El PJ, entre la democracia y el corporativismo

La nueva democracia argentina va en busca de nuevos partidos políticos: organizaciones que no resignen sus principios ni sus objetivos de poder, pero todo ello enmarcado en una idea tan elemental como básica: la democracia “es” cuando hay condiciones de alternancia y de gobernabilidad.

Por Leandro Querido
Director Ejecutivo de Transparencia Electoral

DYN18El Partido Justicialista ingresó en un proceso de cambio con destino incierto. La derrota electoral en las elecciones generales de 2015 surtió su efecto. Con caras conocidas se conformó la nueva conducción postkirchnerista. Sin embargo, todavía no está clara su estrategia de corto plazo. Luego de muchas deserciones, ha quedado constituido un bloque de diputados con integrantes del kirchnerismo duro impuestos por boletas electorales gracias al calor del poder perdido y que ahora limita la autonomía que pretende defender la nueva conducción partidaria representada por el sanjuanino José Luis Gioja.
Si Daniel Scioli no ocupó la presidencia del partido se debe a la cláusula histórica que aunque no ha sido plasmada en ningún papel rige con la fuerza de la norma consuetudinaria: el que pierde no conduce. Gioja, en cambio, si bien no puede representar la “renovación” si puede ofrecer “triunfos” en su terruño.
El problema que presenta esta transición partidaria es que parte del bloque de diputados permanece fiel a Cristina Fernández de Kirchner y a su estrategia de sabotaje al actual gobierno. Arrinconada por la justicia, la ex presidente asume la prédica y la acción de un partido antisistema. Cuando el politólogo italiano Giovanni Sartori analizó los sistemas de partidos de los pluralismos extremos caracterizó a los partidos antisistema como aquellos que buscan socavar la legitimidad de un régimen. Para que esto ocurra debe haber polarización ideológica y el caso argentino presenta su singularidad, dado que el gobierno de Mauricio Macri se ha aferrado a un discurso componedor cuyo correlato material es sin duda una gestión de centro que administra una compleja crisis heredada. Al actuar de esta manera, el kirchnerismo duro gira en el aire al denunciar con fanfarreas de partido antisistema “un ajuste neoliberal y salvaje que socava las bases del régimen inclusivo y productivista consagrado”. Como vemos el relato fuera del gobierno tiene su continuidad y con el mismo nivel de desapego de la realidad.
Si la demorada institucionalidad de Cambiemos como coalición partidaria de gobierno llegara a ser una realidad, el kirchnerismo duro podría verse aún más debilitado y en ese caso su clasificación de partido antisistema podría ser menos forzada.
Ahora bien, el peronismo se ha vuelto un problema para la consolidación democrática. Desde 1989 se han acostumbrado a estar en el gobierno. Cuando no lo está, sus dirigentes consideran que es una suerte  de “proscripción” y como tal son seducidos a transitar hacia una convergencia con sindicatos corporativos y organizaciones de izquierda no democrática, genuinos partidos antisistema cuyos objetivos son la revuelta y el caos.
La democracia argentina se hace con el peronismo, pero con uno que entienda el valor de la alternancia y el respeto a la voluntad popular. Las densas redes clientelares que supo construir, las aberraciones impuestas en las normativas electorales de muchas provincias y las prácticas políticas que se desprenden de ellas no se condicen con los regímenes competitivos. Por el contrario, son propios de los regímenes no competitivos, típicos de los sistemas hegemónicos o de partido único.
La experiencia regional nos brinda un ejemplo interesante para analizar. El partido de la Revolución Institucional (PRI) gobernó México desde 1946 a 1989 aunque si tomamos su antecedente, el PRN fundado por Plutarco Elías Calle, debemos remontarnos a 1929.
Este partido fue dueño y señor de la representación política mexicana hasta una elección por la gobernación de Baja California en 1989. Fue tal la conmoción de la derrota que años después perdió diputados a mano de otros partidos en el Congreso y llegó por fin la alternancia cuando en la elección presidencial de 2000 el candidato del Partido Acción Nacional se impuso al del PRI.
Este proceso de cambio que se resume en el párrafo anterior fue tenso, complejo, y con idas y venidas. El PRI debió asumir la realidad signada por una sociedad amplia, plural y diversa que ya no se resignaba a la idea de que este partido era el único que podía gobernar México. El resultado se materializó definitivamente cuando los tres principales partidos políticos (el PRI, el PAN y el PRD) firmaron en 2015 el célebre Pacto por México en donde se comprometieron a impulsar reformas trascendentes inclusive en lo que respecta a la organización electoral.
El nuevo Partido Justicialista debe aceptar esta nueva realidad. Haber perdido la provincia de Buenos Aires es un impacto similar a la derrota del PRI en Baja California. Debe internalizarla y así asumir un compromiso con el ideario de la democracia y el pluralismo.
La nueva conducción del Partido Justicialista debe tomar distancia de los sectores que consideran como atajo válido un proceso de desestabilización institucional. El Partido Justicialista debe estar más cerca de la ciudadanía que de Quebracho.
Argentina necesita de un sistema de partidos políticos fuertes que dependa no de la cantidad sino de un amplio acuerdo acerca de las reglas de competencia electoral y de gobernabilidad. Pero ningún partido político va por si solo a asumir este compromiso si no representa a su vez una demanda presente de la ciudadanía. Un cambio de prácticas políticas supone un cambio de cultura política. En este nuevo contexto la acción del “sabotaje” o la de “desestabilización” debería sufrir una profunda sanción social. Algo de eso se percibe de modo incipiente en la sociedad. No por casualidad hay voces dentro del Partido Justicialista que se hacen eco de estos incipientes cambios. Juan Manuel Urtubey es uno de ellos. Sergio Massa, por ahora lejos de la institucionalidad partidaria del justicialismo, también lo es.
En definitiva, la nueva democracia argentina va en busca de nuevos partidos políticos que pueden ser los viejos renovados de manera sincera. Organizaciones que no resignen sus principios ni sus objetivos más elementales como lo es la búsqueda del poder, pero todo ello enmarcado en una idea tan elemental como básica: todos tienen derecho a gobernar. Tanto los partidos de la izquierda democrática, como los de centro o los de la derecha democrática lo tienen. Es así porque la democracia “es” cuando hay condiciones de alternancia. A lo que podemos agregar: la democracia “es” cuando hay condiciones de alternancia y de gobernabilidad.

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