Scholas Ocurrentes y el Convento de López: ¿un doble estándar vaticano?

Es ya inocultable que, puesto a optar, Francisco prefiere a algunos políticos locales por sobre otros, y que esta preferencia no siempre puede ser reputada como racional. Así, su simpatía hacia ciertos kirchneristas no puede ser derivada del insobornable cariño que aquellos pudieran haberle prodigado con anterioridad.

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra-mercaderes-con-el-papa-y-lopezHasta el advenimiento de Juan Pablo II (el polaco Carol Wojtyla), la mayoría de los Papas fueron italianos. Como tales, su esfera de interés “nacional” estaba limitada al Vaticano y las cláusulas de los llamados “Pactos lateranenses”, por los cuales el reino de Italia reconocía a la Santa Sede como Estado independiente y cedía una parte de la ciudad de Roma para asiento de sus autoridades políticas. La patria chica de aquellos Sumos Pontífices era, valiéndonos de una literalidad geográfica, realmente chica.
Wojtyla introdujo una variable diferente. Amén de la política internacional del Vaticano (que siempre la tuvo y la tendrá, con diferentes grados de intensidad) Juan Pablo II decidió actuar políticamente en su patria. No le fue difícil, toda vez que Polonia estaba gobernada por el dictador Wojciech Jaruzelski y que, como buen comunista, aborrecía de las religiones en general y del catolicismo en particular. En este caso, los intereses nacionales del Papa coincidieron ampliamente con los del Vaticano respecto a que el comunismo ateo, en abstracto, era el enemigo a vencer dondequiera se encontrase.
Su sucesor tampoco fue italiano. Benedicto XVI (el brillante teólogo Joseph Ratzinger) es alemán y, como probablemente muchos otros de su edad, tuvo un pasado obligatorio en las juventudes hitlerianas. Pero no se conoce que, durante su papado, se haya interesado particularmente por los dilemas políticos de su patria natal, ni que Ángela Merkel o algunos de sus funcionarios haya polemizado con él por algún tema doméstico. Esta abstinencia probablemente se explique por la dilatada trayectoria de Benedicto al lado de Juan Pablo II como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo que lo llevó a alejarse de las cuestiones mundanales de su país en fechas tan lejanas como en 1981.
Tras la abdicación de Ratzinger en 2013, un argentino fue elegido como Obispo de Roma. Es el tercer Papa no italiano en la historia contemporánea de la Iglesia y el primero de América. Dado que el camino de Jorge Bergoglio al papado fue de Buenos Aires a Roma sin escalas, su estilo está más cerca del activismo “nacional” de Juan Pablo II antes que de la prescindencia de Benedicto, aunque tal cercanía no tenga el mismo significado. Mientras que a Wojtyla le interesaba terminar con el comunismo en Polonia, a Jorge Bergoglio le gusta la política argentina a secas. Y esto lo mete en problemas, bien lejos de cualquier presunción de infalibilidad.
Mutatis mutandi, así como ningún católico podría haberse opuesto a la enemistad de Juan Pablo II hacia el comunismo, pocos católicos podrán acordar con la totalidad las estrategias de Francisco respecto a la vida política criolla. Porque, debe convenirse, en un sistema democrático como el que rige en nuestro país todas las ideas tienen su propio valor y el que dirime cuál es la que prevalece es el voto popular. Esto produce el efecto que, cuando el Papa dice o hace algo con respecto a la Argentina más allá del campo de la Fe, sean inevitables los cortocircuitos con su pensamiento. No es una cuestión religiosa sino de praxis política: a los ojos de las ideas, todos somos iguales. Para votar y, también, para opinar. Su Santidad no escapa a esta lógica.
Es ya inocultable que, puesto a optar, Francisco prefiere a algunos políticos locales por sobre otros, y que esta preferencia no siempre puede ser reputada como racional. Así, su simpatía hacia ciertos kirchneristas no puede ser derivada del insobornable cariño que aquellos pudieran haberle prodigado con anterioridad. Cualquiera sabe que los Kirchner odiaban a Bergoglio, y que tal tirria era transmitida, a modo de ósmosis, a sus seguidores en cualquier nivel. Todo esto cambió tras su llegada al Vaticano. Ahora tal vez no existan creyentes más devotos que los K.
Ocurrió lo contrario con el actual oficialismo, antigua oposición. Cuando Néstor y Cristina lo despreciaban en Buenos Aires (o cuando, incluso, lo sometían a aborrecibles operaciones de prensa en el preciso instante en que era ungido Papa) quienes hoy militan en Cambiemos lo consideraban un prócer y una esperanza cívica. Tomistas al fin y al cabo, esperaron pacientemente que Francisco reconociera aquél apoyo en épocas tan aciagas y los privilegiara, en el presente, con el diálogo siempre redituable en la pensión de Santa Marta. Pero este reconocimiento no llegó nunca, o llegó a cuentagotas. Aparentemente, el Papa se siente más cómodo con los conversos que con los creyentes de la primera hora.
Esta incongruencia también penetra en las relaciones entre la propia iglesia argentina con el mundo de la política. La semana pasada, Francisco ordenó devolver una donación de 16 millones de pesos que el gobierno de Mauricio Macri había otorgado a Scholas Ocurrentes, una organización de inspiración papal. Dejando de lado el hecho que Scholas efectivamente había solicitado la ayuda, la orden del Vaticano cayó como un baldazo de agua fría en la Casa Rosada. El Papa no sólo que apenas recibe protocolarmente al presidente argentino sino que, además, no duda en desairarlo cuando concurre en auxilio de una obra de inspiración católica. Es muy raro e impropio de una diplomacia milenaria, tal como lo es la romana.
Pero más extraño aún resulta el silencio de Francisco respecto a las relaciones de conspicuos kirchneristas con un convento del gran Buenos Aires. Porque ahora se sabe que, amén del intento de José López por ingresar nueve millones de dólares al Monasterio de las Hermanas Orantes y Penitentes de Nuestra Señora de Fátima, el enclave era una especie de centro de peregrinación de Alicia Kirchner, Julio de Vido y tantos otros. Descontando los motivos de Fe que, individualmente, podrían haber tenido para sus visitas, es llamativa la coincidencia de tantos funcionarios juntos en un mismo claustro que, para colmo, ¡también tiene bóvedas! De no ser porque a Francisco no le gusta el orientalismo, podría hablarse en propiedad que los kirchneristas tienen un Karma con este tema.
¿Por qué, entonces, este doble estándar? Scholas Ocurrentes no puede aceptar una donación de Macri porque podría “caer en la corrupción”, pero tres monjas aisladas en General Rodríguez (con la bendición de su Obispo) sí pueden consentir el depósito de bolsos llenos de efectivo en completo silencio, aunque esta “beneficencia” provenga de exfuncionarios acusados de los peores latrocinios. ¿No merece el episodio, vis a vis, una condigna reflexión papal?
Conste que no la pediríamos de no ser porque ha sido el propio Santo Padre quién se ha metido –defectos del libre albedrío, al fin y al cabo un regalo de Dios– en el berenjenal. Participar tan visiblemente de asuntos políticos nacionales tiene un precio, simplemente porque la democracia es un sistema que tritura jerarquías ideológicas dentro de un contexto en donde todo puede debatirse libremente. Como argentino, Bergoglio tiene todo el derecho de participar en los temas que le venga en gana pero, como Papa, Francisco corre el riesgo de ser secuestrado por la lógica del “amigo – enemigo” tan común del hacer político y que, en el campo del poder, no tiene nada de inmoral ni de sacrílego.
El sólo escribir esta columna demuestra que las iniciales esperanzas que los argentinos depositaron en este compatriota ganado por la humanidad se han tornado relativas, al menos en lo que a la presunción de unidad, consenso y tolerancia se refiere. Para recuperar aquellas expectativas iniciales, Francisco debería hacer lo que intenta lograr Macri con su millonario patrimonio: depositar su argentinidad, tan notoria, en un fondo ciego que administre Bergoglio en silencio y sin estorbar la labor apostólica de Su Santidad. Si la Fe mueve montañas bien podría, de paso, desalojar el gusto por la polémica que cualquier rioplatense lleva en la sangre.