El recuerdo de Scott Weiland y los Stone Temple Pilots en Córdoba

El calor y la ansiedad de diciembre siempre renuevan viejas expectativas y deseos, aromas y sonidos.

El Rock es un templo de piedra.

Por Santiago Pfleiderer
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santiago stone1El calor y la ansiedad de diciembre siempre renuevan viejas expectativas y deseos, aromas y sonidos. Y el rock californiano, tan vinculado a los días de calor, a las rutas semidesérticas y al deseo de viajar en naves de chapa dura, siempre traen en verano el anhelo de aferrarse a ciertas experiencias íntimas ligadas al rock desde su aspecto más carnal hasta su aspecto más político. Y pensar en la potencia de una banda, en su estética, en sus letras, nos trae irremediablemente un poco de nostalgia ya que si ponemos un ejemplo de lo mencionado estamos hablando de los Stone Temple Pilots.

Hace pocas semanas, el 3 de diciembre de este año que se escurre, falleció Scott Weiland, voz y frontman de una de las bandas más emblemáticas del rock alternativo norteamericano, hijo del grunge y del post-punk con claros genes en el rock duro y en el blues de comienzos de los años 70. Weiland apareció muerto en un colectivo a los 48 años de edad en plena gira por Minnesota con su banda Scott Weiland & The Wildabouts. Además de los Stone Temple Pilots (STP) y sus proyectos solistas, el tipo será recordado también como la voz de otra banda monumental: Velvet Revolver, junto a Slash y otros ex integrantes de los Guns N’ Roses.

Pero además, diciembre nos recuerda su figura desgarbada porque el 5 de diciembre del año 2010 los Stone Temple Pilots pisaron suelo cordobés para brindar un show histórico a sala llena en el Orfeo Superdomo. Recordamos y brindamos por el lujo de recibirlos:
El calor y la ansiedad eran las características de un domingo cordobés anormal. Es que ese 5 de diciembre iba a realizarse uno de los shows internacionales más mastodónticos en la ciudad de Córdoba: la banda Stone Temple Pilots estaba por tocar en el Orfeo Superdomo; una fecha que prometía altísimos niveles de fuerza y poder, tal como por fin sucedió.



El grupo vino conformado con su alineación original: Scott Weiland (voz), los hermanos Dean DeLeo (guitarras) y Robert DeLeo (bajo), y Eric Kretz (batería). Pasadas las 21:30 h. las luces del Orfeo se apagaron y comenzó un paroxismo sonoro imparable. La puesta escénica era sencilla pero imponente: un gran telón color borravino con un fileteado redondo y especular de la misma línea de la tapa de Stone Temple Pilots (2010) –el último disco de los STP- cubría todo el fondo del escenario, mientras que un impactante juego lumínico acompañaba los temas en cada corte, bajada o subida de la intensidad musical dejando al espectador atento a cada sorpresa de lo que ocurría en las inmaculadas tablas del estadio.

De más está decir que el sonido fue como una trilladora de oídos pero con una definición altísima que permitió, durante todo el recital, disfrutar de los sonidos múltiples y originales de una de las bandas más emblemáticas del Rock mundial.
Cuando uno piensa en los Stone Temple Pilots –y los escucha-, indiscutiblemente se le vienen a la cabeza grupos como Pearl Jam, Temple Of The Dog, Nirvana, Soundgarden, luego Audioslave, Rage Against The Machine y Queens Of The Stone Age, bandas que glorificaron la escena rockera allá por los años ’90, basadas en un punk arruinado y desgastado que terminó generando un abanico sonoro y conceptual, uniendo lazos infranqueables entre el hard rock, el grunge, el rock alternativo, el stoner y la balada como forma universal de entender que, entre medio de tanto palo y distorsión, siempre hacen falta unos minutos de calma.

Scott Weiland, en ese show histórico, demostró un profesionalismo intachable. El tipo –vestido de camisa, chalequito, corbata y lentes oscuros- era un frontman educado a la vieja escuela, siempre cerca de su público y coqueteando con sus compañeros de ruta, pero sin caer en arengas agitadoras al estilo de un showman barato. Su voz mantenía el timbre al que nos acostumbramos; con un megáfono la modificaba para aclimatar esa energía tan pura de un show en directo. A su costado izquierdo estaba el bajista Robert DeLeo, altísimo, con sombrero y gafas negras. Empuñaba su bajo como si fuese un contrabajo indomable, y fue seguido toda la noche por un reflector –el otro alumbraba a Weiland- que no dejaba de sugerir que su figura en el escenario era fundamental. En la otra punta se encontraba su hermano, Dean DeLeo, el excelentísimo guitarrista que con un poderío a fuerza de distorsiones se ganó la atención de todo el auditorio. El guitarrista, con sobriedad pero una presencia escénica magnética, desperdigaba bases y riffs arrolladores junto a solos filosísimos. En el show desplegó siete violas que no variaron entre las Gibson Les Paul y las Fender Telecaster: filo, crudeza y cristalinidad. Y atrás, rodeado de su set –como amurallado-, el baterista Eric Kretz no paró me meter palos en parches y platillos, como si hubiese estado castigando a su instrumento. Con gran fuerza y abundante buen gusto, Kretz sostuvo la intensidad musical siempre en alto; su sonido es típicamente hardrockero y define muy claramente su toque grunge.

En la hora y media que duró el show, sonaron grandes temas como “Vasoline”, “Wicked Garden”, “Sex Type Thing” y “Crackerman”, sumados a las composiciones del nuevo disco homónimo, Stone Temple Pilots (2010), y a la bella canción “Dancing Days” del grupo Led Zeppelin. Entre tema y tema, los STP se dieron lugar para la zapada y para acompañar los cánticos de un público energizado.
Y ese domingo se fue junto con la caminata lenta de 3500 personas en estado de shock en la fatídica búsqueda de un colectivo, remis o taxi. Los Stone Temple Pilots pasaron por Córdoba dando un espectáculo que nos agarró casi por sorpresa, y dejando algo que no muchos esperaban ver: potencia y calidad en estado de máxima pureza.



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