¿Narcoqué?

Si se comparan los antecedentes escabrosos del caso, propios de un policial del género negro, con la sentencia dictada por el Tribunal Oral Federal Número 2, la sensación es que todos hemos sido engañados. Engañados por Tomás Méndez y su famoso ADN. Engañados por Viarnes, experto en el arte del macaneo. Y engañados por los medios de comunicación en general, que prefieren batir el parche sobre lugares comunes antes que entregarse a la reflexión desapasionada.

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Por Pablo Esteban Dávila

Lo dicta la responsabilidad: hay que esperar los fundamentos. Sin embargo, el fallo que se conoció ayer sobre el denominado “narcoescándalo” parece una solución de compromiso. Hubiera estado mal absolver al comisario Rafael Sosa después de haber estado más de dos años en la cárcel. Pero igualmente erróneo hubiera sido condenarlo por asociación ilícita, tal como postulaba la acusación. El resultado fue, por lo tanto, un promedio con pruritos: tres años y ocho meses por violación de deberes de funcionario público; una condena casi paraa que no se diga que su prisión preventiva fue un capricho de la Justicia Federal.
Recuérdese que Sosa y los demás acusados llegaron a juicio precedidos de terribles cargos:asociación ilícita y privación ilegítima de la libertad. El disparador del proceso fue Juan “el francés” Viarnes, una suerte de condotiero del bajo mundo que, septiembre de 2013, se prestó a una cámara oculta para el programa ADN conducido por el actual concejal Tomás Méndez y emitido por el Canal 10 de Córdoba, un reducto del kirchnerismo.
El impacto de sus dichos fue enorme. No sólo intervino la justicia federal con celeridad del rayo sino que uno de los mencionados por Viarnes (el oficial Juan Alós) decidió quitarse la vida. Para complicar el asunto, el suicidio fue inmediatamente puesto en dudas por sus familiares y allegados, quienes lograron que se abriera una nueva investigación por homicidio. El Fiscal provincial Emilio Drazile –para quién no existían dudas que Alós se había provocado la muerte– sufrió una denuncia por violación de deberes como funcionario público por su actuación durante lainstrucción y, actualmente, se encuentra con un proceso firme, debidamente confirmado por la Cámara Federal de Apelaciones y por la Casación Penal.
Como las confesiones de Viarnes fueron puestas al aire en las proximidades de las elecciones legislativas de octubre de 2013, el asunto derivó en un problema político para José Manuel de la Sota. El entonces gobernador tenía cifradas importantes expectativas en aquél compromiso electoral. Suponía que una victoria por amplio margen le daría el empujón que necesitaba su carrera presidencial. Sin embargo, el batiburrillo le proporcionó letra a una oposición que no lograba entrarle al gobierno y se instaló como uno de los grandes temas de campaña. Aunque finalmente Unión por Córdoba volvió a imponerse, la diferencia fue sensiblemente menor a la que se esperaba. Viarnes, Méndez y la Justicia federal (sospechada de praxis kirchnerista) habían logrado erosionar la imagen del gobernador y poner en entredicho sus chances nacionales.
Si se comparan aquellos antecedentes tan escabrosos, propios de un policial del género negro, con la sentencia dictada por el Tribunal Oral Federal Número 2, la sensación es que todos hemos sido engañados. Engañados por Méndez y su famoso ADN. Engañados por Viarnes, experto en el arte del macaneo. Y engañados por los medios de comunicación en general, que prefieren batir el parche sobre lugares comunes antes que entregarse a la reflexión desapasionada. Al final, como parecen haber concluido los jueces, la conspiración denunciada por “el francés” no existió en absoluto, especialmente desde que el hombre se escapara frente a las narices del propio fiscal Enrique Senestrari desde su confortable “prisión” en Barrio Urca. El reino del revés: los policías en la cárcel, el delincuente en su casa. Previsiblemente, un día se marchó para no volver.
Aunque este fallo fuera luego confirmado por Casación, la espectacularidad del asunto acaba de derrumbarse. Ni escándalo ni nada. Sólo el abuso de autoridad, un delito aparentemente de ocasión para que Sosa tuviera algo de que ser culpado. Tan de ocasión que el exjefe de Drogas Peligrosas de la policía provincial pudo salir en libertad de la sala de debates, sonriente y rodeado de familiares, como si acabara de ser absuelto.
En resumen, todo este caso se reduce a un monumental “narcoqué”, en donde la sospecha de connivencia policial con el narcotráfico y su posterior descubrimiento por periodistas abnegados e insobornables se acaba de trasformar en un cuento que, lamentablemente, tuvo a mucha gente presa durante un tiempo considerable. ¿Hasta cuándo habremos de sospechar más de la policía y de los políticos que de las intenciones de cierto periodismo irresponsable?Algo de sentido común aportaron los jueces al respecto. Junto a las condenas, resolvieron derivar las actuaciones a la fiscalía de turno para que se investiguen los dichos de distintos testigos sobre las actuaciones del periodista y concejal Méndez. Ojalá que esta investigación avance con la misma prontitud que la llevada en contra de Sosa.
Quedan otros interrogantes. ¿Qué dirán ahora quienes adhirieron a la teoría de la confabulación de Drazile con los policías investigados para disfrazar de suicidio la muerte de Alós? ¿Concluirán, acaso, que el supuesto homicidio se produjo para tapar el “abuso de autoridad” de Sosa? Los que sostienen la sospecha como un estado permanente del espíritu deberían aprender de la denominada “navaja de Ockham”, un principio metodológico y filosófico atribuido al filósofo escolástico Guillermo de Ockham, según el cual “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”. Los suicidios existen. También los mentirosos y mitómanos.
Debería contrastarse todo lo que se dijo sobre este caso y las conclusiones a las que prematuramente se arribaron con lo que, previsiblemente, dirán los fundamentos de la sentencia. Existirán, de seguro, diferencias notables, abismales. Es que no siempre la política, la corrupción o el narcotráfico se encuentran detrás de todas las cosas desagradables que suceden en esta vida. De lo contrario, debería concluirse que todos somos, en última instancia, simples marionetas del poder y de los narcotraficantes. Siempre nos resistiremos a pensar de este modo.