Demos gracias por la semana de la política

Para un país acostumbrado a la hiperpolitización que, por cualquier cosa, produjo el kirchnerismo durante sus años en el poder, la semana que hoy concluye podría parecer como bastante convencional; sin embargo, fueron siete días de una carga política de enorme intensidad y trascendencia para el país.

Por Pablo Esteban Dávila

p05-1Para un país acostumbrado a la hiperpolitización que, por cualquier cosa, produjo el kirchnerismo durante sus años en el poder, la semana que hoy concluye podría parecer como bastante convencional; sin embargo, fueron siete días de una carga política de enorme intensidad y trascendencia para el país.
Desde esta columna hemos sostenido muchas veces que, en una democracia republicana, la política se define por la búsqueda de consensos dinámicos antes que por el enfrentamiento hegemonista. Conste que, de ninguna manera, afirmamos que la política democrática debería ser un Corín Tellado de dirigentes bondadosos prestos al acuerdo sin más trámite que un “por favor” o un “gracias”. Esto no sólo que es inverosímil sino que, además, refleja un entendimiento del conflicto como un hecho patológico. Debe recordarse que las democracias liberales son máquinas tremendamente eficientes para procesar conflictos sin que éstos terminen por liquidar al propio sistema. Quienes reclaman por este tipo de consensos fofos o asexuados no sólo que no entienden de política sino que, en el fondo, anhelan un marco de unanimidad a todas luces predemocrático.
El kirchnerismo, que sólo declamaba por más democracia como una coartada de su decisionismo populista, aborrecía del consenso dinámico porque, en su concepción, ceder algo en función de intereses contrapuestos era traicionar míticas voluntades mayoritarias. Por tal motivo y a lo largo de sus tres períodos, el país tuvo que soportar enervantes discursos agonales, en donde las cuestiones más nimias eran presentadas como capítulos insoslayables de una épica de ribetes revolucionarios. Conceptos fuertemente evocativos, como la recuperación de tal o cual “soberanía” o la “democratización” de la Justicia o de los medios de comunicación, fueron utilizados en innumerables ocasiones para justificar la adopción de medidas de corte autoritario, excluyentes de otras miradas o incluso de consejos bienintencionados de actores políticamente cercanos. Para el mundo K, aquello era la verdadera política; cualquier otra cosa merecía la calificación de institucionalismo neoliberal y, por lo tanto, inmanentemente falso.
En buena parte por necesidad (el actual oficialismo no tiene mayorías legislativas), pero también por razonables convicciones, el gobierno de Cambiemos ha retornado a la tradición republicana del pacto. Esto significa que, para lograr leyes o avalar políticas públicas, debe alternativamente proponer, ceder y sintetizar posiciones con sus adversarios. Sólo quién haya tenido la oportunidad de hacer política sabe lo laborioso y, por momentos, enervante que resulta este ejercicio. Siempre es más fácil tomar decisiones en la intimidad y luego exigir que todo el mundo las obedezca. Pero los resultados son siempre mejores (y más duraderos) cuando se practica la política del acuerdo. Esta es la esencia del verdadero juego democrático.
En este sentido, la aprobación por parte de la Cámara de Diputados del arreglo con los holdouts merece ser calificada de titánica, al menos si nos atenemos a los antecedentes recientes. El bloque oficialista tuvo que negociar durante mucho tiempo el quórum y, posteriormente, los votos necesarios para lograr el pase al Senado. Legisladores opositores, como Sergio Massa o Margarita Stolbizer, se llevaron buena parte del crédito de lo ocurrido. El presidente de la cámara, Emilio Monzó, se hizo más fuerte –y no lo contrario– por haber logrado los compromisos necesarios.
Fue edificante comprobar que, lejos de un comportamiento faccioso, muchos diputados prefirieron mirar el largo plazo, como si ellos tuvieran que gobernar. La perspectiva de una hiperinflación o una terrible recesión si no se cerraba el asunto, fue más poderosa que el cálculo sobre cuanto beneficiaría al presidente Macri el aval del Congreso para retornar a los mercados internaciones de crédito. Fue una buena señal de la clase política, del tipo que no debería pasar inadvertida para la opinión pública.
En Córdoba hubo también un ejercicio parecido aunque, en el distrito, Juan Schiaretti no necesita del apoyo de la oposición para sacar las leyes que requiera su gobierno. El bloque oficialista en la Legislatura tiene mayoría propia y, en el pasado, la ha utilizado cada vez que fue necesario sin que sus conductores sufrieran de prurito alguno. No obstante, el Gobierno prefirió que su estratégica iniciativa de los gasoductos troncales tuviera todo el consenso necesario al momento de su aprobación. En la sesión del pasado miércoles la ratificación del decreto por el que se adjudicó la licitación para la ejecución de esta obra y el permiso para tomar deuda por hasta más de 893 millones de dólares fueron aprobadas por una amplísima mayoría de legisladores, incluyendo algunos del siempre belicoso bloque juecista.
Este espíritu en la oposición local puede que se encuentre incentivado por el estilo en boga en la Casa Rosada, pero también por un laudable ejercicio de gobernabilidad. Todo el mundo sabe que el proyecto de los gasoductos estaba listo desde finales del primer gobierno de Schiaretti y que, si no se había concretado, se debía exclusivamente al boicot que se ejercía desde la Nación sobre Córdoba. El hecho que soplen vientos diferentes en la relación bilateral fue correctamente leído por quienes terminaron aprobando el paquete legal. Forma parte de legítimas especulaciones el hecho que estas obras generarán progreso pero también votos, algo que podría beneficiar a futuros mandatarios, incluso si no fuesen peronistas. Es la magia de la democracia republicana: cualquiera que forme parte del sistema puede reclamar una parte de las mejores decisiones que se tomen.
En la ciudad pasan cosas parecidas. El intendente Ramón Mestre necesita con urgencia fondos frescos, y pretende colgarse de las posibilidades de financiamiento que se le abrirán al país luego que se termine con la situación de default. Pero para eso necesita de una mayoría agravada en el Concejo Deliberante, que excede al número de ediles que le responden en forma directa. Tal vez por motivos similares a los de sus colegas nacionales y provinciales, los concejales de la oposición parecen dispuestos a ayudarlo. En la sesión de hoy se sabrá si esta intención es real y si se traduce en la autorización requerida desde el Palacio 6 de Julio.
Existen algunos indicios que sugieren que el asunto terminará bien. El bloque de Unión por Córdoba difícilmente se aparte del Pacto del Panal XL (do ut des, los radicales votaron a favor de la ampliación de deuda solicitada por el gobernador) y el del Movimiento ADN –en teoría, la principal fuerza opositora– acaba de partirse precisamente por los diferentes criterios que existen en su seno sobre el tema. Los escindidos apoyarán, seguramente, la solicitud mestrista y todos se mostrarán satisfechos por el clima de concordia y madurez que impregnará el recinto. Los recalcitrantes no pasarán un buen momento.
Todo esto puede que no sea espectacular en un sentido escénico pero, créase, es parte de una nueva epopeya republicana. A los que creen que la política se trata ineludiblemente de consignas guerreras, cantitos o plazas llenas de militantes y banderas puede que los consensos logrados esta semana les parezcan poca cosa o, inclusive, que se los asemeje a un reprobable ejercicio de mercaderes. Se equivocan, sin embargo. No existe nada más democrático que la negociación entre opuestos, aunque el resultado sea imperfecto. Sólo así se construyen decisiones colectivizadas, es decir, aquellas que son voluntariamente acatadas por la mayoría de los ciudadanos sin que el presidente o sus ministros deban advertir, todo el tiempo, de las graves consecuencias que conllevaría su incumplimiento. Si hubieran existido más de este tipo en la historia reciente, el mundo de la política no tendría que haber asistido, en una especie de manifestación corrompida del sistema, a un verdadero cogobierno de los jueces. Esto ocurre, vale recordar, cuando el gobierno de turno se olvida, gracias a sus votos y sus mayorías, que la Democracia existe porque rige una Constitución y que esta, aunque a los populistas no les guste, es una herramienta destinada a limitar cualquier tipo de hegemonía.
Demos gracias por haber vivido la semana que termina. La semana de la política.