El despido de Víctor Hugo Morales



Por Gonzalo Neidal
gonzalo.neidal@gmail.com

Víctor Hugo Morales es un locutor y periodista de mucho talento. Y muy versátil. Es capaz de transmitir un partido de fútbol con la misma eficiencia que opinar sobre complejos temas de la política y la economía. En consecuencia, no debería hacerse mala sangre por esta decisión de la empresa en la que trabajaba. Seguramente otros medios valorarán su voz, su prédica y sus desbordantes aptitudes para ese trabajo y se pelearán por contratarlo. Es probable que muchos anunciantes deseen poner avisos en sus programas y de ese modo pueda reencausar sus actividades.diapason 2016-01-12_MORALES_web

El lastimoso deambular de Víctor Hugo Morales mostrando las heridas de la ruptura de su relación laboral con Radio Continental, es un episodio patético. Pero el grosero intento de presentar su despido como un capítulo de la lucha por la libertad de prensa, ya ronda lo grotesco.

El periodista afecta desconocer el funcionamiento de las reglas de juego en las empresas periodísticas. O en cualquier otra empresa. Los dueños son quienes deciden si tal o cual periodista o locutor les resulta útil a los planes de la empresa y, en función de eso, deciden su permanencia o no en sus tareas. Esto ocurre todo el tiempo en los medios de comunicación o en cualquier fábrica o comercio.

Morales tiene una historia muy particular, que ha sido relatada hasta el cansancio por sus pares, en notas periodísticas e incluso libros. Youtube está lleno de audios y vídeos donde lo muestran, hace algunos años, muy enojado con el gobierno kirchnerista y sus criterios de manejo de la prensa.

Luego, algo sucedió. Él cambió completamente sus puntos de vista y se transformó en una de los más encumbrados propagandistas del gobierno K. Esto resulta inobjetable. Cualquiera puede pensar distinto, incluso muy distinto de lo que lo hacía. Incluso puede hacerlo por la simple paga de sumas de dinero ya que se trata de un profesional que tiene derecho a elegir cómo vive y cómo obtiene sus ingresos.

Luego de abandonar su duro antikirchnerismo y transformarse en uno de los principales voceros del gobierno de Cristina, Morales se benefició con el apoyo publicitario de los fondos públicos. El dinero del presupuesto respaldaba incluso sus programas de ranking más modesto como el que tenía en Canal 9 los domingos por la noche.

Otros colegas suyos, como Marcelo Longobardi, por ejemplo, también padecieron situaciones similares. Cuando Radio 10 cambió de dueños, debió abandonar su programa en razón de que su línea editorial era incompatible con las ideas que los nuevos dueños tenían sobre el tema. Y esto no fue considerado un acto de censura. Son las reglas de juego del periodismo aquí y en cualquier parte del mundo. Salvo en regímenes totalitarios donde el estado maneja todos los medios y decide a quién poner y a quién sacar.

Víctor Hugo Morales es un locutor y periodista de mucho talento. Y muy versátil. Es capaz de transmitir un partido de fútbol con la misma eficiencia que opinar sobre complejos temas de la política y la economía. En consecuencia, no debería hacerse mala sangre por esta decisión de la empresa en la que trabajaba.

Seguramente otros medios valorarán su voz, su prédica y sus desbordantes aptitudes para ese trabajo y se pelearán por contratarlo. Es probable que muchos anunciantes deseen poner avisos en sus programas y de ese modo pueda reencausar sus actividades.

Pero debe entender que ningún empresario periodístico tiene la obligación de contratarlo. Y que esta decisión empresaria, sea acertada o equivocada, no constituye censura alguna sino simplemente búsqueda de mayor ganancia y calidad para la programación.

Es sumamente razonable que, con el cambio de gobierno, su tarea ya no sea tan valorada por los empresarios como lo era anteriormente, cuando jugaba de local y le llovían fondos públicos.

Mucho más cerca de la censura estuvo, por ejemplo, el episodio protagonizado por el dirigente kirchnerista Andrés Larroque y el periodista de Canal 7 Juan Micheli. Éste le formuló una pregunta incómoda al aire y Larroque le pidió su nombre y apellido. El episodio terminó con presiones y destratos que derivaron en la renuncia de Micheli.

Durante años, Morales convivió y defendió estos criterios en el manejo de la prensa oficial, por eso ahora resulta bastante contradictorio que hable de persecución y censura ante una medida tomada por una empresa privada que, además, era amiga del anterior gobierno.

Presentarse como un homeless perseguido y censurado constituye una extorsión moral impropia para un periodista de su trayectoria.



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