Contando billetes

Cada día la red nos sorprende con nuevos vídeos, de toda clase. Algunos de ellos obscenos. Estos días se difundió uno de esta última categoría.

Por Gonzalo Neidal
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dineroCada día la red nos sorprende con nuevos vídeos, de toda clase. Algunos de ellos obscenos. Estos días se difundió uno de esta última categoría.
Extenso, reiterativo e incluso aburrido, muestra a varias personas en una habitación concentrados en la amable y placentera tarea de contar billetes. De todos los colores. Cantidades inmensas y disparatadas.
Los participantes de esta suerte de orgía eran, al momento de la filmación, gente vinculada al gobierno de turno, el de Cristina Kirchner. El lugar es una empresa financiera privada (“cueva”, en el argot financiero) cuya existencia se conocía ya por las famosas declaraciones de Federico Eláskar, formuladas al programa de Jorge Lanata, llamada irónicamente La Rosadita.
Uno de los personajes que participa del intenso conteo de dinero es el hijo de Lázaro Báez, el ex empleado bancario que amasó una inmensa fortuna durante los años K a través de la obra pública primero en Santa Cruz y luego en todo el país.
Si se quiere, es un vídeo bobo. En esto tiene razón Aníbal Fernández: contar dinero no es contra la ley. Eso está claro. Lo que sucede es que no hay razón para que exista dinero en efectivo, si este es blanco y puro. Si tuviera esas características, estaría bancarizado. Se movería a través de cheques, depósitos, transferencias. ¿Para qué moverlo en efectivo con todos los riesgos que eso supone? La respuesta es sencilla: para no dejar rastros. ¿Y por qué no dejar rastros? Porque es dinero non sancto.
Contar dinero no es delito pero es una pieza más de un rompecabezas que ya la opinión pública (y esperemos que también la Justicia) va armando: un cajero de banco se transforma en un rico empresario a través de la obra pública que le concede el gobierno de una fracción política, dos socios (o cómplices, lo dirá la Justicia) realizan sendas denuncias con datos bastante precisos sobre operaciones y maniobras financieras ocurridas en La Rosadita. Y ahora, la filmación que incluye a varios de los personajes previamente denunciados. Cartón lleno.
Pero claro, la Justicia argentina es muy particular. A veces no ha dado curso, por ejemplo, a denuncias realizadas sobre la base de investigaciones e incluso confesiones ocurridas en tribunales extranjeros (Caso Skanska). Pareciera que los jueces argentinos necesitan que los delitos sean cometidos ante escribano público para que sus protagonistas terminen en la cárcel.
Es curioso, si no gracioso, que Aníbal Fernández salga en defensa de los protagonistas del vídeo e incluso de la ex presidenta de la Nación. Dijo que “Cristina sería incapaz de robar un peso”. (Una amplia franja de argentinos está de acuerdo con la mitad de esta frase; la primera mitad). Pero resulta increíble que Aníbal no se dé cuenta de que, en estos momentos, su palabra no tiene excesivo prestigio ante la sociedad, que si él defiende a alguien, lo hunde.
Es probable que esta falta de percepción de Aníbal acerca del nivel de afecto con que cuenta entre una apreciable cantidad de argentinos, sea apenas una muestra del creciente rechazo hacia todo lo que dice, incluso sus propuestas políticas.
Pero no insistamos sobre este punto. Mejor, sigamos el consejo de Napoleón: “Cuando vea que tu enemigo se equivoca, no lo distraigas”.