La novela de José López, entre Umberto Eco y la comisaría

La trama generada en torno a la detención del señor López tiene puntos en común con “El nombre de la rosa”. Existe un monasterio, aparecen monjas (en lugar de los frailes), surge un debate sobre la riqueza o la pobreza y sobra misterio.

Por Pablo Esteban Dávila

jose-lopez-escondiendo-cofreEn su maravillosa obra “El nombre de la Rosa”, Umberto Eco genera un atrapante policial en un monasterio ubicado en los Apeninos septentrionales. Sus dos protagonistas, el fray Guillermo de Baskerville y su pupilo Adso de Melk, deben descifrar una serie de misteriosos crímenes que se comenten mientras se discute la supuesta herejía de la doctrina de la pobreza apostólica, promovida por los franciscanos y rechazada por los dominicos. En medio de esta sórdida dialéctica de posiciones teológicas, Guillermo descubre que la clave de las muertes se debe a un tratado envenenado que se creía perdido, la poética de Aristóteles.
Probablemente no haya otro libro que combine tan magistralmente el suspenso, la erudición y la inteligencia narrativa como aquél. Al menos hasta ahora, cuando la irrupción de exsecretario de Obras Públicas José López amenaza con desbancar la posición literaria de la que goza, todavía hoy, la novela de Eco.
La trama generada en torno a la detención del señor López tiene puntos en común con “El nombre…”. Existe un monasterio, aparecen monjas (en lugar de los frailes originales), surge un debate sobre la riqueza o la pobreza y sobra misterio. A modo de “bonustrack”, un tal Jesús resulta ser quién advierte al 911 del sospechoso que, para más datos, está casado con una señora llamada María. El asunto amenaza a convertirse en un BestSeller.
Veamos los hechos. El exfuncionario kirchnerista (y actual diputado electo al Parlasur) se dirigía furtivamente a un monasterio situado en la localidad bonaerense de General Rodríguez con, almenos, ocho millones de dólares, un fusil y algunos relojes. Aparentemente pensaba enterrar sus pertenencias en lugar sagrado. El mencionado señor Jesús, que no pudo diferenciar entre el juego del tesoro y un delincuente vulgar y corriente, llamó a la policía. Los agentes del orden detuvieron al señor López quién, a modo de defensa, le dijo a las monjas que estaban en el lugar que los oficiales pretendían robarle el dinero que llevaba para donaciones,“porque yo robé dinero para venir a ayudar acá”. Es el buen samaritano que termina preso. Otra parábola bíblica desecha por la realidad.
El género confunde. ¿Es policial negro, novela de misterio o simple ópera bufa? No siempre la combinación entre monasterio, crimen y dinero produce algo digno de considerarse inmortal. En este punto, la trama urdida por López divide aguas. Para algunos, puede tratarse de una millonaria donación a la iglesia, como aquellas a las que acostumbraban las familias patricias en la época virreinal; para otros, se trata de un gesto de desesperación por preservar los ahorros de toda una gestión ante la inminencia de su decomiso. Por ahora, la primera posición no goza de suficiente consenso.
Es sugestivo observar de cómo, mientras Guillermo de Baskerville y Adso de Melk llegaron al monasterio apenas con lo puesto, López lo hizo con todo lo que se llevó puesto en sus años de funcionario. Es una diferencia interesante. Otrocontraste es que la abadía de Eco servía de entorno para reflexionar sobre si la pobreza de los franciscanos era una virtud o una herejía, una preocupación que López parece haber zanjado hace bastante tiempo atrás a favor de la herejía. Al final de la novela original, tanto Guillermo como Adso marchan libres en sendas mulas, pero López lo hace en un camión celular de la policía bonaerense. No puede decirse que sea un plagio.
La narrativa del hecho en el episodio de General Rodríguez también es subyugante. La noche, una pala, una tumba (o un pozo de dimensiones adecuadas para ocho palos, lo mismo da) y un paquete de dólares llaman al interés colectivo. Es un potencial guion cinematográfico, en donde López aparece como el emergente –aunque sea contradictorio con alguien que intenta sumergirse en un hueco– de un modelo de conducta que ha persistido a lo largo de una década.
En este sentido, nadie tendrá derecho, de aquí en adelante, en dudar de la coherencia del funcionariado estándar del gobierno de los Kirchner. Todos preferían el dinero en efectivo por sobre cualquier otra forma de latrocinio, por más sofisticada que fuera. Dólares constantes y sonantes, sí señor, nada de cuentas off shore o de agrandar los bolsillos de los paraísos fiscales. Tampoco puede dudarse de donde provenían las divisas. Obra pública, rutas, caminos (muchos no terminados) y un largo etcétera eran la fuente del ahorro personal, generosamente prodigado por la Patria Contratista, bien lejos de los buitres y del mundo de la especulación financiera. Todo bien nacional y popular, excepto los dólares, por supuesto. Nada que ningún argentino con algo de imaginación podría haber ignorado.
¿Queda alguna duda sobre la existencia de una cleptocraciakirchnerista, aquella que, tan lejos como en 2006, anticipara Jorge Asís en su ensayo sobre la “Marroquinería Política”? Porque, para los avisados, el traspié de López no deja de ser una confirmación bizarra, rastrera, de algo que ya se conocía con pelos y señales. El episodio del convento es escandaloso, pero es sólo otra de las manifestaciones de un escándalo superior originado, irónicamente, por las secuelas del recordado “que se vayan todos” de finales de 2001.
Bueno sería no olvidar que por entonces, cuandoaún no se habían acallado las manifestaciones en las plazas y los deseos milenarista de buena parte de la sociedad, llegaron personas desconocidas desde el sur que, por las carambolas de la política, terminaron en la presidencia de la Nación. Todos amaron aquella gente extraña, de modales exóticos, que hablaba de derechos humanos, encarcelaba a militares genocidas y despotricaba contra los ’90, aquellos años que, a su turno, había reivindicado. Para la gran mayoría de los argentinos, el no saber nada de ellos era mucho más benéfico que continuar apoyando a dirigentes conocidos que, supuestamente, habían llevado al país por la senda del descarrío y el robo. Así nos fue.
“Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia”, aconseja Guillermo a su discípulo en uno de los pasajes de “El nombre de la Rosa”. La recomendación no puede ser más propicia por estas horas. El kirchnerismo, mucho más que cualquier otro movimiento político en la Argentina contemporánea, planteó su verdad en forma tan excluyente, arbitraria y contraria a los hechos históricos que generó una verdadera muchedumbre de fanáticos capaces de deshonrar a quienes no estuvieran dispuestos a inmolarse por su causa. La novela que acaba de iniciar el exsecretario López ilustra hasta qué punto los miles de crédulos lanzados a sacrificarse por “el modelo” no fueron otra cosa que carne de cañón de los falsos profetas que sólo buscaron mantenerse en el poder todo el tiempo que fuera posible, y los dólares necesarios para lograrlo.



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