La infección que vino en barco

En medio de la epidemia de cólera de 1867-1868, la Municipalidad de Córdoba expropió dependencias de un molino y dispuso que allí funcionase un lazareto para contener a las personas infectadas.

Por Víctor Ramés
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Cuadro sobre la epidemia de cólera en los Estados Unidos, 1875.
Cuadro sobre la epidemia de cólera en los Estados Unidos, 1875.

Se sabe que el cólera es una enfermedad recurrente en la historia, al punto que el título de García Márquez, que se ya había hecho muletilla, acabó designando un tiempo que ya no estaba fijo en el pasado, sino que era el del mismo lector. Y no ha dejado de serlo cuando, con brotes tal vez menos letales que en el pasado, esa enfermedad sigue siendo una preocupación latente en las agendas políticas de la salud pública.
El cólera tuvo una terrorífica presentación en 1817, con foco en el Asia sudoriental, y velozmente se convirtió en una pandemia. Cincuenta años más tarde, en el mismo año de la guerra contra Paraguay, las bacterias del cólera morbo comenzaron a circular en Sudamérica por cuya extensa costa atlántica hicieron su ingreso, huéspedes de viajeros infectados. Como ejemplo de unos males que acarrean otros, el de 1867 fue elocuente, debido a que el desplazamiento masivo a los campos de batalla de aquel exterminio entre hermanos, significó también la difusión de la epidemia en los países invasores y en el invadido.
Aquel año el cólera produjo en Buenos Aires más muertes que la guerra y ambos males sumaron tragedia al escenario histórico. La epidemia penetró hondo en el territorio y la punta de ese cuchillo llegó hasta las provincias del interior argentino, atravesó Córdoba y de allí pasó a San Juan, San Luis y Catamarca, llegando hasta Santiago del Estero. Al tenerse noticias del arribo de la infección a Rosario, se había creado de urgencia en Córdoba una Comisión de Higiene, para prevenir el ingreso de la epidemia en la Provincia y en la ciudad. Se estrenaba en su segundo gobierno Félix de la Peña, cuando fue diagnosticada la primera infección de cólera en Córdoba, en diciembre de 1867. La epidemia encontró una ciudad indefensa en su infraestructura sanitaria y en los recursos médicos.
El sálvese quien pueda determinó una huída masiva de la ciudad, foco de la peste, y la grey católica intentó mantener a raya a las bacterias con procesiones. La capacidad de reacción del estado provincial y municipal fue puesta en jaque y se hizo necesario tomar medidas de emergencia, las que no siempre fueron eficaces. Para aislar a los infectados, se habilitaron lazaretos, donde los enfermos cumplían cuarentenas. Debido a la carencia de otra infraestructura sanitaria, fue la iglesia la que aportó instalaciones de ese tipo, generándose tensos conflictos entre las órdenes y las autoridades de la Comisión de Higiene.
Vale la pena detenerse en una historia curiosa sobre la creación de un lazareto de emergencia por parte de la Municipalidad de Córdoba, tomada de Cólera y conflicto en la ciudad de Córdoba, Argentina (1867-1868), del investigador cordobés Adrián Carbonetti. El estudioso expone el caso de expropiación ejecutada por la Municipalidad de Córdoba sobre las dependencias de un molino cercano a la ciudad, ubicado junto al cementerio, para ser utilizado como lazareto. La resolución dio pie a disputas, una fue la reacción de los pocos médicos existentes en la ciudad, los que se negaban a atender en dicho lugar a las personas contagiadas, por un lado. Y por otro, el propietario del molino se alzó contra esa medida que afectaba su producción y el trabajo de los obreros, ya que el establecimiento se hallaba en actividad.
Cita el estudioso una carta firmada por el Dr. León Molina en la que éste advierte: “Sr. Presidente de la Municipalidad de Córdoba. Habiendo revisado el local adonde está colocado actualmente el lazareto de los coléricos tengo el honor de informar a Ud. que aquel lugar no es apto para el fin que ha sido destinado, tanto por estado de la casa como por los caminos que son pésimos, como por la distancia, de modos que yo no puedo comprometer de ninguna manera a asistir a los afectados allá.” Según muestra Carbonetti, otros médicos se resistieron a cumplir con la orden, debiendo ser obligados a hacerlo por la fuerza pública. Se mencionan también casos de médicos que habían huido de la ciudad a los primeros anuncios de la enfermedad infecto-contagiosa.
En el pleito planteado por el propietario del molino, Carlos Roqué, éste aportó sus propias objeciones al exponer que “apenas se ha establecido el lazareto, el molinero, operarios y peones han abandonado mi establecimiento, y por consiguiente se ha hecho de todo punto imposible la continuación de las faenas”. Como señala el autor, “los escritos de Carlos Roqué, el propietario del molino, que argumentaba a favor de la no expropiación, son una fuente interesante para conocer los conflictos de intereses entre el Estado como garante de la salud de la población y este particular que defendía sus intereses económicos.”
Entre los argumentos que eleva Roqué ante la Municipalidad, afirma que “a mis pocas luces me parece el punto elegido muy malo, en razón a su inmediación al cementerio donde viene reinando el viento sur que hace en estos días. Usted comprenderá que las emanaciones de un mal cementerio como el nuestro, no harán más que agravar los enfermos”. Asimismo, señala el dueño del molino: “Debe usted también tratar como es sabido por todos los medios para evitar la grande alarma que causa a una población como Córdoba todo enfermo que se dirija al Lazareto, por el mismo camino que conduce al cementerio, será contado en el número de las víctimas. También poco agradable, sino pernicioso será para el enfermo encontrarse a la vista del cementerio.”
En otro documento, por último, el molinero expresa: “Lo más grave Señores Municipales en todo esto es, que seis establecimientos de panadería se surten de harinas de mi molino; y que a causa del paso dado por la Comisión de Sanidad, tendrá el pueblo que soportar la alza del principal alimento que es el pan.”
El conflicto en torno al molino cesó luego de diagnosticarse, a fines de enero de 1868, el último caso de cólera en aquella primera ola de la enfermedad. El saldo de la epidemia fue de alrededor de 2.500 muertos en la ciudad de Córdoba, donde vivían unos 35.000 habitantes, y unos 4.000 en la campaña.



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