Ciudad de muchachos casaderos

En la primera mitad de 1890 -si se puede creer en la generalización de un periódico-, Córdoba era tan aburrida para los jóvenes que muchos se casaban “para tener el entretenimiento en casa”.

Por Víctor Ramés
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"Seis meses de casados", mirada de Honoré Daumier al aburrimiento matrimonial, 1840.
«Seis meses de casados», mirada de Honoré Daumier al aburrimiento matrimonial, 1840.

Habría que establecer un índice de matrimonios en los años ’90 del siglo diecinueve, sea por registro civil o registros parroquiales, para tener una idea si en esos años se notó comparativamente una tendencia al aumento de las uniones de marido y mujer. O incluso estudiar la evolución de las edades en que los hombres se casaban durante ese lustro. Sería interesante, si no se ha hecho ya, pero en sí hoy sería irrelevante confirmar o refutar el panorama que ofrece el diario La Carcajada de abril de ese año sobre ese tema.
El círculo social era relativamente amplio, pero la voz del periodista –en particular la de Armengol Tecera, director y redactor de La Carcajada- se valía menos de la estadística que de la chismografía, las relaciones y el macaneo para llenar sus páginas. A veces es visible que se dirige a tal o cual lector en particular, con familiaridad; otras que un par de casos cualesquiera, o hechos aislados le hagan ver una tendencia. La generalización que hace sobre el aburrimiento de los muchachotes de la burguesía local, puede describir un momento pasajero de la ciudad, no una condición establecida. Pero, con todo, es el apunte con que se cuenta para caracterizar a la juventud de aquellos años, o al menos para acercarse un poco a aquella sociedad.
Aun cuando la nota sólo se refiere a los varones jóvenes, las mujeres están allí por supuesto, al fondo del cuadro, y tanto ese segundo plano como lo que se dice sobre ellas en el texto, tiene el sello inconfundible de una mentalidad patriarcal más dura que un arado. La mujer siempre estaría dispuesta a casarse, hasta con el arado, o con el buey, si fuera el caso. Ella era el entretenimiento, la compañía invernal de cama, y si había muchachos casaderos por aburrimiento, quedaba abierta la temporada de caza: había que ensartarlos, si no se ensartaban ellos solos. Todos clichés machistas que sólo hasta cierto punto han desaparecido. Dice La Carcajada:
“Lo raro es que sucediendo lo que sucede entre nosotros, los jóvenes no se casen por docenas.
Porque al fin un hombre que se convierte en marido no tiene necesidad de salir a la calle puesto que la distracción, o mejor dicho, el entretenimiento lo tiene en casa.
Cuantos hay que yo conozco, que de aburridos se han ensartado, quiero decir, que se han casado?
Son varios los que así lo han hecho, siquiera sea para acortar las noches, como ellos dicen.
Y si lo dudan allí nomás está el cura Pera, quien no pudiendo soportar por más tiempo la soledad y el peso de la sotana, ha buscado quien lo acompañe.
Porque eso de vivir solo, muy especialmente en estas largas y frías noches de invierno, es cosa que sólo los Manuel Rivero y los Justo Vidal pueden hacerlo.
Vaya un mortal que tenga sangre en las venas a pasarse solitita su alma toda una noche de invierno sin más compañera que las almohadas?
Al mejor se las doy.
Por eso en cuanto algunos se ponen en buen buenos, vale decir, en condiciones de mancomunarse, atropellan con toda intrepidez al séptimo sacramento.
Así se explica que muchos digan y con mucha razón, que para el negocio de la casaca no hay pueblo como Córdoba.
En efecto, un pueblo que tan pocos atractivos tiene para que la juventud se divierta y goce, naturalmente tiene que ser un pueblo casamentero.
Aquí el hombre que no piensa en casarse en cuanto le apunta el bozo, es porque… le tendrá miedo a la suegra.
Tanto es así que es muy raro el hombre que pasa de los treinta años sin estar atado al palenque.
Y es claro que así sea, una vez que en Córdoba el que no tiene mujer haga de cuenta que se encuentra en la berlina.
Aquí no se puede vivir sino de dos en celda.
¿Por qué en Buenos Aires, populosa ciudad, no se casan tanto como aquí relativamente?
Por una razón muy sencilla: porque allí los hombres se casan cuando ya están hastiados de gozar y divertirse, y aquí se casan para recién tener cómo amenizar la vida.
Allí se casan para descansar y aquí lo hacen para trabajar, como que son casi todos casi pobres.
Convengamos pues en que Córdoba es el pueblo donde Himeneo tiene plantado su cuartel general.”
Y con la sonrisa aún en la boca, sírvase el lector mirar un espejo de esa nota en ésta otra, que La Carcajada publicaba en 1892, referida a los jóvenes casaderos del Brasil. La matriz machista se muestra con invariable elocuencia.
“El amor en el Brasil – Es de O Pais de Rio de Janeiro, el siguiente estudio psicológico.
«Existe en la capital fluminense gran número de jóvenes que desean casarse, pero no lo hacen.
¿Por qué? Preguntará el lector.
La respuesta es sencilla. Porque no saben enamorar.
El amor es el arte más fino, más delicado, más sutil que existe.
Me refiero al amor disimulado, inteligente, que no se presta a ridículo, y en el que los enamorados todo lo dicen en un cruzamiento de miradas o en el fruncir de una imperceptible sonrisa.
Entretanto, son raros los cultores de este género.
En general los hombres que aman son bobos y disfrutables. Fue para ir en su auxilio que se inventaron los bailes.
Las cuadrillas, las polkas, el wals aproximan a los dos sexos, sin obligar al caballero a decir galantería a la dama. Este pertenece al grupo de los enamorados callados. Conozco un muchacho muy tímido que se casó de la siguiente manera: bailó la primera cuadrilla con una joven y en el intervalo le dijo: Usted baila muy bien!
En el segundo intervalo le preguntó qué edad tenía.
En el tercero cómo se llamaba y en el cuarto si quería casarse con él.
Y en terminada la cuadrilla eran novios.
(No hay muchacha que responda “no” a un pedido de casamiento. Estando aún comprometidas, dan alguna esperanza al postulante, por lo que pueda sobrevenir.)
Los bailes son pues un gran recurso para los tímidos y los tontos. ¡Pero aquel paseo que se sigue a las polkas! Para muchos es un verdadero honor.
El rosario de tonteras y banalidades que los hombres derraman en los oídos de las damas durante el tal paseo de estilo, excede a todo cuanto existe de más fútil en el reino de la pavada.”