Sincerar la economía necesita cintura política

Los reclamos gremiales son legítimos y marcan un dilema para el gobierno. Cómo se reordena el caos recibido sin alterar el clima social.

Por Gabriela Origlia

DYN05-(2)No hay dudas de que había que hacer lo que se hizo. El kirchnerismo dejó la economía al borde del colapso; no la hizo colapsar. Y eso, en el fondo, es una virtud para ellos. ¿Por qué? Porque la ciudadanía no vio una explosión. Y ahora sufre las consecuencias de los arreglos.
Había inflación, pero no tan alta; las tarifas estaban planchadas y, aunque todos eran conscientes que era una ficción, la disfrutaba; a la pizarra del dólar oficial no le creía nadie, pero allí estaba; las economías regionales están destruidas y se levantaba la bandera de no pagar a los extranjeros como una victoria pero la deuda entre organismos del Estado se disparaba.
Por supuesto, eso es la herencia. Un paquete de explosivos cerrados que, una vez abierto, da lugar a que la ex presidenta Cristina Fernández se alegre de que la gente –de manera legítima- salga a la calle a reclamar por mejores condiciones, esencialmente por el control de la inflación. Lo hace como si ella no tuviera ninguna responsabilidad. Se lo permite el haber frenado (porque perdió) antes del colapso.
Aunque los impactos siguen, la etapa kirchnerista terminó. La responsabilidad (la pelota) está en la cancha de Mauricio Macri y su equipo. Arrancaron mostrando capacidad para salir del cepo sin que el dólar se escapara e incluso con una devaluación cuyo traslado a precios fue moderada porque muchos empresarios ya habían ajustado antes, incluso por encima de lo que se acomodó el tipo de cambio.
Después de esas primeras medidas siguieron las bajas y eliminaciones a las retenciones. Los críticos dicen que son medidas que benefician a los sectores empresariales y no a los trabajadores. No hay que olvidar que la existencia de los empleados depende de la de empleadores; sino mejoran las condiciones de inversión no habrá puestos de trabajo sustentables.
Algún retoque en Ganancias –claramente insuficiente- e inmediatamente una escalada de aumentos de tarifas que se hizo por sectores. Ningún economista ni dirigente político, incluso los que encabezaron la marcha del viernes, dudan de que esas subas iban a llegar, el punto es si antes el gobierno no debería haber compensado a los segmentos sociales más rezagados.
Las herramientas sociales que el macrismo está instrumentando llegan siempre detrás del sinceramiento que todos daban por descontado. En ese terreno no domina la economía sino la política. La oposición –alejada del kirchnerismo- se está recomponiendo más rápido que lo que el propio gobierno parecía esperar.
El equipo económico macrista está más cercano al desarrollismo que al liberalismo. Tiene un sesgo industrialista que todavía no se ve porque está intentando salir del barro y limpiar la cancha para que lleguen inversiones y se genere empleo. No hay otra manera de bajar la pobreza. O sí, pero es insostenible en el tiempo: la dádiva. Una receta que ya se probó en la Argentina y cuyas consecuencias se vieron más de una vez.
Hoy el debate pareciera centrarse entre una política pro mercado y otra que, sin la profundidad del kirchnerismo, se inclina por un Estado más presente. Es probable que si Diputados convierte en ley el proyecto que frena los despidos, se vea un Macri eligiendo un camino intermedio, un veto parcial.
La norma genera consensos y peleas en partes iguales, incluso en las bancadas opositoras. Por ejemplo, Sergio Massa cree que la prohibición complicaría a las Pymes afectadas por el aumento de tarifas y la caída de ventas, pero no logra unificar una postura entre sus socios que –ante la falta de alternativas del oficialismo- se inclinarían por acompañarla.
El contexto le está marcando al macrismo que sólo el sinceramiento no alcanza. El gran interrogante es hasta cuándo puede seguir sin quebrar la tolerancia social, sobre todo teniendo en frente al peronismo reordenándose y al gremialismo tratando de unirse. Ese es el gran desafío de quien está gobernando y para enfrentarlo la respuesta no pueden ser sólo las “medidas necesarias para impedir el estallido de la crisis”. La cintura política y social es crucial.



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