La confortable Doctora Carrió

Remisa a ocupar responsabilidades públicas, Carrió parece preferir hundirse en el mullido sillón de un severo fiscal que, con lupa intransigente, impugna cualquier desviación del rígido patrón político que esgrime con orgullo.

Por Gonzalo Neidal
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Télam 06/08/2015 Buenos Aires, La precandidata a presidenta de la Coalición Cívica-ARI, en el frente Cambiemos, Elisa Carrió, durante el cierre de su campaña esperando las PASO del próximo domingo., en el Palais Rouge de Palermo. Foto: Maximiliano Luina/aa

Una cosa es hablar y opinar; otra muy distinta es gobernar.



Gobernar siempre supone luchar en el denso lodo de la política donde las cosas nunca son como uno desea. Hablamos de gobernar en democracia donde los obstáculos para cumplir los propios planes son numerosos.

Quien gobierna debe cumplir también con sus promesas de campaña y, además, satisfacer las ansias de los votantes, generalmente perentorias y muchas veces embebidas de incomprensión y aún de necedad.

Además de todo eso, frecuentemente quien llega al gobierno se da cuenta de que las cosas no son como pensaba, que sus planes resultaron inapropiados, que sus recursos son exiguos o, directamente algunas de sus ideas básicas eran, simplemente, equivocadas.

En el poder, uno suele tomar conciencia de que, después de todo, el Teorema de Baglini no era una broma.

Cuando uno, además, está en minoría parlamentaria, los problemas se multiplican porque es preciso negociar para obtener lo que se propone. Y negociar es, siempre, conceder. Vos me das lo que te pido a cambio de que yo, contra mi voluntad originaria y a regañadientes, te doy lo que me pides.

En política, lo contrario a la negociación es el capricho, que suele conllevar al estancamiento y la parálisis. En nombre de supuestos “principios” (que no suelen ser más que prejuicios jerarquizados), nos atornillamos a la intransigencia.

Todo esto debería ser comprendido por Elisa Carrió. Es probable que la aceptación de Ricardo Echegaray por parte de Mauricio Macri, se origine no tanto en el gusto personal del presidente hacia el controvertido personaje sino en la necesidad de negociar con el kirchnerismo, que tiene legisladores suficientes en la Provincia de Buenos Aires y en el parlamento nacional, como para entorpecer algunas iniciativas oficiales.

Remisa a ocupar responsabilidades públicas, Carrió parece preferir hundirse en el mullido sillón de un severo fiscal que, con lupa intransigente, impugna cualquier desviación del rígido patrón político que esgrime con orgullo.

¿O acaso piensa que con este gobierno peligran los parámetros esenciales de la República? Si esto llegara a ocurrir, muchos se sumarían a su prédica y recordarán sus advertencias. Y la valorarán como una persona capaz de discernir entre el Bien y el Mal, a las primeras señales.

Pero en estos tramos iniciales del gobierno, el presidente ya cuenta con suficientes adversarios y oposiciones como para sumar uno más que, para colmo, proviene de sus propios aliados.



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