Un papelón dentro de su cromosoma político

La patológica comedia en que se ha transformado la entrega del mando Cristina Fernández de Kirchner a Mauricio Macri mueve al asombro más genuino.

Por Pablo Esteban Dávila

p07-1La patológica comedia en que se ha transformado la entrega del mando Cristina Fernández de Kirchner a Mauricio Macri mueve al asombro más genuino. Porque no se trata de un tema de la “transición” (en el sentido que la Ciencia Política le asigna) sino de ceremonial y protocolo que, en principio, debería ser ajeno a cualquier disputa por el poder.

“Asombro”, sin embargo, no es la palabra más apropiada para describir el conjunto de sensaciones desagradables que deja el episodio de la entrega de la banda y el bastón a Mauricio Macri. Puede asombrarse quien es presa de un susto o espanto (ocasionados por un evento inesperado), pero nunca aquel que conocía la naturaleza exacta de la, ahora, ex presidente Fernández. Basta hacer un repaso somero de las arbitrariedades de los doce años kirchneristas (inauguradas, para ser justos, por su esposo) para comprender que la simiente de este patético desenlace se encontraba en su común cromosoma político.

Vale recordar que el kirchnerismo nació débil dentro de un sistema político también disminuido por la crisis del 2001. Para afianzar aquel marco de extenuación, el presidente saliente –Eduardo Duhalde– tampoco contaba con la fortaleza de origen que otorga la voluntad popular. El fue un mandatario surgido de una Asamblea Legislativa, no de elecciones generales que, de hecho, las había perdido en 1999 frente a Fernando de la Rúa. Con aquel combo como antecedente más inmediato, los Kirchner decidieron patear el tablero de unas instituciones políticas golpeadas y construir su propio relato de legitimación.Mal no les fue, al menos en un principio. Pero pronto comenzó a notarse que su fábula política exigía un alto precio de libertad a los ciudadanos y reclamaba para el presidente un poder autoritario que la República no había previsto en su Constitución. En este decurso, las formas republicanas fueron despreciadas como subproductos de un orden político y social incapaz de contener “a los sectores populares”, aquellos dioses paganos e imprecisos a los que los populistas dicen representar con exclusión de cualquier otra intermediación.



Genuinamente convencida de las bondades de esta ideación, la presidente se vio a sí misma como la expresión última y más acabada de estas voluntades, lo cual es una consecuencia ineludible de una ideología personalista y desdeñosa de las maneras propias de las instituciones. No era, en consecuencia, improbable que Cristina se resistiera, aún con los berrinches más patéticos, a entregar los símbolos de la autoridad a otro que no fuera ella misma. Los populismos, simplemente, no entienden que el pueblo puede, eventualmente, cansarse de ellos. Es la incredulidad frente a la ocurrencia de esta posibilidad que los fuerza a actuar al borde del ridículo, como lo es este triste episodio de final de ciclo.

La entrega de los atributos del poder entre los mandatarios salientes y entrantes es un momento especial, porque marca el tempo de la alternancia democrática y simboliza la dialéctica entre las antiguas y las nuevas mayorías. No es, como quieren hacer creer algunos, una cuestión apenas de pompa y circunstancia, sino que sintetizala fórmula republicana que sostiene que, en definitiva, se trata de personas que ganan o pierden elecciones y no de conquistadores del poder que deben destruir el legado del otro, negándoles incluso la dignidad de su presencia.

Afortunadamente la Argentina se las ha arreglado –algunas veces con cierta tardanza– para poner cotos a estos delirios. Pero el sainete de Cristina debería hacer recordar que los transgresores políticos acostumbran tarde o temprano a protagonizar este tipo de locuras que, en definitiva, generan malestar y agravan situaciones de rencor y enfrentamiento. Por tal motivo, en adelante se debería sospechar de quienes ostenten programas milenaristas o propongan romper, adecentar, combatir o liquidar órdenes políticos acusados de corruptos, vendepatrias o lo que fuere. Para solaz de muchos, los Kirchner dijeron más o menos que harían tal cosa, con las consecuencias la vista.

Pero ellos no son los únicos representantes de esta fauna de supuestos guardianes de las grandes cosas. Salvando las escalas, es posible encontrar en Luis Juez un prototipo anticipatorio de la falta de respeto a las formas institucionales. Hace trece años atrás se negó a recibir la Municipalidad a manos de su antecesor, Germán Kammerath. Sus argumentos se recuerdan perfectamente: temía ser “contaminado” por quien era sindicado como el autor de los peores males de la ciudad. Kammerath terminó firmando el acta de traspaso frente a un escribano. Juez llegó al municipio como un outsider y se propuso gobernarlo como tal. Así le fue. Su reciente papelón electoral frente a Ramón Mestre sugiere que su fórmula de populismo a escala barrial terminó, con el tiempo, indigestando a los cordobeses. La trasgresión, cuando sólo se cree en ella, termina siendo peor que la enfermedad.

Por contrapartida, el traspaso de mando que protagonizarán hoy José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti será ejemplar. No sólo porque respetarán el rito y las tradiciones, sino porque el gobernador saliente se ha abstenido, en los últimos tiempos, de condicionar de cualquier manera la gestión de su sucesor. Bien lejos de las atrabiliarias decisiones de Cristina, De la Sota hasta incluso puede ufanarse de dejar recursos multimillonarios a raíz del reciente fallo de la Corte Suprema por el 15% de coparticipación que el gobierno nacional detraía ilegalmente a la provincia.

Esto, por supuesto, no quiere decir que no existan tensiones entre el delasotismo y el schiarettismo. Hasta es probable que, en el futuro, se agraven un tanto. Pero todo sugiere que ambos dirigentes comprenden que, en definitiva, la democracia es una gran máquina de procesar conflictos y encontrar las síntesis ocasionales para que estos sirvan al progreso y no al revés. En este sentido, el peronismo cordobés no sólo se mostró harto diferente a la metodología impuesta por el Frente para la Victoria en el orden nacional, sino que también puede compararse favorablemente con el radicalismo que lo precedió en la provincia. En este sentido, la transición entre Eduardo Angeloz y Ramón Bautista Mestre en 1995 fue todo lo traumática que pudo ser excepto por la entrega, con corrección republicana, del poder de uno a otro.

Es una lástima que Cristina, que no carga sobre sus espaldas con una crisis terminal en ciernes (aunque se la haya dejado alegremente a su sucesor) no tenga un último gesto que la acerque a la vereda de la racionalidad. Desprovista del poder, quedará sola con sus caprichos. Difícilmente logre convencer, en adelante, que ella es la líder redentora que durante tanto tiempo afirmó ser y que muchos, convenientemente adocenados por la billetera federal, acordaron creer que así era. Sin el bastón y sin la banda sólo le quedará un látigo que, poco a poco, dejará de restañar con la eficacia con que lo hacía y, mucho menos, conmover a sus víctimas.

 



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