Cuando padecer es humano, y comunicarlo un deber

La gente se enferma, los presidentes también. Especialmente los presidentes. Horas de trabajo continuo, estrés constante, malas noticias, decisiones difíciles. Sería impensable que alguien con semejante ocupación estuviera inmune a afecciones que al común de las gentes pondría al borde del colapso.



Por Pablo Esteban Dávila

buenos-aires-el-presiden_467202La gente se enferma, los presidentes también. Especialmente los presidentes. Horas de trabajo continuo, estrés constante, malas noticias, decisiones difíciles. Sería impensable que alguien con semejante ocupación estuviera inmune a afecciones que al común de las gentes pondría al borde del colapso.
Sin embargo, en la cultura política argentina, un presidente no puede perder la salud, ni siquiera por un momento. La enfermedad es un síntoma de debilidad y ésta, en un sistema como el nuestro, equivale a la catástrofe. ¿Cómo lidiar, por lo tanto, ante el esperable momento en que el organismo avisa que algo no funcionan conforme lo dicta la fisiología humana?
Históricamente las repuestas estuvieron más ligadas al secretismo que a la transparencia republicana. La famosa carótida de Carlos Menem fue ocultada hasta el momento en que los médicos dijeron que había que operar de urgencia. Luego se la transformó en una cuestión de Estado, como si el destino de la República dependiese de la pronta recuperación del riojano. Mal no le fue; hasta la oposición acordó (al menos tácitamente) que la reelección era una posibilidad razonable antes de perder al único líder que parecía garantizar la estabilidad política y económica del país.
De la Rúa también sufrió por la carótida pero, a diferencia de su antecesor, el éxito de la cirugía no le deparó satisfacción alguna; seis meses después tuvo que abandonar la Casa Rosada en helicóptero, bien lejos de cualquier epopeya. Nunca estuvo del todo claro si el radical gozó en todo momento de una salud acorde a sus responsabilidades. Nadie se preocupó demasiado por aclarar el asunto en sus dos años en el gobierno.
Néstor y Cristina tuvieron, asimismo, sus bemoles. El primero sufrió durante todo su mandato por problemas gástricos y, luego de 2008, por diferentes dolencias cardíacas que, al final, le provocaron la muerte. A su esposa la aquejaron distintos padecimientos, desde un carcinoma papilar en 2012 hasta hipertensión crónica y lipotimias. Durante sus dos períodos presidenciales su salud fue siempre sospechada de precaria, aunque tal recelo jamás se verificara taxativamente.
Ahora le toca el turno a Mauricio Macri. Una arritmia lo obligó el viernes por la noche a internarse precautoriamente en una clínica de Olivos. Tras los estudios de rigor, los médicos lo enviaron de regreso a la quinta presidencial. –“Tómese un descanso”, fue el previsible consejo que le recetaron al darle el alta. Obediente, Macri canceló su agenda hasta hoy.
Así como las dolencias forman parte de la naturaleza humana, dudar sobre cómo informarlas es parte de la institución presidencial. Parece extraño, pero es así. En el caso de Néstor y Cristina, ambos populistas incorregibles, la anomalía podría explicarse por el culto a la personalidad que estaban obligados a respetar sus seguidores. Sin un líder saludable, que transpirase bienestar, todo el sistema estaba amenazado. Dosificar este tipo de información era, pues, un asunto que trascendía a los gérmenes, las coronarias o el colon irritable. Si todo dependía de una persona irreemplazable, cualquier enfermedad tenía, pues, un inigualable poder de veto.
Pero esta no es la situación de Macri. Él no cree en liderazgos providenciales ni se considera a sí mismo un conductor infalible. Por el contrario, le gusta mostrarse como integrante de un equipo de gran nivel, dentro del que funge como un coordinador institucional. Esta visión de sí mismo, que además integra la impronta genética de Cambiemos, es la que hace que sea tan difícil explicar las demoras en que incurrieron sus colaboradores para comunicar a la opinión pública lo que estaba sucediendo con la salud del presidente.
No es el primer error de comunicación que se le endilga al gobierno nacional. Sucedió antes con las tarifas, con los planes sociales (mucho mejores y más equitativos que las cacareadas iniciativas kirchneristas) y con el horizonte económico planificado para el país. Ahora aparece otro, más vinculado con los ocultamientos que tanto se criticaron en el pasado que con el estilo de transparencia y horizontalidad que se pregona desde la Casa Rosada.
¿A qué se temió? ¿Tal vez a un vacío de poder? ¿A una línea de sucesión quizá no tan confiable? ¿O simplemente no funcionaron los canales de comunicación internos, que hizo que se conociera antes la noticia que la información oficial de presidencia? Cualquiera sea el motivo, se perdió una oportunidad valiosa para mostrar que, efectivamente, los nuevos gobernantes son algo diferente. Al ocultismo sistemático del pasado reciente se reaccionó con un ocultismo por si las moscas, demostrando que este tipo de instintos, tan propios del mando, pueden tener una resiliencia formidable a despecho de quienes lo ejerzan.
Es ya un peligroso lugar común contrastar la impecable comunicación de campaña de Cambiemos sus numerosos errores de comunicación en el gobierno. Parece impropio en gente que hace de la relación con la opinión pública una verdadera liturgia. Puede que algo de responsabilidad la tenga el propio Macri. A él se le hace difícil aceptar que un aspecto tan íntimamente asociado a la vida privada, como lo es la salud, deba ser ventilado erga omnes. Pero así son las cosas cuando alguien ocupa una posición tan elevada. Ya nada queda en la intimidad, ni siquiera los dolores; es uno de los tantos precios a pagar por pretender llevar un país adelante.
Quienes conocen al presidente desde hace tiempo saben que es sincero en este tipo de prevenciones. Pese a su riqueza familiar y a todo lo que ha conseguido en la política, se considera a sí mismo una persona común, con una vida pública de 8 a 20 y otra privada que le pertenece y que es exclusiva de los suyos. Si tiene una arritmia, es un asunto de los Macri y de nadie más. En abstracto sería una posición encomiable y digna de respeto pero ocurre que, en la presidencia de la Nación, la conducta se encuentra rayana en el solipsismo. Desde el 10 de diciembre pasado cualquier cosa que le suceda es de dominio público. Todos los argentinos dependen, en diferentes grados, de lo que suceda con su Administración.
Marcos Peña y el resto del gabinete tendrán que hacer docencia con su jefe. Si efectivamente se enteraron tarde que el presidente tenía alguna afección y que tal demora obedeció a su reticencia a ventilar cuestiones que considera de dominio personal, pues deberán disciplinarlo en adelante. Pero, si los vaivenes en informar a la Nación de lo sucedido respondieron a otros factores, quizá estén obligados a repasar sus propios manuales.
No deberían olvidar que esta no es, solamente, una cuestión de hacer lo políticamente correcto. La legitimidad del gobierno deviene de la vocación de cambio mostrada por los argentinos a finales del año pasado, lo cual supone que no exista ningún asunto que no pueda ser informado con veracidad y en el momento oportuno. Padecer es humano, comunicarlo es deber. Especialmente cuando el paciente ocupa el sillón de Rivadavia.



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