¿Quién gobernará España?

El PP ganó las elecciones y sacó mayoría en el Senado en las elecciones del 20 de diciembre, pero no logra los apoyos necesarios para formar gobierno. Hasta hace poco, a ningún actor político se le hubiera ocurrido pensar en este panorama, consecuencia de una crisis con recortes al Estado de Bienestar, escándalos de corrupción y el renacido conflicto por Catalunya. Hoy los actores políticos están en un laberinto y nadie sabe quién podrá gobernar.

Por María Florencia Misino(*)

Doctoranda Ciencia Política (UAM)

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En las elecciones del 20 de diciembre el PP ganó las elecciones y sacó mayoría en el Senado, pero en el Congreso de Diputados obtuvo el 28,72% de los votos que se tradujeron en 123 escaños (63  menos que en 2011), seguido por el PSOE con el 22,01% de los votos y 90 diputados (20  menos que en la anterior elección que había sido la peor desde 1977). En tercer lugar quedó la nueva formación de izquierda Podemos, que obtuvo 12,76% que se traducen en 42 escaños a los que se le suman sus aliados en distintas regiones, que sacaron 27 escaños dándole un total de 69 diputados a este grupo (20% de sufragios). En cuarto lugar quedó la emergente de centro derecha Ciudadanos, que obtuvo 13,93% y 40 escaños. Los restantes se dividen en otros partidos. Para formar gobierno, en el Debate de Investidura, se requiere lograr una mayoría de apoyos de 176 diputados de los 350 del total de la Cámara. Si no es alcanzado, la votación se repite a las cuarenta y ocho horas por mayoría simple, y de no lograrse se puede proponer otro candidato o se puede convocar nuevamente a elecciones.

Si volviéramos una legislatura atrás,  a ningún actor político se le hubiera ocurrido pensar en este panorama. Desde la transición, con la promulgación de la Constitución de 1978, el conflicto centro-periferia quedó latente y por tanto estas diferencias eran dirimidas con los partidos nacionalistas a cambio de votos y otras yerbas. La paz territorial, se enmarcaba en el “Estado de las Autonomías” que en la práctica ha funcionado de modo más federal que las provincias argentinas. El problema es que la crisis activó dos clivajes a la vez y no sólo el tradicional izquierda- derecha, que es el eje que  marcaba la competencia política, sino que impulsó con fuerza el centro-periferia, precisamente en la Comunidad Autónoma que más funcional fue para la gobernabilidad española durante todo este tiempo, Catalunya y mientras la situación en el País Vasco empezaba a encauzarse.

La cuestión catalana renace como conflicto político, a partir de la reforma del Estatut, en el año 2005, tiene su punto de inflexión en la Díada de 2012, con las calles colmadas de ciudadanos que exigían su independencia. Desde la llegada al gobierno de CiU (coalición nacionalista de centro derecha, ahora quebrada) en 2010 con Artur Mas,  se  impulsó una serie de recortes en los servicios sociales, que hicieron estragos en la calidad de vida de los catalanes. Según ellos, sus recortes se debían mayormente  a la pobre asignación de recursos del gobierno central a la región. La Catalunya rica financiaba a los pobres del sur de España, por lo tanto había que rediscutir la financiación autonómica para que la ecuación de lo que aporta la región con lo que recibe fuera mejor. Ese 11 de septiembre de 2012, Artur Mas, Presidente de la Generalitat, se sube al carro, junto con las formaciones nacionalistas de izquierda, endurece su postura y empieza a hablar seriamente de la separación de España iniciando un proceso de fuga hacia delante. Durante la última legislatura el conflicto del encaje de Catalunya con España ha marcado parte de la agenda política y cada vez con más virulencia, se percibe que aumente si el próximo enero asume nuevamente Artur Mas como presidente, a costa de conseguir los votos de la CUP (formación de izquierda nacionalista) sino es así debiera convocarse a elecciones.  Este último escenario  se vislumbra a partir del  día 3 de Enero  en que la CUP rechazó darle sus votos a Mas, por tanto, se espera la nueva convocatoria electoral para Marzo.

Dado este contexto, las posiciones de los líderes que  se disponen a formar gobierno están encontradas y los referentes están en una encrucijada para resolver este puzzle. ¿Con quién se pacta? ¿Con las formaciones de izquierda que aprueban un referéndum independentista o con quienes niegan esa posibilidad ya que abre la caja de pandora para que en el País Vasco suceda algo similar? La primera opción, es la que ha puesto como barrera Pablo Iglesias, referente de Podemos, quien dadas sus alianzas con formaciones locales nacionalistas promueve el referéndum. Por tanto, si bien, el PP tiene menos posibilidades de aliados para la Investidura, el PSOE tampoco la tiene fácil,  porque no puede renunciar a mantener una visión de España integrada.

Por tanto, no es sólo que los resultados de las elecciones hayan fragmentado el escenario político, dando a las dos fuerzas tradicionales, menos votos que en todo el período desde la transición, sino que depende con quién se pacta se está habilitando distintas vías sobre la resolución del conflicto territorial.

El PSOE como partido ha mantenido un enfoque de reforma constitucional cercana a un Estado Federal pero sin trastocar los resortes del Estado español, por tanto, referentes como Susana Díaz, líder del partido en Andalucía ha sentado su posición al respecto y le avisa a Pedro Sánchez que no se puede pactar renunciando a este postulado.

Si revisamos como se han comportado los actores políticos desde 1977, vemos que ha habido gobiernos minoritarios que gobernaron con la aquiescencia de las formaciones nacionalistas y lograron terminar el período sin mayores complicaciones (desde Adolfo Suarez todas las legislaturas sin mayorías absolutas). Se utilizaba la geometría variable, acuerdos sobre issues puntuales. Sin embargo, en ninguna de estas legislaturas los ganadores tenían tan pocos escaños propios y la cuestión territorial no estaba en agenda. La tendencia fue dejar gobernar al que había ganado las elecciones, fue así por ejemplo, en 1993 con Felipe González, en 1996 con Aznar o  con Zapatero. Distinto es lo que ocurre en el nivel local donde prima la competencia izquierda derecha y por tanto cuando el PP no alcanza la mayoría absoluta suele operar la izquierda generando gobiernos minoritarios o coaliciones haciéndole la pinza al PP.

Las negociaciones actuales están a flor de piel, distan del escenario anterior y cada líder pone sus condiciones. Se podría pensar que se siguiera la lógica de dejar gobernar al que ganó, porque en este marco con la cuestión catalana cruzando el eje izquierda- derecha, hace más complicado para todos los actores elegir una definición que posibilite un acuerdo de gobierno en los partidos tradicionales.

Si bien Rajoy es quien debe optar por la búsqueda de apoyos, no parece que sin la ayuda del PSOE, vía abstención, pudiera lograr ese objetivo. Y el deseo de la “gran coalición”, los dos partidos junto a Ciudadanos, no parece estar en los planes del PSOE, a quien esa alternativa puede ocasionarle la fuga de votos hacia Podemos.

Según  se observa, Sánchez  juega a llegar él como representante del PSOE a la presidencia del gobierno una vez que el PP no haya alcanzado su objetivo. Él podría optar por la fórmula similar a la que usaron en el País Vasco, cuando asume como lehendakari Patxi López tomando como prioritaria la defensa de la unidad de España (acuerdo de investidura con el PP que no terminó bien). O tal vez, por una “gran coalición” con su partido como pivote apoyado por el centro derecho (PP y Ciudadanos) pero que no resulta viable para el PSOE como partido. La otra alternativa es con Ciudadanos, amparándose en la regeneración política, pero que traducida en diputados concentran 130 escaños.  Si en cambio se sitúa en el eje izquierda-derecha, podría optar por un gobierno de coalición con la izquierda (Podemos e IU) o gobierno minoritario con apoyos parlamentarios como ha sido la costumbre. Pero en esta última fórmula cabe preguntarse: ¿Cuán conveniente puede ser formar gobierno con sólo 90 escaños propios? Aquí la geometría variable puede ser muy costosa, en especial con las fuerzas nacionalistas (sólo en Catalunya las fuerzas que impulsan la separación reúnen 17 diputados). Además, tendría al PP como oposición quien en ese rol suele ser impiadoso. Y debería  por tanto, asegurarse los votos de Podemos o los de Ciudadanos en cada iniciativa que quisiera mandar al Hemiciclo. Todo lo cual auguraría una legislatura breve o trabada en la acción política.

El único modo de resolver este enredo es que el clivaje centro periferia deje la escena y que las posturas izquierda y derecha sean las que marquen la agenda de discusión.

Los actores están en un laberinto y al menos por ahora nadie sabe quién podrá gobernar.

(*)Lic. Ciencia Política (UBA). Mg. Administración y Gerencia Pública (UAH-INAP). Se especializa en políticas públicas y participación ciudadana en gobiernos locales.

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