Mestre, nunca abandonado por la suerte

Ayer al mediodía, el intendente Ramón Mestre se sentó en su despacho con alivio inocultable: había terminado el enésimo paro de la UTA. Mentalmente comenzó a hacer el control de daños.

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra-mestre-y-la-suerteAyer al mediodía, el intendente Ramón Mestre se sentó en su despacho con alivio inocultable: había terminado el enésimo paro de la UTA. Mentalmente comenzó a hacer el control de daños. A priori parecían muchos: cinco días sin transporte en las líneas de Autobuses Santa Fe, una nueva (y peligrosa) libanización del gremio de los choferes y la incapacidad del Ministerio de Trabajo para poner freno a la medida de fuerza. Pero le faltaba algo. La Municipalidad. ¿Cómo había impactado el episodio en su gestión? Intentó imaginarse la naturaleza y la potencia del golpe recibido. Sin embargo, su mente estaba en blanco. No parecía haber sido tocado.–“No hay caso; soy un tipo con suerte”, se dijo con un dejo de autosatisfacción. Estaba en lo cierto.
Aunque resulte sorprendente, la conclusión del intendente no es voluntarista. Es que el paro, que en la noche del lunes tenía un pronóstico ominoso, se diluyó rápidamente en el transcurso de la mañana de ayer sin que las autoridades tuvieran arte ni parte. Esta vez, el antídoto más efectivo resultó ser el hartazgo de los choferes respecto a las decisiones, escasamente representativas, tomadas por los delegados de Autobuses Santa Fe. Uno a uno, los colectivos de Coniferal y de ERSA comenzaron a salir de las puntas de línea para brindar el servicio. En horas de la tarde también lo hicieron los de la empresa rebelde.
La inédita autodeterminación de los choferes fue una sana manifestación de desobediencia gremial en contra de la patota inorgánica que integran ciertos delegados, añorantes de las prebendas que les brindaba la estatal TAMSE. También, una resolución incruenta de lo que parecía ser un callejón sin salida y con un final incierto.
El Ministerio de Trabajo (que le hizo honor al nombre de la cartera) recurrió a todos las herramientas a su alcance para destrabar el problema. Sucesivamente dictó la conciliación obligatoria, declaró ilegal la medida de fuerza y, en un rapto de impotencia, recomendó a la UTA nacional que interviniese la filial cordobesa. Nada de esto hizo entrar en razones a los cabecillas del paro.
El Secretario General, Ricardo Salerno, tampoco pudo justificar su cargo. Aunque en un principio respaldó de mala gana a los huelguistas, tan pronto pudo acató, con sumisión republicana, la conciliación dispuesta por Trabajo. Sin embargo, su aceptación no tuvo ningún efecto práctico. Los delegados simplemente ignoraron la decisión orgánica de la conducción y, dando muestras de gran independencia, redoblaron la apuesta procurando que el resto del sistema se plegara a sus demandas.
Por un momento pareció que lo conseguirían. Cuando caía la noche del lunes, eufóricos delegados proclamaban el paro general en la sede de la UTA. Salerno, previsiblemente, no estaba en la foto. Se estaba consumando un auténtico golpe de estado en sus narices, cuya principal víctima (por detrás de los sufridos usuarios, por supuesto) era él mismo. Aunque Roberto Fernández –el consternado mandamás de la UTA nacional– lo respaldaba públicamente, Salerno intuía que su mandato llegaba prematuramente a su fin. Si cualquier delegado puede forzar al gremio a hacer lo que él desea, ¿para qué tener un sindicato?
Esto es lo que también se preguntaban los empresarios del transporte. Si, de por sí, Salerno es un tipo complicado (basta recordar lo que hizo el 1 de mayo), vérselas con una pléyade de delegados inorgánicos es una experiencia psicodélica. La UTA ejerce, en términos fácticos, una verdadera intervención en sus empresas, vetando las decisiones que no son de su agrado. Esta vez, el detonante fue el despido con causa de seis trabajadores con antecedentes que justificaban ampliamente su desvinculación, pero puede ser cualquier cosa. Estos despidos produjeron casi una semana de paro, como si a la patronal no le asistiesen derechos para prescindir, en el marco de la ley, de dependientes que no cumplen correctamente con sus obligaciones. En este marco de desquicio, un Secretario General con suficiente poder podría haber contribuido a llevar racionalidad al campo sindical, algo que los propios empresarios (que son también sus víctimas invariables) le hubieran agradecido. Ni siquiera esto sucedió.
En semejante contexto, Mestre y sus autoridades eran espectadores privilegiados de la tragedia que se desarrollaba en las calles de la ciudad. Pese a que es un servicio municipal, regulado por áreas específicas del Palacio 6 de Julio, el paro de Autobuses casi que no tuvo intervención de ningún funcionario de confianza del intendente. Por el contrario, Omar Sereno, el ministro de trabajo provincial, tuvo un desgaste inversamente proporcional a la preservación mestrista. Sobre él recayeron todas las responsabilidades institucionales, como si el transporte urbano fuera de su incumbencia. Muchos oportunistas tomaron nota de la ineficacia de las recetas legales para poner fin a este tipo de arbitrariedades. Este es un demérito que, en el futuro, su cartera deberá evaluar.
Pero quizá el colofón más sorprendente de esta historia haya sido la amonestación del intendente a los empresarios del sector dedicada ayer por la tarde. No sólo los multó, con cifras millonarias, por la falta de prestación del servicio, sino que les exigió que despidan cuanto antes a los malos trabajadores (a propósito: no sería malo que él hiciera lo mismo, de vez en cuando, con sus improductivos empleados). La filípica fue pronunciada desde una posición superior, lejos del barro en que se había transformado esta guerra estática y con usuarios parados en el medio de la tierra de nadie. Mestre sólo pudo situarse en tal lugar porque salió indemne del episodio, casi un tercero extraño a los sucesos.
Finalmente, y en el cénit de su estrella, el intendente podrá argumentar que el video que les dedicó a los choferes para que regresaran a sus tareas realmente funcionó; en esta hipótesis, sus dotes de motivador habrían operado el milagro de generar el motín que puso fin al paro. Es difícil de creer que, en algún momento, apele a este autoelogio (por demás risible) pero un tipo con suerte se cree invulnerable.