Walsh, el militante periodista

La palabra ‘militante’ está hoy devaluada y prácticamente vaciada de significado. Walsh, a partir de un momento crucial de su vida, fue un militante en el sentido pleno de la palabra: luchó por lo que creía sin medir riesgos ni escatimar esfuerzos. Al principio, de modo individual, y luego participando de experiencias colectivas, sin renunciar jamás a los dictados de su conciencia.



Por Luis Alfredo Ortiz

Libro Rodolfo Wash - Periodista - Militante

Michael McCaughan, el autor de esta biografía ‘Rodolfo Walsh, Periodista, escritor y revolucionario. 1927-1977’ es un periodista irlandés de izquierda, a quien lo une a Walsh, además de las simpatías ideológicas, una comunión ancestral: Walsh era descendiente de irlandeses por padre y madre. Publicada originalmente en inglés en 2002, aparece ahora traducida al español, demorada pero oportuna, pues Walsh y la tragedia de la que fue protagonista privilegiado mantienen rigurosa actualidad. Además de consultar las fuentes escritas, McCaughan entrevistó a una cantidad formidable de contemporáneos de Walsh: familiares, amigos, compañeros de militancia, incluso a su viuda Lilia Ferreyra y a su hija Patricia.
A diferencia de muchas obras sobre Walsh, este libro logra hilvanar su trayectoria vital desde los orígenes familiares y primeros años de vida hasta su muerte a manos de un grupo de tareas de la ESMA, el 25 de marzo de 1977; un auténtico “laberinto múltiple de pasos” borgeano y nada conjetural. El autor busca vincular las peripecias de vida con las opciones ideológicas y las adscripciones políticas que fueron conformando al que habría de resultar el cuadro más valioso e interesante de la guerrilla argentina. Los vaivenes económicos de su padre llevarían al niño Walsh y su hermano menor a instituciones escolares gratuitas, destinadas hijos pobres de la comunidad irlandesa: un internado de monjas irlandesas y, ya adolescente, otro manejado por curas palotinos irlandeses. En ambas, la crueldad de los religiosos y la brutalidad de sus compañeros forjaron una personalidad fuerte y rebelde hasta lo indómito, bajo una apariencia exterior apacible y tímida. El concienzudo autor visitó la segunda en 1998, el instituto secundario ‘Fahy Farm’, buscando poner en contexto los años formativos de Walsh; su descripción, pese al tiempo transcurrido, no tiene desperdicio.
La palabra ‘militante’ está hoy devaluada y prácticamente vaciada de significado. Walsh, a partir de un momento crucial de su vida, fue un militante en el sentido pleno de la palabra: luchó por lo que creía sin medir riesgos ni escatimar esfuerzos. Al principio, de modo individual, y luego participando de experiencias colectivas, sin renunciar jamás a los dictados de su conciencia. La obra muestra aquella rara conjunción que se daba en Walsh, la de una inteligencia agudísima, un coraje superlativo, una tenacidad invencible y una capacidad inusual para encarar y resolver problemas de la práctica política diaria. Más que un periodista, fue un militante cuya principal arma fue el periodismo, y cuya vida transcurrió en una pobreza franciscana. El bien que ofrecía, la honestidad, cotizaba siempre a la baja, tanto en la Argentina como en Cuba, y solo pudo malvivir de su oficio. En síntesis, fue un militante periodista. La inversión del orden de esta frase da “periodista militante”, que remite hoy en día a la caterva de mercenarios aduladores del mejor postor y enriquecidos a costa del erario.
El autor muestra que Walsh, aunque nunca fue peronista -de hecho, apoyó inicialmente a la revolución “libertadora”-, se encuadró al final de su vida en lo que creía el peronismo armado porque pensaba que “allí estaba el pueblo”. El momento crucial, en el que abraza la realidad como fuente de su escritura, le llega luego del levantamiento del General Valle contra el gobierno de Aramburu y Rojas, cuando el hasta entonces escritor de cuentos policiales recibe una revelación: «El 18 de diciembre de 1956, seis meses después de aquel fallido intento de insurrección, Walsh jugaba al ajedrez y bebía cerveza con Enrique Dillon en su habitual café cuando su amigo le puso una bomba sobre la mesa: “Hay un fusilado que vive”. Estas cinco palabras marcaron el comienzo de un largo viaje que Walsh habría de describir en el prólogo de la tercera edición de Operación Masacre.» Se trataba, claro, de un sobreviviente del fusilamiento clandestino de civiles en los basurales de José León Suárez. En palabras del propio Walsh: «No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades. No sé por qué pido hablar con ese hombre, por qué estoy hablando con Juan Livraga.» Allí comenzaría un modo de vivir que duraría hasta su muerte, signado por la clandestinidad, la marginación de la prensa “seria”, la pobreza, y comenzaría a gestarse la primera de sus tres obras investigativas capitales: Operación Masacre. Es significativo que en la entrevista que Perón le concediera en Madrid el 1968, le dijera a Walsh: «Todos los peronistas estamos en deuda con usted». Palabras de agradecimiento que, a la vez, lo sitúan claramente como ajeno al peronismo.
A Operación Masacre le seguiría El caso Satanovsky, brillante investigación de Walsh sobre el asesinato, en junio de 1957, del abogado de la familia Peralta Ramos, propietaria del diario La Razón, de cuyo paquete accionario intentaba apropiarse el gobierno de la “libertadora” por métodos nada sutiles. McCaughan describe la investigación que terminó con la identificación de los culpables, el hallazgo del arma homicida, y hasta la confesión escrita del autor material de los disparos, todo ello publicado por entregas en el semanario Mayoría, de gran circulación en esa época. No es necesario decir que la justicia liberó a todos los culpables y los absolvió de culpa y cargo.
McCaughan describe luego la “etapa Cubana” de Walsh, que fue pieza clave en la creación de la agencia de noticias Prensa Latina. Allí vivió de cerca las intrigas del PSP, partido comunista pro-soviético de Cuba, que terminaría por desalojar a Walsh y su amigo Jorge Masetti de la entidad que habían creado. De regreso a la Argentina, Walsh creó y dirigió el Semanario de la CGT de los Argentinos, órgano de la central obrera opositora al gobierno de Onganía, y produjo otra de sus investigaciones: la del asesinato de los militantes obreros Domingo Blajaquis y Juan Zalazar y, por fuego “amigo”, del dirigente metalúrgico Rosendo García, colaborador y potencial rival de Augusto Vandor, durante un altercado en una pizzería de Avellaneda. En la justicia todo terminó en nada, aunque poco después se produjo el asesinato de Vandor, y Walsh debió cargar con la acusación de ser el instigador. El libro es ¿Quién mató a Rosendo?.
Con su apego a la realidad, no le iría mejor a Walsh en su etapa en Montoneros, en la que encontraría la muerte. Allí realizaba un formidable trabajo de inteligencia y análisis, que generalmente era descartado por una dirigencia soberbia, de ex sacristanes que habían cambiado hábitos de misa por uniformes y grados de una milicia de opereta. En este libro probablemente se halle la respuesta a la pregunta tantas veces formulada acerca de las razones que llevaron a un hombre como Walsh a subordinarse a individuos como Firmenich, firmemente sospechado de ser agente de inteligencia del Ejército. Su hija mayor, que también integraba, por iniciativa propia, este grupo guerrillero, murió en combate, lo que devastó a Walsh. Probablemente lo que llevó a Walsh a integrarse a este grupo es el hecho de que era un hombre totalmente “jugado”, alguien que ya no tenía cabida fuera de la vida clandestina, y a quien apasionaba la lucha. Es ilustrativo lo que cuenta el autor: «En su informe anual la dirigencia de Montoneros había anticipado la inminente caída del capitalismo, a lo que Walsh respondió: “Todos desearíamos que fuera así, pero en la práctica sucede que nuestra teoría ha galopado kilómetros adelante de la realidad”».
Este libro meritorio, no está exento del tipo de errores que parecen una fatalidad de todo escritor extranjero que se ocupa de nuestra historia; por ejemplo «la película Evita de Alan Parker” se basó en el libro Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez», y otros por el estilo, lo que indica que el autor o no vio la película o no leyó el libro en cuestión. Pero sobre todo, aconsejamos al lector que prescinda del prólogo, en el que la multipremiada “periodista, escritora y catedrática” chilena Faride Zarán nos informa que Walsh «adhirió en la primera mitad del siglo 20 a un movimiento nacionalista denominado Revolución Libertadora». Confieso que casi dejo el libro al leer esto; luego me di cuenta de que la prologuista simplemente jamás leyó lo que prologaba.

FICHA TÉCNICA

Título: Rodolfo Walsh: periodista, escritor y revolucionario. 1927-1977
Autor: Michael McCaughan
Editorial: LOM Ediciones
Páginas: 256



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