Rabdomantes

No es ningún factor irracional el motivo por el cual de a poco se va apagando la vida de aquellos ídolos del rock, que fueron abanderados de los sucesos culturales ocurridos en la segunda mitad del siglo veinte. Como Keith Emerson, el tecladista que murió el jueves pasado en Los Angeles a los 71 años.

Por J.C. Maraddón
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ilustra keith emersonNo es culpa de un jugador de fútbol que hace goles. No es producto de un raro conjuro maldito. Es, simplemente, que estamos asistiendo al final de un ciclo prodigioso, que cambió de manera radical el modo de concebir y de percibir el arte; y, de paso, alteró las pautas culturales (y morales) de una sociedad que hasta ese momento se regía por una aparente rigidez de estructuras y que, en realidad, lo único que hacía era encubrir conductas hipócritas. Cuando Bill Haley le dio cuerda a su “Rock alrededor del reloj”, ese edificio construido a lo largo de centurias empezó a desmoronarse sin remedio.
La campana de largada sonó hace ya más de 60 años y alcanzó su pico de furia renovadora hace más o menos medio siglo. Sus protagonistas estelares fueron jóvenes veinteañeros que habían nacido durante (o poco después de) la Segunda Guerra Mundial y que le habían puesto música a un momento paradójico: en tanto la economía capitalista vivía su etapa de gloria, esta nueva generación elevaba su índice de rebeldía y protesta. Mientras algunos buscaron modificar el estado de las cosas por la vía política, otros creyeron que el arte les ofrecía un terreno fértil para hacerlo.
Hubo quienes empuñaron las armas al amparo del ejemplo de la Revolución Cubana. Y hubo chicas y chicos que usaron sus guitarras y sus voces para expresar esas ansias de rebelión que caracterizaron a la década del sesenta. Nunca había habido y nunca volvió a haber un ímpetu semejante. Coincidieron mentes brillantes, talentos desmesurados y voluntades imparables. Inspirados por el suceso de los Beatles y los Rolling Stones, jóvenes de todo el mundo soñaron con subirse a un escenario y cantar lo suyo, sin temor a que el juicio implacable de sus mayores paralizara sus ansias de trascendencia.
¿Hasta cuándo duró ese fervor? ¿Cuál fue la razón para que su vértigo menguara? Parece difícil determinar, aun mirando hacia atrás en perspectiva, en qué momento y por qué causa aquel empuje que parecía avasallante entró en una meseta de peligrosa regularidad. Hoy el rock sabe que no cambiará nada porque cualquier variación en las condiciones actuales podría significar una merma en su poder omnímodo. Y lo que antes era una apuesta permanente al riesgo y la innovación, prefiere navegar hoy en aguas calmas y con el viento a favor, sin que se vislumbre por el momento ningún sacudón para esa modorra.
No es entonces ningún factor irracional el motivo por el cual de a poco se va apagando la vida de aquellos ídolos del rock pujante, que fueron abanderados de los sucesos culturales ocurridos en la segunda mitad del siglo veinte. Como Keith Emerson, el tecladista que murió el jueves pasado en Los Angeles a los 71 años. Campeón indiscutido del minimoog, Emerson fue uno de los héroes del rock progresivo y su nombre fue, durante años, una fija en las listas de los mejores instrumentistas de las revistas especializadas, que lo elevaron a la categoría de semidiós por sus dotes al piano.
Por una elemental cuestión que tiene que ver con la finitud de la vida, aquella juventud de los sesenta inicia su despedida. Y el dolor se agiganta porque empezamos a darnos cuenta de que muchos de los que integraron esa camada, son irremplazables. Rabdomantes de una magia que encandiló a todos y que, por un tiempo prolongado, nos convenció de que el futuro podía ser diferente. Piezas maestras de un engranaje que en su momento aceleró la velocidad de rotación de planeta, y que por estos días comienza a dar muestras de un comprensible agotamiento.