En los estantes más altos

Hoy, al cumplirse 30 años de su muerte, nadie podría discutir que Jorge Luis Borges es un clásico. Mientras se escriben decenas de panegíricos en su nombre, se arraiga el preconcepto de que sus textos son difíciles de leer, de que era un excéntrico elitista; es decir, de que a su universo no hay por donde entrarle.



Por J.C. Maraddón
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ilustra borgesIngresar en la categoría de “clásico” debería ser un honor para cualquier artista. Porque eso significa que ha logrado crear algo que no está condicionado por las coordenadas de tiempo y espacio, sino que su obra resulta legible en cualquier circunstancia. En otros tiempos, el concepto solía aplicarse a los indiscutidos, a los que salían indemnes de las polémicas para elevarse por encima de toda contingencia y, desde allí, iluminar el alma de quienes supieran apreciar sus creaciones. Generalmente, los que alcanzaban este estatus lo hacían post mortem, porque el ingreso requería de tantos prolegómenos que difícilmente demandase menos de un siglo.
Los tiempos modernos y posmodernos achicaron los plazos, pero eso no implicó que la categoría perdiese prestigio. De hecho, los Beatles y los Rolling Stones son clásicos hace rato, junto a muchas otras producciones artísticas conocidas hace unos cincuenta años. Algunos cuadros, comedias musicales y películas de esa misma época también se han alzado hasta esa estatura, que da pié a que otros los tomen como modelo. Esas creaciones se incorporaron así al repertorio de la cultura universal, sin desentonar con otras que llevaban ya varios siglos de vigencia, en un proceso natural aunque cada vez más vertiginoso.
Sin embargo, ser un clásico tiene sus contraindicaciones. Porque la obra puede transformarse en una especie de “meme” que todos citan, pero al que nadie realmente conoce en profundidad. Se puede aludir a la escena del cuchillo y la ducha, sin saber nada de “Psicosis” ni de Hitchcock. Se puede hablar del “caballo de Troya” sin haber leído “La Odisea” ni tener idea de la existencia de Homero. Se puede tararear “Para Elisa” sin conocer los pormenores compositivos de Ludwig van Beethoven. Y se puede utilizar un emoji con la cara de La Gioconda sin conocer qué fue de la vida de Leonardo da Vinci.
Un artista clásico corre el riesgo de sufrir la vandalización de su obra, que en muchos casos subsiste sacada de contexto, descuartizada en fragmentos inconexos, resumida en sus detalles más superficiales y, sobre todo, desconectada de sus propias intenciones al darle forma. Hay oportunidades en que esa canonización se parece bastante a un castigo: se fuerza a esa producción a exiliarse en un limbo, alejada de cualquier contacto con la actualidad. Y se extrae de ella tan sólo lo que es útil a ciertos y determinados fines, generalmente asociados al marketing y la publicidad.
Hoy, al cumplirse 30 años de su muerte en la lejana Ginebra, nadie podría discutir que Jorge Luis Borges es un clásico. Mientras se escriben decenas de panegíricos en su nombre, se arraiga entre la gente el preconcepto de que sus textos son difíciles de leer, de que era un excéntrico elitista; es decir, de que a su universo no hay por donde entrarle. ¿Y de qué vale entonces que Borges sea un clásico, si las páginas de sus libros juntan moho de tanto permanecer juntas las unas con las otras, sin que un dedo humedecido con saliva se atreva a pasarlas?
Borges ya era un clásico en vida, muchos años antes de su fallecimiento. De hecho, un pensador tan venerado y heterodoxo como Michel Foucault, lo cita en el prefacio de “Las palabras y las cosas”, publicado hace exactamente medio siglo. Y por esa precocidad para considerarlo un clásico, Borges fue condenado a los estantes más altos de la biblioteca, allí donde había que hacer un gran esfuerzo para alcanzarlo. Tal vez, algún día, esos volúmenes vuelvan a ser ubicados a nuestra altura, que es donde corresponde que permanezcan. Porque cuesta mucho encontrar a otro autor que haya escrito sobre nuestra idiosincrasia con tanta lucidez y tan exquisito manejo del lenguaje.



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