(Viejos) rastros de carmín

Una exquisita fotografía en blanco y negro de Brigitte Lacombe, que se expone en Londres por estos días, de un andrógino Mick Jagger peinado, maquillado y vestido como si fuera una señora elegante, demuestra que ni en su ancianidad los ídolos rockeros van a mantenerse ni sumisos ni juiciosos.

Por J.C. Maraddón

Una exquisita fotografía en blanco y negro de Brigitte Lacombe, que se expone en Londres por estos días, de un andrógino Mick Jagger peinado, maquillado y vestido como si fuera una señora eleganteYa lo hemos señalado en anteriores ocasiones desde esta columna: así como en los años iniciales de su carrera David Bowie le enrostró al mundo la ambigüedad de su joven anatomía, en sus últimos videos se jactó de mostrar la belleza de su decrepitud, que –ahora ya lo sabemos- estaba jaqueada por el cáncer. En el regodeo alrededor de su lozanía, Bowie celebraba la hazaña de su generación, que había liberado al mundo de la dictadura de los adultos mayores. En la imagen de sí mismo que expuso en los meses previos a su muerte, lo que el ícono pop hizo fue confrontar, desde la vejez, a la omnipotencia que hoy ejercen los jóvenes.

En esa paradoja se resume el trayecto que ha recorrido la cultura rock durante los últimos 50 años. Porque fue aproximadamente hace medio siglo cuando desafíos como el pelo largo, la ropa colorida y la música estridente, canalizaron la rebeldía de los hijos del “baby boom” que querían modernizar al planeta para transformarlo en un lugar más amable para los menores de 30. Y aunque muchas otras revoluciones idealizadas en ese entonces no se materializaron, la revuelta generacional tuvo resultados exitosos, al menos en las apariencias.

Y ahora, a la vuelta de la vida, aquellos que estuvieron en las trincheras en aquellos años combatiendo a los ancianos supuestamente sabios que querían imponerles sus categorías morales, se han vuelto –a su vez- viejos. Y desde esa ancianidad observan que, como resultado de sus rebeldes impulsos juveniles, la actualidad se rige a gusto y placer de quienes todavía no han llegado a ser adultos. Y, quizá, lo que más los espanta es que en el embeleso de su poderío, esas chicas y chicos corren el riesgo de ser retrógrados. Y vuelven a ceder el sitial de revolucionarios a los ya seniles ídolos de los sesenta.



Lo insólito es que algunos de los antiguos referentes la siguen rockeando de lo lindo. Y en sus provocaciones, como pasó con Bowie con sus videos de “Blackstar”, tal vez los más afectados son los jóvenes, incapaces de entender cómo alguien en su senectud puede animarse a tanto. Se supone que deberían ser ellos los irrespetuosos y desafiantes. Pero resulta que aparecen estos abuelitos y, de un bocado, se los comen crudos. Y es que experiencia en eso no les falta: llevan toda su vida haciéndolo. Y haciéndolo bien.

En este contexto, adquiere otra dimensión la exquisita fotografía en blanco y negro de Brigitte Lacombe que se expone en Londres por estos días como parte de una muestra de la reconocida artista. Allí se ve a un andrógino Mick Jagger peinado, maquillado y vestido como si fuera una señora elegante, a la par de -una aparentemente masculina- Jerry Hall, la modelo que era esposa del cantante de los Rolling Stones al momento de ser tomada la foto. La captura tiene ya veinte años y, cuando Lacombe hizo click para inmortalizarlo, Jagger había pasado largamente los 50.

Permitirse esa pose a una edad en la que muchos de quienes empezaban a escuchar su música bien podían ser sus nietos, caracteriza a esa raza de incurables que, lejos de llamarse a sosiego, están dispuestos a dar batalla hasta a último momento. Antes, contra una sociedad careta que les exigía sentar cabeza. Y ahora, contra un régimen que niega todo lo que no sea adolescente y ante el cual estos nonos renegados presentan una resistencia inesperada. Así como en otra época se esperaba que los jóvenes fuesen sumisos y obedientes, se supone en la actualidad que los ancianos deben ser pasivos y juiciosos. Pero algunos no lo son.

 



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