoco es que el oficio de tomar un repertorio ajeno e interpretarlo tal como lo hicieron sus creadores, constituya una práctica exenta de matices. Allí estaba, por ejemplo, Dread Zeppelin, que se especializaba en abordar los temas de Led Zeppelin, con ritmo de reggae y cantados con una voz similar a la de Elvis Presley. O el fenómeno típicamente estadounidense de Weird All Jancovic, un músico que mueve a risa con sus parodias de hits rockeros a los que les cambia la letra y los transforma en una nueva canción, sin perder el parecido sonoro con el original.
Y cuando creíamos haberlo visto todo en esto de cobrar por tributar, ahí está una modalidad distinta inventada por The Struts, en la que se mezcla la genialidad, el homenaje y el remedo más grotesco. Oriundos de Inglaterra, ellos adhieren a un revival del glam rock de comienzos de los años setenta. Más específicamente, su música, su aspecto y sus modales remiten de modo directo al Queen de los primeros años, sin que sea necesario que versionen los éxitos de aquel grupo. Desde el cantante Luke Spiller, que se asemeja en sonido e imagen a Freddie Mercury, hasta el guitarrista Adam Slack, que toca su instrumento a la manera de Brian May, todo en The Struts es un renacer de la leyenda.
Parecerse a Queen sin interpretar sus inolvidables canciones es una hazaña a la que nadie puede restarle trascendencia. Porque esa similitud con una de las formaciones más famosas de la historia del rock los aproxima al talento que transformó a aquellos en un clásico. Pero a la virtud de ser “similares a“, la complementa el defecto de compartir una matriz y no ser capaces de generar una nueva. Un problema que se extiende a gran parte del panorama sonoro actual, aunque en este caso se hace todavía más evidente.



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