Los frescos de Santo Domingo

El pintor italiano Honorio Mossi vivió veintiún años en Córdoba. Una visita a la iglesia de Santo Domingo depara el aprecio de las pinturas de Mossi en sus bóvedas, sobre la vida del santo fundador de los dominicos.

Por Víctor Ramés
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“La visión de Santo Domingo” fresco de Honorio Mossi en la bóveda del templo cordobés.
“La visión de Santo Domingo” fresco de Honorio Mossi en la bóveda del templo cordobés.

Desde hace siglo y medio, en la esquina de la calle ancha y Deán Funes, las cotidianas torres de la bonita iglesia guiñan sus destellos celestes de azulejo y pregonan el repique para las misas de la orden de los Frailes Predicadores. En la Basílica de Santo Domingo hay tesoros coloniales de diversa naturaleza: su propia arquitectura, sus imágenes, su altar de plata, sus piezas litúrgicas repujadas y también el legado pictórico que contienen sus paredes y bóvedas. Este último patrimonio de Santo Domingo, el de las imágenes en los muros interiores de la iglesia, incluye varios frescos sobre revoque estucado pintados por un hombre que nació el mismo año del templo, 1861: el artista italiano Honorio Mossi.
Natural de Cambiano, en la provincia de Turín, región del Piamonte, y bautizado Onorio, era sobrino de un célebre lingüista, el fraile homónimo Honorio Mossi, quien había publicado en 1860, en la ciudad de Potosí, un monumental Diccionario Quichua-Castellano y Castellano-Quichua, y traducido el drama quechua Ollantay. Honorio, el joven, llegó a la Argentina en 1889 alentado por su tío, entonces presbítero de Santiago del Estero. Al año siguiente se encontraba establecido en la ciudad de Córdoba. Antes de cruzar el océano, el artista se había graduado en la Academia Albertina de Turín, donde tuvo por maestros, entre otros, a Cesare Gamba y Andrea Gastaldi.
En la Docta, Honorio Mossi comenzó de inmediato a trabajar como maestro, a la vez que se ganó la vida como retratista. En su taller se formó una generación de artistas entre cuyo círculo se encontraban nombres como los de Fray Guillermo Butler, Deodoro Roca, Pedro Centenaro, Octavio Pinto y Miguel Ángel Álvarez. Octavio Pinto, uno de los artistas cordobeses fundamentales, recordaba así su encuentro y proximidad con Honorio Mossi, en un texto autobiográfico de los años ‘20:
“A vuelta de Santa Fe, en uno de mis veraneos, recibí los consejos artísticos de un pintor que, por rara coincidencia, era también maestro del pintor Butler: don Honorio Mossi, hombre de una bondad inmensa (…). El decidió con su entusiasmo por mis progresos, mi carrera de pintor y mucho de su invariable cariño me lo disputa hoy el propio Butler, quien, como yo, resultara pintor de técnica moderna contra las ilusiones de Mossi, adicto a los reales cánones de la Academia de Milán donde había sido noble cofrade de Grosso, el pintor de la reina Margarita”.
Los vínculos de Mossi con las órdenes religiosas le permitieron adjudicarse la realización de varios retratos de autoridades eclesiásticas, destinadas a iglesias y conventos, y no faltaron burgueses con recursos que le encargaron un cuadro que lo eternizase. Por generación se vinculó a los pintores que provenían de la línea del viejo Luis Gonzaga Cony: Genaro Pérez, Andrés Piñero y Herminio Malvino, y al español Manuel Cardeñosa. Con ellos el artista piamontés estuvo ligado al Ateneo de Córdoba, institución cultural legitimante de la década del 1890, donde expuso en varias oportunidades junto a sus consagrados colegas.
Entre 1895 y 1906 se dio una etapa productiva de Mossi, quien recibió el encargo de pintar frescos en la Iglesia de Santo Domingo, a la vez que realizaba lienzos que afianzarían su renombre, entre ellos una Visión panorámica de Córdoba en 1895, sin duda su pintura más conocida y admirada, actualmente en exposición en el Museo Evita – Palacio Ferreyra. El artista logró reconocimiento también en el género paisajístico.
En las bóvedas del templo dominicano, Honorio Mossi realizó valiosos frescos sobre escenas de la vida de Santo Domingo de Guzmán, comenzando en el año 1897. El santo fundador de la Orden de los Predicadores -nacido en 1170 en Caleruega, España, y fallecido en 1221 en Bolonia, Italia-
fue una figura profusamente retratada, entre otros por genios como el Greco, Bartolomé Murillo y Francisco de Zurbarán y en escuelas pictóricas españolas de los siglos XVI, XVII y XVIII así como en escuelas cuzqueñas coloniales. Las pinturas de Mossi abordaron temas que podían haberles sido sugeridos por la propia comunidad, o haber sido una elección del propio artista, en base a escenas de la tradición devocional del santo, para inspirar a los creyentes que asistían a misa.
En 1897, luego del inicio de los frescos en la iglesia de Santo Domingo, el diario católico Los Principios incluye en abril una breve reseña de dos de esas obras que actualmente se pueden ver en las bóvedas del templo. La mención no se limita a dar noticia de las pinturas, sino que esboza una crítica sobre ellas –no del todo favorable- en términos más bien legos:

“Las nuevas pinturas de Santo Domingo
Las nuevas pinturas de la bóveda del templo de Santo Domingo hechas por el conocido pintor Mossi, llaman la atención y son objeto de diversos comentarios.
Son hermosas y muy bien ejecutadas, con verdad de colorido, de situaciones y de expresión de los personajes que forman el argumento de los cuadros.
Ese abrazo de San Francisco y Santo Domingo, irreprochable. San Francisco reflejado en el traje, en la actitud y con la expresión de humildad legendaria de la orden. Santo Domingo, la figura noble y majestuosa demostrada en la expresión de beatitud y de gozo del encuentro y del abrazo. La perspectiva muy bien.
El cuadro de la visión de Santo Domingo ya es otra cosa. La legión de Santos de la orden y el patriarca muy bien, pero esa virgen es algo menos que una vulgaridad: una cara tosca de mujer del campo, que de ninguna manera habla al alma con esa expresión ideal de bondad y de dulzura de la que es madre de misericordia, consuelo de afligidos.
Por su propio renombre debe cambiar la cabeza de la virgen, por otra que refleje todas las dulzuras de las concepciones de Murillo.”
En 1911 Honorio Mossi dejó Córdoba y se radicó en la ciudad de Tucumán, contratado para dirigir la sección Pintura de la flamante Academia de Bellas Artes de esa provincia. También enseñó en el Colegio Nacional y luego en la Universidad. Continuó produciendo obras de relieve y falleció en aquella capital del azúcar, a los 82 años.



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