Ganó el streaming

A partir de la hora cero del 24 de diciembre de 2015, la discografía de los Beatles pasó a estar disponible para los usuarios de los servicios de música online, en lo que la revista especializada Billboard definió como "punto de quiebre" para la estabilización del nuevo sistema.

Por J.C. Maraddón
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maraddon ilustra spotify (1)Muchos melómanos se alegraron el jueves pasado con un regalo de Navidad que no por anunciado dejó de ser gratificante. A partir de la hora cero del 24 de diciembre de 2015, la discografía de los Beatles pasó a estar disponible para los usuarios de los servicios de música vía streaming, que hasta ese momento contaban con la posibilidad de escuchar un montón de cosas, pero (casi) nada de los Fabulosos Cuatro. Y pagar por el acceso a un catálogo musical en el que faltaba el repertorio beatle, no dejaba de generar desilusión entre los fanáticos del cuarteto de Liverpool.
Por eso, celebraron los que abonan el canon mensual de estos servicios, pero mayor aún fue el festejo de los que manejan estas plataformas, porque finalmente se salían con la suya: venciendo la resistencia de los poseedores de los derechos de las canciones de los Beatles, se encuentran mucho más cerca de la victoria. Es decir, están a muy poco de coronarse como los reyes de las industria discográfica, un negocio multimillonario que venía como bola sin manija desde hace algo así como una década, cuando el disco compacto dejó de ser el formato favorito, para cederle ese título a los archivos digitales en mp3.
Así lo entendió la revista especializada Billboard, que saludó a la noticia como un «punto de quiebre» para la estabilización del streaming como la forma más cómodo y moderna de consumo musical. En su momento, la incorporación de los catálogos de Led Zeppelin y AC/DC había significado un enorme salto en la popularidad de esta nueva tendencia. Pero con el desembarco de los discos de los Beatles, Spotify, Apple Music y todos los demás esperan estar aplicando un golpe de nocaut, que los consagre campeones mundiales y que despeje cualquier duda acerca de su éxito.
En su análisis de la información, Billboard se pregunta en qué lugar se ubican ahora artistas como Taylor Swift o Adele, que expresaron públicamente su negativa a someterse a la dictadura del streaming. En general, las figuras que todavía se resisten a sumarse a esos catálogos esgrimen argumentos económicos y buscan forzar a que las empresas que brindan el servicio sean más generosas en el pago de derechos a los intérpretes para ofrecer sus canciones a los usuarios. En esa pulseada, la novedad conocida el jueves no ayuda a una causa que, tarde o temprano, pareciera destinada a rendirse.
Por lo que se percibe, queda relegado muy atrás el análisis sobre cuál es el impacto cultural que tiene este moderno sistema, que en pocos años ha crecido geométricamente y que se aprovecha, para hacerse fuerte, de la adicción de la gente a los teléfonos celulares, en los que estas plataformas ingresan en forma de aplicación. Es indudable que la posibilidad de escuchar un universo ilimitado de canciones, en buena calidad, transporta a las personas hacia una dimensión completamente nueva, a la que no se había podido acceder jamás en toda la historia de la humanidad.
Tal vez el último de los mohicanos sea Prince, quien a mediados de este año retiró todo el material de su pertenencia que estaba disponible vía streaming y lo guardó bajo siete llaves, aunque a cambio, y haciendo gala de su eterna ambigüedad, ofrendó a los usuarios de Spotify una nueva canción que sólo se podía conseguir allí. Todo es muy prematuro aún para abrir juicios categóricos, aunque lo único concreto es que se trata de un filón comercial escandaloso. Y que todos quieren posicionarse de la mejor manera de cara al futuro. Todos, menos los consumidores, que asistimos pasivos a este duelo de titanes.



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