Cuidado con la historia

El título de esta obra —Crítica de la razón populista— alude al del libro de Ernesto Laclau, La razón populista, del cual aspira a constituir una crítica.

Por Luis Alfredo Ortiz

critica_de_la_razon_populista_tapaEl título de esta obra —Crítica de la razón populista— alude al del libro de Ernesto Laclau, La razón populista, del cual aspira a constituir una crítica. A primera vista, este propósito lo alejaría del interés del lector no especializado, al aparecer como una discusión académica sobre una concepción de los fenómenos políticos, especialmente si se recuerda que Laclau se ha erigido en una especie de teórico de los regímenes latinoamericanos denominados, con alguna imprecisión, ‘populistas’. Pero, aunque Wiñazki se ocupa de los conceptos de Laclau en forma intermitente, el libro trata de caracterizar y analizar regímenes como los de Chávez y sus herederos en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, y los Kirchner en la Argentina.

Wiñazki emplea constantemente los términos ‘populismo’ y ‘neopopulismo’, por lo que es conveniente tratar de inferir lo que él mismo entiende como los conceptos designados por esas palabras: «La razón populista es la cosmovisión filosófica que concibe dos entidades sociopolíticas irreductiblemente antagónicas. El pueblo y el antipueblo. El populismo propone una batalla cultural para promover e instituir la hegemonía del pueblo por sobre el antipueblo. No debe confundirse fascismo con populismo. El fascismo es asesino, según lo prueba la experiencia histórica del siglo XX. El populismo es cleptocrático. […] El populismo es previrtual, monumental. El neopopulismo acontece en la era digital. No necesariamente prescinde de la monumentalidad como arquitectura regimental. Pero su simbolismo no es básicamente material, sino comunicacional, no lineal, hipertextual.» Esta cita condensa bastante bien el pensamiento que subyace a todo el texto.

Lamentablemente, en el caso de la Argentina, Wiñazki cae en la tendencia de moda: considerar que el kirchnerismo es la forma actual del peronismo. Es decir, el peronismo, en tanto ‘populismo’, habría devenido en el ‘neopopulismo’ kirchnerista. Esta tesis es, en el mejor de los casos, una simplificación que ignora en contexto histórico en el que surgió el peronismo y lo que este efectivamente significó en materia de reconocimiento de derechos a la clase obrera, mejora real de sus condiciones de trabajo, y protagonismo  de los trabajadores en la escena política. Con respecto a la situación existente antes de 1945, estos logros marcaron efectivamente un antes y un después, que ninguna de las reacciones conservadoras posteriores pudo revertir. Podrá, sin duda, adjudicarse al peronismo algunas de las características del populismo, pero no puede negarse su significación histórica, su ‘substancia’ en contraposición a los llamados ‘significantes vacíos‘ que sí son inherentes al neopopulismo, según Laclau.



Esta asimilación peronismo-kirchnerismo resulta doblemente dañina porque Wiñazki es un observador agudo de la escena política actual, que podría inducir a los lectores jóvenes a extender al fenómeno peronista muchas de las oquedades y simulaciones que describe como propias del régimen kirchnerista y de sus similares latinoamericanos todavía en vigentes. De la relación entre Perón y el pueblo dice, entre otras cosas, «El líder es el que los escuchó. No necesariamente quien los liberó materialmente, sino quien efectivamente, emotivamente, dramáticamente, oyó y dialogó con los antes enmudecidos. […] Eso fue el populismo.» Wiñazki tiene edad y formación suficientes para saber, aunque en ningún momento lo admita, que el peronismo fue mucho más que eso, que sí liberó material y políticamente. En contraste con lo anterior, dice acertadamente: «El neopopulismo es oír, o simular oír, y conversar o simular conversar con el pueblo por vía virtual. […] pero el diálogo en vivo, al aire libre digamos, entre el jefe o la jefa y el pueblo, es menos conceptual que cuando imperaba el populismo primigenio, y aún más emocional. Se trata de danzar en el balcón, aún cuando haya muertos en el país como los hubo cuando acontecieron los levantamientos policiales de fines de 2014 y Cristina Fernández bailaba ante su público.»

En todo momento, en el enfoque de Wiñazki resulta central su condición de periodista perteneciente a un grupo de medios con el que el kirchnerismo entabló la madre de todas sus batallas: el grupo Clarín. Esto lo lleva a aseverar, por ejemplo, que  «No hay populismo sin antiperiodismo.» En este sentido, afirma que el neopopulismo «instala una visión del periodista como reproductor decapitado, como ciberproletario, … como empleado a sueldo … obediente a sus patronos.» Aunque concede que «Sin embargo, hay algo de cierto en la caracterización. […] Pero el periodismo no es eso, y los medios admiten, a veces a pesar de sí mismos, una zona de creatividad, de libertad de quienes en ellos trabajan manifestando sus propios criterios.» No obstante, a Wiñazki le ha resultado muy difícil sustraerse al de espíritu de cuerpo, y eso lo lleva, en algunos casos, a una perspectiva algo sesgada en su análisis de los fenómenos políticos.

Para Wiñazki, el populismo tiene un componente de fe, que lo asimila a la religión. Particularmente en lo que hace al manejo de imágenes que atraen a las masas. Dice, comentando la invención por un jesuita de una especie de linterna para proyectar imágenes en el siglo XVII que, aunque rechazada por la iglesia, le es consustancial : «La iglesia como empresa ilusionista, la emisión de luces y sombras insustanciales pero patentes e hipnóticas es el lejano ancestro organizacional del populismo

No sorprende, pues, que el libro concluya con un capítulo en el que analiza la relación del Papa Francisco con el populismo. Para el autor, «el Papa tiene muy buenas relaciones con los regímenes populistas latinoamericanos, con Rafael Correa, con Cristina Kirchner, con Evo Morales… y no se ha pronunciado públicamente sobre el gobierno de Nicolás Maduro, despótico y abiertamente represivo.» Atribuye esta afinidad del Papa a su condición de jesuita, y se remonta a la organización político-teológica que los jesuitas impusieron en los territorios que la corona española les había encomendado para su evangelización, especie de populismo sacro que se tradujo en la creación de sociedades concretas con la población indígena. No sin audacia, sugiere una dependencia entre el Papa y los presidentes populistas: «Francisco vence. Y con él, el balcón del Vaticano desde donde él, el Vicario de Cristo, intercesor ante las almas, bendice a su pueblo, es la geografía estructural profunda en la que se instalan sus epígonos sustancialmente dislocados, los mandatarios populistas. Figuras degradadas, descendencia deforme de esa institución ideal y real, el Papado, y el Vaticano como la Santa Sede del poder, piedra sacramental de la arquitectura del liderazgo carismático: El Balcón, el pueblo en la Plaza, Dios por Testigo, y la palabra alabada, indiscutida y santificada

Esta obra no constituye un texto orgánico ni ordenado, sino que está poblada de repeticiones y escrita en un estilo por momentos aforístico, organizada en capítulos con ilación un tanto arbitraria, pero no llega a cansar al lector. Wiñazki exhibe una formación académica notable; en este sentido, hay un bienvenido contraste con otros autores en boga que han producido una extensa literatura antiperonista panfletaria muy a tono con la reciente campaña electoral, como Fernando Iglesias, o Silvia Mercado, de quien nos hemos ocupado antes en estas páginas.

 

FICHA TÉCNICA

Título: Crítica de la razón populista

Autor: Miguel Wiñazki

Editorial: Margen Izquierdo

Páginas: 256



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