Río Cuarto, en el centro de la política argentina

En su fuero íntimo, el presidente Mauricio Macri todavía no debe entender qué clase de calamidad ha hecho que Río Cuarto vote tan fuera del calendario. Esta elección, para él, es una decidida anomalía, con el agravante que cae en un momento delicado de su gestión.

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra-yuni-y-llamoss-pulseandoCuando los riocuartenses se dieron su propia carta orgánica, pensaron con espíritu autonomista. Decidieron desacoplar sus elecciones municipales para que no estuvieran contaminadas por la influencia (nociva, a ojos locales) de las disputas provinciales y nacionales, cada una con agendasdiferentes a las que podría tener la ciudad. Sin embargo, consiguieron exactamente lo opuesto: Río Cuarto es, hoy por hoy, la meca política de la República Argentina.
Tal centralidad no se explica, como es obvio, exclusivamente por su peso demográfico. La notoriedad que ha adquirido se debe a que es la única ciudad en toda la geografía nacional que elegirá autoridades en un año en el que nadie tiene previsto votar nada. Previsiblemente, todos los ojos se han vuelto sobre el imperio del sur, y una conjunción de expectativas e intereses se han posado sobre su debate electoral.
Puede que sus electores, el día señalado, terminen optando asuntos excluyentemente locales, pero los escribas de aquella Carta Orgánica deben estar golpeándose la cabeza. Por estos días, una pléyade de funcionarios y referentes nacionales han visitado el imperio de sur para apoyar a tal o cual candidato, como si ellos fueran los portaestandartes de una causa que los trasciende y en cuyo nombre deben combatir para preservarla incólume. Los análisis para el día después de las elecciones no pasan, ni siquiera, por especular si el nuevo intendente será mejor o peor del que se va, sino por cómo quedará la Casa Rosada tras la votación, o de si el peronismo saldrá fortalecido o debilitado. ¿Río Cuarto? Bien, gracias…
Paradojas al margen, es deber del analista preguntarse si esta elección es realmente tan importante para quienes hacen política fuera de la ciudad. La reflexión puede arrojar alguna pista.
Comiéncese por Mauricio Macri. En su fuero íntimo, el presidente todavía no debe entender qué clase de calamidad ha hecho que Río Cuarto vote tan fuera del calendario. Esta elección, para él, es una decidida anomalía, con el agravante que cae en un momento delicado de su gestión. Si gana el candidato de Cambiemos, dirá que es un claro apoyo a la Casa Rosa (es de manual), pero si pierde serán muchos los que afirmen que es un castigo a su plan de ajuste.
Por supuesto que esto no es cierto. No se advierte porqué un riocuartense promedio decidiría castigar al presidente optando por alguien que no desea para gobernar su ciudad. Podría hacerlo con un diputado nacional, pero no con el intendente. La oposición, sin embargo y ante la evidente escasez de compromisos electorales, utilizará una eventual derrota de Eduardo Yuni a modo de pedagogía popular contras las políticas que se encuentra llevando adelante la Casa Rosada. El razonamiento es tan falso como inevitable, pero no se puede reclamar a la política que adhiera a la lógica aristotélica cuando está en juego el poder.
Las consecuencias para Macri están bastante claras, cualquiera sea la cara que muestre la taba al caer, pero no son tan evidentes para el peronismo. Juan Manuel Llamosas es el candidato partidario, de esto no hay dudas, pero no de cualquier justicialismo. Dejando de lado que, nominalmente, haya sectores K respaldando su postulación, Llamosas es un hombre de José Manuel de la Sota, exgobernador y vecino de la ciudad. A diferencia de Macri (quien, temiendo lo peor, no ha dicho nada sobre la elección) De la Sota se ha mostrado particularmente activo. Un triunfo de su protegido lo pondría nuevamente en los primeros planos nacionales y revitalizaría sus históricas aspiraciones. También sería una señal hacia el resto del partido: no es lo mismo un triunfo del PJ Cordobés que otro del santafesino o del bonaerense. Ningún kirchnerista podría alegrarse de este desenlace.
Es cierto que existe un acuerdo entre el presidente y el gobernador de blindar las consecuencias de la elección. A juicio de ambos, es una expresión local que no puede ser extrapolada fuera del ejido urbano. Schiaretti tiene sus propias razones: no quiere una derrota en su territorio, aunque Río Cuarto haya sido gobernada históricamente por el radicalismo. Además, y si con el triunfo de Llamosas se leyera que De la Sota emerge nuevamente favorecido, tampoco lo consideraría como un problema o una amenaza para su posición. En la particular división del trabajo establecida desde hace mucho tiempo atrás, su antecesor se dedica a los grandes temas nacionales mientras que él se dedica a gobernar la provincia. El triunfo es un juego de suma positiva para cualquiera de los dos.
Ramón Mestre, a diferencia de aquellos, tiene alguna idea un tanto más inmediata. En la guerra fría que, aparentemente, estaría viviendo con el PRO, un triunfo de Yuni sería un bálsamo para sus aspiraciones. Para un radical no hay nada mejor que otro radical, especialmente cuando sus socios locales tienen línea directa con la Casa Rosada y Macri en persona parece favorecer al señor Frizza por sobre el lord mayor de la segunda ciudad de la Argentina. El intendente capitalino podría argumentar, ante la eventual victoria de su correligionario, que lo ocurrido augura un futuro promisorio para su propia candidatura a gobernador o, en el caso contrario, lamentarse por el pobre involucramiento de la Nación en el destino riocuartensede Cambiemos. Cualquier de las dos lecturas lo ayudaría en las cuitas territoriales que mantiene con la gente de amarillo.
En el medio, casi como actores de reparto, están los candidatos en sentido estricto, esto es, Llamosas o Yuni, Yuni o Llamosas. Nadie habla de ellos fuera de Río Cuarto. Sin embargo, son los verdaderos protagonistas del asunto.
Llamosas tiene a su favor que quiere ser intendente y que se le nota. Hace un tiempo que lo intenta y no ha dejado de crecer políticamente. El errático camino que ha elegido el actual alcalde también lo ha favorecido. Juan Jure no supo exactamente cuál era su rol dentro de esta campaña. No fue el gran elector, ni tampoco dejó una gestión que pudiera ser reconocida urbi et orbi. Su escasa predisposición a mostrarse como una figura provincial (estaría en todo su derecho hacerlo) dejó un gusto a retirada sin gloria de lo que, en rigor, podría haber sido presentado como el final de un mandato exitoso.
Yuni, como candidato oficialista, siente esta falta de palenque en donde rascarse, pero no puede hacer nada para remediar la situación. Jure es Jure. Sin embargo, parece ser un candidato empeñoso. A juzgar por las encuestas, luego de imponerse en las internas radicales comenzó a descontar la ventaja que le llevaba su competidor. Por estos días se anuncia un final cerrado, con una leve ventaja a favor de Llamosas. Es, sin duda, un mérito de Yuni estar en el lugar en que se encuentra.
Uno de los dos será el ganador local de una elección con lecturas nacionales. Yuni le asegura una alegría a Macri y a Mestre, Llamosas otra para De la Sota y Schiaretti. El peronismo kirchnerista lo mirará por TV, aunque previsiblemente festejaría el traspié de Cambiemos. De lo único que puede estarse seguro es que el blindaje pactado entre Nación o Provincia no resistirá los primeros cómputos: más allá del nuevo intendente, habrá ganadores y perdedores extramuros. Es un precio a pagar por exagerar el autonomismo municipal.



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