Un viajero llega a ciudad luz

Uno es, al menos, de los que sienten a veces deseos de meterse en las fotos color sepia, o de proyectarse como testigo silencioso, junto al protagonista de la añeja crónica. El pasado alimenta su escapismo: quiere estar en otro tiempo, en este mismo lugar.

Por Víctor Ramés
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La calle Ancha vista desde la esquina de Deán Funes hacia el sur.
La calle Ancha vista desde la esquina de Deán Funes hacia el sur.

Vivimos entretanto nuestro hoy candente, como distraídos del aburrido entorno, de los aburridos contemporáneos, distraídos ellos a su vez de nuestro aburrimiento. Este hoy, precisamente, el que será añorado por próximas generaciones que se preguntarán ¿cómo habrá sido aquel tiempo? ¿Qué sentirían las personas que vivían entonces en este lugar? Claro que tan aburridos no estábamos, realmente. Para empezar, siempre hubo que ganarse la vida y por el camino transpirar un sinfín de azares y fortunas. Pero sí estamos -y estuvieron los de antaño- demasiado acostumbrados a habitar la ciudad como útil, como paisaje de fondo, como entorno más o menos acogedor (según cuándo). Lo que falta y faltaba y acaso faltará será ese asombro, esa magia que tal vez sea necesario poner del propio bolsillo. Sin duda la nostalgia acicatea la valoración de la belleza, de lo perdido o inalcanzado; y eso nos excita: la percepción del vacío, ese golpe de vértigo ante la extensión ilimitada de nuestra no existencia.

Dejando atrás ahora el acceso filosófico, ahí está la crónica misma, que publica en enero de 1896 el diario cordobés Los Principios con el título “Impresiones de un santafecino”. El anónimo cronista de la capital hermana ha visitado la ciudad de Córdoba y ha escrito con mucha admiración y cariño su breve retrato de la ciudad a orillas del río Primero. Sólo dos deslices se hallan en su texto que lo revelan como hijo de otra tierra: cuando al comienzo augura que pronto Córdoba llegará a ser la tercera ciudad del país; y cuando se le escapa que la banda de su ciudad suena mejor que la nuestra. Ambas cosas seguramente eran verdad, por cierto. De hecho, en la demografía histórica, la ciudad de Córdoba superó en habitantes a la de Rosario recién en la década de 1980, y fue hasta entonces la tercera ciudad más poblada del país.

El cronista publicaba en un diario de Santa Fe, y la visita a la capital cordobesa le servía también de palo para azuzar en varios aspectos a la intendencia de su ciudad, especialmente al resaltar las luminosas calles y plazas de Córdoba, que prácticamente lo deslumbran. Es a recalcar el bello y nostálgico paseo de arribo, bajando desde Alta Córdoba en coche por la calle Ancha de entonces. Reconocemos cada cosa mirada por sus ojos, en el trayecto hasta el Hotel San Martín.



“Córdoba
Córdoba merece los honores de una ciudad, es tal; y si sus hombres siguen haciendo de ella lo que hoy, Córdoba ocupará muy pronto el rango de 3° ciudad importante de la Argentina.
Córdoba tiene todo lo necesario para ser una ciudad chiche, modelo; el viajero recibe una grata impresión. La Estación Alta Córdoba está en una gran altura, es un edificio amplio y elegante, yuntas y carruajes espléndidos para ser de alquiler reciben el pasajero, eso solo ya predispone bien en favor de la ciudad que se va a visitar; es tan agradable subir en limpio carruaje, ser arrastrado por una buena yunta de caballos, y ver un cochero modesto pero limpiamente vestido que… no sé si a todos les pasó lo que a nosotros al unísono, declaramos que… en nuestra ciudad no veíamos semejantes cosas.
Y en verdad, esos coches de Santa-Fe son espantosos, unos carromatos imposibles de describir, y en cuanto a los caballos, para qué hablar, todos son apocalípticos, con formas desconocidas, tirando más a jirafas y dromedarios que a caballos.
El coche corría en dirección al pueblo, íbamos bajando la altura, pues Córdoba se encuentra en el plan del valle que las sierras circundan.
Pasamos la puerta, algo así como puerta de vieja ciudad fortificada y, a nuestra vista se desarrolló un espléndido panorama; a la derecha el soberbio parque las Heras (antes paseo Elisa) al frente elegante y sólido puente de madera y fierro y el río 1°, corriendo entre sus murallas y una sábana de verdura.
¿Qué no será Córdoba dentro de un siglo? Si hoy es así, la primera impresión que el viajero recibe lo transporta, lo lleva al Sena y para que la impresión sea más agradable y parecida, como a un kilómetro se ve un fuerte que diríase ser el de los Inválidos de la gran capital francesa.
El coche corría por amplia arteria y de pronto, algo así más que un guare y menos que una plaza, elegantemente cortada y con todos sus frentes edificados, apareció la noble estatua del general Paz, sigue la grata impresión, puesto que honra la memoria de sus héroes es un pueblo envidiable.
El coche corría por elegantísima avenida, a uno y otro costado, viejos acacios, álamos de Carolina, Plátanos y en todo su centro y en toda su longitud focos de arco voltaico que no son matracas ni impiden conversar como los de nuestra Santa-Fe, tampoco se apagan cuando ellos quieren sino cuando ya la aurora principia a lanzar a estos felices habitantes sus blancos albores. Dios les conserve por lo menos la luz. ¡Qué felices son no estando expuestos a ser asesinados a mansalva…
El coche corría siempre proporcionándonos vistas agradables hasta que entró a la parte comercial de la ciudad; unos minutos más y nuestro elegante coche no corría ya, estábamos a la puerta del cómodo, amplio y lindo hotel San Martín; el baño, afeitarse, cepillarse, he ahí una buena hora ocupados en nuestro toilette y entre plantas trepadoras y un surtidor de agua, una bien servida mesa y como compañero a ella nuestro distinguido amigo Julio Aliaga. Escribano de nota de esta ciudad.
Concluida la comida, salimos a dar una vuelta por la plaza San Martín. No puede ser más linda, el único elogio que de ella se puede hacer, grupos magníficos de álamos carolinas, aguaribay, plátanos, acacias, nogales y otra infinidad de ellos, en desorden imitando la sabia naturaleza, nada de flores ni espuelas de caballero, aquí se han abandonado por completo los mamarrachos, sólo hay figura de parques ingleses cubiertas de Ray grass, mucho follaje, fuentes, columnas, y en su centro el kiosco para la banda. Inferior en todo es cierto a la de Santa Fe, pero que nosotros oímos con placer inmenso, y sobre todo en la plaza luz, mucha luz, mucha luz, lux multa.
El Globo”



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