Hasta dónde

En el marco del festival Pensar con Humor, se polemizará hoy acerca de los límites del humor, que si de algo hacen gala, es de una elasticidad en la que no necesariamente la tendencia es a extender los permisos, porque la corrección política vigente impide tomarse todo en broma.

Por J.C. Maraddón
[email protected]

ilustra-los-limites-del-humorEn el humor hay ciertas cosas que, aunque pasen los años, permanecen. Alguien que pisa una cáscara de banana y se cae sigue provocando gracia, ya sea en la calle, sobre un escenario, en la pantalla del cine o en un viral que circula por internet. Ese recurso ha atravesado las décadas y sigue siendo admitido porque, de tan simple y elemental, no pierde efectividad ni excede los cánones actuales que separan lo permitido de lo imperdonable. Y así como ése, muchos más se han erigido en “memes” que son replicados según pasan los años, sin que decline su capacidad de provocar la risa.
Hay otros recursos que, en cambio, pierden vigencia con el paso del tiempo. La mayoría de ellos resigna su picardía con la constante evolución de la sociedad, que legitima prácticas que poco tiempo antes eran condenadas. En el terreno del erotismo, por ejemplo, ciertas comedias que resultaban osadas en su momento, pecan hoy de una ingenuidad supina. Y aunque sus gags siguen promoviendo sonrisas, de ninguna manera conservan esa cuota de atrevimiento que las caracterizó en su estreno. Uno pensaría que, para sacar chapa de provocador, un humorista debe hoy llevar las cosas al extremo, porque ya pareciera no quedar límite por superar.
Pero también se da el proceso inverso. Chascarrillos que en otra época sonaban inocentes, hoy recibirían una condena casi unánime, bajo la acusación de sexismo, xenofobia, discriminación o apología del delito. Y es que la corrección política afecta con particular énfasis al humor, porque es la vía más utilizada para escapar a las normas y convenciones. Antes, cuando alguien se daba cuenta de que se había pasado de la raya, podía decir. “Era una broma”. En la actualidad, tampoco se acepta esta excusa, porque se tiende a castigar al desacatado, más allá de que su propósito haya sido serio o no.
Esta dinámica de permisos es tan fluctuante como lo son las idas y venidas de las interacciones sociales que se reflejan (o no) en las normas. En cierta etapa puede estar bien visto reírse de algo que unos años después no tolera lecturas desde esa perspectiva. Y algo que parecía sagrado, con el correr del tiempo puede ser objeto de burla. La ilusión de que a medida que el futuro fuese llegando la amplitud mental se haría más ancha, choca ahora con las nuevas fronteras, que ponen fuera del foco humorístico a temáticas como la protección del medio ambiente, el maltrato animal y tantas otras.
En ese maremágnum, la pregunta acerca de los límites del humor no admite una respuesta tajante. Y por eso es pertinente que a ese interrogante retórico lo formule el Festival pensar con Humor, que prevé para hoy una mesa redonda sobre esa polémica, a partir de las 18 en el museo Caraffa. La discusión suscitada por el fallo que avala la denuncia de Cecilia Pando contra la revista Barcelona, dispara nuevas reflexiones sobre la práctica del humor. Y sobre la búsqueda (o la inexistencia) de un tope que impida al humorista ir más allá de esa frontera.
Tal vez el límite no sea algo inamovible. Quizá sus desplazamientos se deban a la fuerza que ejercen de un lado los humoristas para ampliar su espacio de trabajo; y del otro lado, algunos damnificados por las bromas, que esgrimen sus razones para frenar esa embestida. Y es en esos avances y retrocesos que el humor se renueva, se vivifica, se potencia, procurando adecuarse o rebelarse ante las limitaciones que le quieren imponer. Es, en todo caso, una sucesión de ensayos y errores la que determina hasta dónde llega el campo de lo humorístico. De ensayos y éxitos, coronados por una sonrisa.



Dejar respuesta