Mirando las volutas de humo gris

Los placeres de fumar no hallan objeción de ningún tipo en un texto de La Carcajada de 1880, que define al cigarro como “el primer amigo, el más sabroso manjar, el más fiel compañero”.

Por Víctor Ramés
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L0006573 A group of five heads; three men smoking pipes and a cigar aDel Altiplano andino procede la planta que se extendió en el continente y que más tarde, en el curso de siete siglos, tejió una ceñida relación con el hombre y con la cultura del mundo. En las Antillas Mayores, Colón se sorprendió de ver cómo fumaban tras el trabajo los isleños del Caribe, cuando vino a revelarlos a la ignorancia europea –o a descubrir la ignorancia mutua-. La tradición de consumo de tabaco provenía de tiempos más remotos. Pero la recepción internacional de esa especie vegetal compañera y nociva, alcanzó un primer pico en el siglo XVIII al difundirse el uso del rapé, que era el tabaco rallado que esnifaban los señores en los círculos aristocráticos (como antes lo habían hecho en su selva los naturales de “las Indias”). Si es por hablar de formatos del tabaco, el siglo XIX fue seducido por el cigarro y los siglos XX y el XXI, hasta hoy, asistieron a la adopción masiva del cigarrillo.
Se puede hacer un rodeo para no mencionar que en el siglo XX cien millones de vidas se apagaron con ayuda de la nicotina. O mirar para otra parte si se habla de una espantosa epidemia mundial de tabaquismo, o cuando se pronuncian palabras como cáncer, enfisema, enfermedad cardiovascular. Es menos depresivo pasar a la parte literaria, romántica, al encanto del tema. Eso sí, conviene saber que según la OMS, el tabaco mata, como promedio, a una persona cada seis segundos, lo que da unos 50 muertos en lo que dura la lectura medianamente atenta de un Córdobers.
Así y todo, este artículo no se propone predicar contra el tabaquismo, ni cargar culpas sobre los hombros de nadie. Se trata en cambio de dar un paseo por un texto cordobés de 1880, que transmite en tono personal los placeres del fumador, un bosquejo de ensayo muy a la época, sobre las palabras, los espejismos y la sensualidad que el autor asociaba a la práctica (también moda, vicio, adicción) de fumar, casi un siglo y medio atrás. Las hojas de papel son de La Carcajada, y seguramente la letra ha de haber sido la de don Armengol Tecera, fundador, director y redactor del periódico.
El autor aclara de arranque que hay en fumar mucho más que la descripción que sobre ese acto se hace:
“-Cojo un cigarro, me decís, y me lo pongo en la boca; le aplico lumbre: el aparato respiratorio me sirve de máquina neumática, chupo, arde el tabaco y se convierte en humo: percibe el paladar el sabor de una y otra grata sustancia; huélelas el olfato: fijo la vista en los caprichosos espirales de humo que suben al cielo o en la blanca ceniza que vuelve a la madre tierra, y …. ¡negocio concluido! -. He fumado.
¡Ah! ¡Callad! ¡No digáis eso! No habéis fumado… ¡Eso no es fumar! ¡Vos no merecíais tener tan buenos cigarros! ¡Vos sois como los cerezos que no se dan cuenta de los amoríos de sus propias flores!” y agrega enseguida: “El verbo fumar no expresa de ningún modo la idea a que se refiere, no interpreta, no traduce, no explica el hecho que analizamos: ¡Es una palabra inadecuada, antigramatical, contradictoria, absurda!”.
Luego echa una parrafada proponiendo un mejor empleo del verbo. Al hacerlo, introduce el texto en la sombra de sospecha que acusaba un personaje de Capusotto: “¡Está hablando del faso!” Claro que la alusión a la marihuana sería anacrónica, pero así es como suena a los oídos de hoy, cuando dice:
“El verbo fumar debiera ser recíproco, reflejo, reflexivo; de ninguna manera intransitivo o neutro, y menos que nada activo intransitivo, como lo hacéis algunas veces.
En vez de fumar, fumarse.
En lugar de «Yo fumo después de comer» la frase reveladora es: «Yo me fumo después de comer». Es decir: yo me fumo; yo me fumeo, que hubieran dicho antiguamente.
-Se fuma vd. mucho, fulanito?
-Mal hecho: no debe vd. fumarse tanto: va vd. a quedarse hecho un alfeñique.
-¿Y el marqués?
-Está fumándose.
Fúmate tú – Fúmase vd.”
Tras hacer resonar la palabra, el ensayito se vuelve hacia la naturaleza de la práctica:
“Por algo quiero yo convertir de neutro en recíproco el verbo fumar.
¿Sabéis por qué? Porque trato de demostraros que el placer de fumar pertenece al orden de los placeres naturales; esto es, que Dios había previsto el uso del tabaco al crear el hombre.
¡Culpa es del hombre si tardó tanto en caer en la cuenta!”
En un intento de delinear la “esencia” del fumar, el autor tiende una clasificación de placeres donde conviven ejemplos bien absurdos: “Fumar no es un placer convencional como el de ser calvo, o como el que producen el frac negro, la pedrería, la cerveza, los príncipes Albertos (carruajes muy incómodos) y las poéticas estrofas del himno de Bilbao; -tampoco es un placer artificial, como las verdades matemáticas, como las mujeres coquetas, como un baile de máscaras, como el matrimonio, como la inspiración bien urdida, como el juego o como las aclamaciones populares; -fumar es un placer ingénito de la naturaleza humana, como la música, la guerra, el amor correspondido, el sueño, el baile, la mesa, el baño, el vino, la caridad, el revolcarse en un prado en la primavera, el adorno personal, los hijos, la murmuración, la caza y la pesca.”
Para concluir, van aquí unos fragmentos apologéticos: “Pensemos, sino, un momento en los efectos y excelencias del tabaco. Para un verdadero fumador, el cigarro es el primer amigo, el más sabroso manjar, el más fiel compañero de todos sus pesares y alegrías. Fuma el hombre que está a dieta: fuma el que ayuna voluntariamente, fúmase antes de comer, fúmase dentro del baño… ¡No hay ocio que el fumar no entretenga! –El hombre que fuma, nunca está solo!
(…)
¡Desgraciado mil veces el que no fuma!
-¿Qué hará este ser incompleto en la orilla del mar, en aquellas horas de infinito éxtasis que siguen a la puesta del sol? ¿Qué baladas llevarán su imaginación hacia lo desconocido? ¿Qué alas le subirán al cielo durante las espléndidas noches de verano? ¿Qué hará en los entreactos de una ópera? ¿Qué después de comer? ¿Qué al despertar por la mañana? ¿Qué durante una larga navegación? ¿Qué en la ausencia, cuando cierre los ojos para ver a sus personas queridas?”



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