Sea como sea

Dicen que todo ha cambiado. Pero acá estamos, en este lunes, esperando, como hace más de 20 años, la apertura de “Showmatch”. Pendientes, como hace 10 años, de quiénes serán los participantes de “Bailando por un sueño”. Y orbitando, como desde hace más de 25 años, alrededor de la figura de Marcelo Tinelli.

Por J.C. Maraddón
[email protected]

ilustra tinelli 2016Es probable que, detrás de la fantasía de que todo cambia, se esconda una realidad que no queremos ver: que nada cambia. Entre la gente que es aficionada a las listas, podría haber alguien que enlistara lo que cambió y lo que no cambió. Pero, en ese caso, nos encontraríamos ante el problema de definir a qué consideramos “cambiar”. Y eso podría llevar siglos de discusiones, durante los cuales las cosas seguirían cambiando… o no. De lo que no cabe duda es que estamos ante una de las cuestiones centrales en este tiempo en el que se supone que ya nada es lo que era antes.
Podría situarse en los años sesenta el apogeo de esta idea de que todo cambio siempre es positivo. Porque si bien el evolucionismo data de un siglo antes, cuando se empezó a creer –con fundamento- que gracias a la ciencia la humanidad iba a progresar en términos nunca vistos, lo evidente es que fue en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial que se saludó a la novedad como algo esencialmente bueno. Y el brote de rebeldía juvenil que se verificó en ese periodo ayudó a instalar esta idea, que alimentó la esperanza generalizada de que todo iba a mejorar.
Con el avance de la década del setenta, las consecuencias de la Crisis del Petróleo de 1973 cortaron de cuajo con una prolongada etapa expansiva de la economía mundial y dieron inicio a un tiempo en el que sentimientos como el nihilismo y el escepticismo se volvieron predominantes. Sin embargo, aquella ilusión que encendía cualquier atisbo de cambio no fue sepultada del todo. Sólo que, en vez de esparcirse de forma indiscriminada, se concentró en el área de los avances tecnológicos, sobre todo, en cuestiones vinculadas a los sectores de la electrónica y la cibernética.
Y si bien hubo lecturas apocalípticas acerca de fenómenos como la automatización y la globalización, en general se percibía a esos avances con optimismo, como propiciadores de un salto en la calidad de vida de la gente. Por sobre todas las cosas, se veía a estos constantes descubrimientos como los verdugos de aquello que habíamos heredado del pasado y que ya no soportábamos más. Los divulgadores científicos nos instaron a confiar en que gracias a los flamantes dispositivos que salían al mercado, íbamos a poder concretar muchos de nuestros deseos con mayor rapidez y casi sin necesidad de salir de nuestro hogar.
Entre las víctimas condenadas a pasar de moda ante las perspectivas renovadoras que se abrían, estaba la televisión. Esa caja boba que presidía el altar de los hogares desde hacía varias décadas, no iba a poder sobrevivir a esa tendencia arrasadora que convergía sobre un minúsculo aparato que cabía en el bolsillo: el teléfono móvil. ¿Qué tenía que hacer la vetusta televisión abierta, frente a las maravillas que nos deparaba la pantalla de nuestro celular? Era obvio que, en la industria del ocio, la obsolescencia de la TV se daba por descontada. Y que su desaparición definitiva era inminente.
Y acá estamos, en este lunes 30 de mayo de 2016, esperando, como hace más de 20 años, la apertura de “Showmatch”. Pendientes, como hace diez años, de quiénes serán los participantes de “Bailando por un sueño”. Y orbitando, como desde hace más de un cuarto de siglo, alrededor de la figura de Marcelo Tinelli. Resulta que, mientras nos convencían de que íbamos por el buen camino y que el cambio permanente nunca podía ser malo, en realidad había cosas que estaban destinadas a perdurar; que se jactan de que, aun cuando todo desaparezca, se mantendrán intactas. Sea como sea.



Dejar respuesta