El coronel Richie Finestra

Al amparo del ejemplo autoritario y ambicioso de Tom Parker, el mánager de Elvis Presley, surgió un prototipo de representantes y ejecutivos discográficos que esquilmaron a los músicos de rock en su afán de protegerlos. De ese modelo empresarial da cuenta “Vinyl”, la serie de HBO.

Por J.C. Maraddón
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ilustra new bobsTal vez la historia hubiese sido muy distinta si en febrero de 1955 el coronel Tom Parker no se hubiese cruzado en el camino de Elvis Presley para convertirse en su mánager y acompañarlo desde ese lugar en su escalada a la fama. Quizá, si eso no hubiese ocurrido, el rock sería muy distinto de lo que es, porque el fenómeno de Elvis hubiera permanecido en un estado larval y, probablemente, no se hubiese desarrollado nunca. Y en ese caso, la evolución cultural del mundo se hubiera disparado en otra dirección, en vez de la que tomó después de que el rey empezó a mover su pelvis.
Ese modelo de productor autoritario y ambicioso, que cuida a sus pupilos no para mantenerlos sanos, sino para que sigan siendo productivos, fue el que prosperó de allí en más en la industria musical. Los casos de coroneles que se aprovecharon de la inocencia de sus protegidos, hasta vampirizar un altísimo porcentaje de sus ganancias, han sido demasiado frecuentes a lo largo de los años como para pensar que se trató sólo de excepciones. Aunque muchos de ellos hicieron su trabajo con prolijidad y eficiencia, la mayoría de los que ingresaron en la leyenda fueron los más desalmados e impresentables.
Este prototipo de empresario se extiende a los que ocupaban cargos jerárquicos en los sellos grabadores, que solían negociar con los mánagers a espaldas de los músicos, a quienes les llegaba la información cuando el curso de las cosas era irreversible. De los Beatles para abajo, un sinnúmero de artistas padecieron este tipo de situaciones, con representantes que se llevaban la parte del león y compañías discográficas que reducían al mínimo la participación de los artistas en las ganancias. Generalmente, esto terminaba en los estrados judiciales, donde los abogados se encargaban de culminar la faena, esquilmando a los rockeros hasta dejarlos exangües.
La prensa, las radios y luego la televisión eran partícipes necesarios de esta sangría, porque resultaban medios imprescindibles para instalar a un nuevo ídolo, que vendiera discos como el pan y no tuviera demasiadas pretensiones. El dinero invertido en publicidad y los billetes depositados por izquierda en los bolsillos de disc jockeys y periodistas, se compensaba con creces a partir de los réditos que generaba el propio intérprete, o de los que se obtenían de otros nombres famosos a los que también les era mezquinada la retribución que les hubiese correspondido.
A comienzos de los años setenta, Elvis ya empezaba a evidenciar su decadencia sobre los escenarios de Las Vegas. Pero la senda marcada por el coronel Parker había prosperado en una escala asombrosa. De su magnitud da cuenta “Vinyl”, la serie que se ve por HBO con producción de Mick Jagger y Martin Scorsese, con el foco puesto en la vida de Richie Finestra, un ejecutivo de una empresa discográfica que, en la ficción de la trama, está a punto de entrar en bancarrota. Aunque su conducta exhibe fugaces chispazos de arrepentimiento, el cinismo y la voracidad de sus acciones no tienen límites.
La salvaje ambición de Richie Finestra es la excusa que el argumento de “Vinyl” requiere para regodearse mostrando una Nueva York donde la decadencia del rocanrol se codea con los primeros esbozos del punk. Las imágenes retro, la música estridente, el descontrol generalizado, ocupan largos minutos de la serie, como contextualización del derrotero de ese inescrupuloso protagonista que intenta aplicar en su faena todo el rigor que indica el manual nunca escrito de Tom Parker. Pero que no puede evitar la caída en esa espiral de sexo, drogas y rock and roll que impone el espíritu de su tiempo.