Una decepción llamada Scioli

Lo veíamos claro: Scioli era “distinto”. Hace un par de meses era visto, claramente, como el inevitable sucesor de Cristina. Era cierto: aceptó a Carlos Zannini en su fórmula pero, pensábamos, eso no quería decir nada. Apenas asumiera el poder, tomaría distancia del mundo cristinista.

Por Gonzalo Neidal
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2015-12-08_SCIOLIEste cronista se cuenta entre los que siempre esperaron al “verdadero Scioli”. Teníamos pocos motivos para presumir un cambio de actitud del gobernador de Buenos Aires pero nos aferrábamos a ellos con uñas y dientes. A lo largo de los últimos meses pensábamos que, en cualquier momento, daba el portazo y se apartaba de Cristina Kirchner para siempre. Creíamos ver señales claras en algunos gestos tenues. Principalmente sus modales, que eran democráticos y amables. Se reunía, incluso, con dirigentes que estaban distanciados de la presidenta. Jugaba al fútbol con Moyano, se llevaba bien con Massa y Scioli. Era reticente a adoptar los modos de La Cámpora.

Lo veíamos claro: Scioli era “distinto”. Hace un par de meses era visto, claramente, como el inevitable sucesor de Cristina. Era cierto: aceptó a Carlos Zannini en su fórmula pero, pensábamos, eso no quería decir nada. Apenas asumiera el poder, tomaría distancia del mundo cristinista.

El resultado adverso de la primera vuelta, cuando ganó por una diferencia menor a la esperada, renovó las esperanzas de ver al “verdadero Scioli”. Pero duró poco. Rápidamente se abrazó al ideario nacional y popular y exhumó el hacha kirchnerista para enfrentar el tramo decisivo de su campaña hacia el ballotage. Scioli siguió siendo el mismo de siempre.

Apeló al miedo y endureció sus posiciones, repitiendo todos y cada uno de los puntos de vista de Cristina. El “verdadero Scioli” tardaba en llegar. Es que en verdad, no existía. Él mismo se encargaba de decirlo a cada momento. Pero no le creíamos. Intentábamos explicarlo diciendo que no se separaba de Cristina porque aún la necesitaba. O bien intentábamos descifrar pequeños gestos, interpretándolos como claras muestras de un pensamiento distante del oficial.

Tras su derrota, se abrió una nueva ocasión para diferenciarse. Pero tampoco la ejerció. Ahora, en el colmo de su subordinación al estilo de Cristina, acepta silencioso el bochorno construido por la presidenta en torno del traspaso de los símbolos del poder. Trasciende que, en su entorno, hay críticas al berrinche de la presidenta. Pero él guarda silencio.

Peor aún: declaró que si él hubiera sido elegido presidente, la habría gustado asumir y recibir banda y bastón en el Congreso. Que hubiera sido un honor hacerlo. Es como si dijera: “¿Ven? Conmigo nos hubiéramos ahorrado este conflicto”. Cabría señalarle que, justamente, él no contó con los votos para asumir en el Congreso porque siempre se allanó a los deseos de Cristina. Y esa actitud, que aún mantiene, es lo que decidió el triunfo de Macri.

¿Es eso todo lo que Scioli tiene para decir al respecto? ¿Ni una sola palabra va a pronunciar sobre la actitud mezquina y anti republicana de su jefa política? ¿Ni aún ahora, ya derrotado, va a mostrar un atisbo de independencia de criterio?

Por razones etarias, Scioli ya no está en condiciones de pedir su ingreso a La Cámpora. Pero tanta lealtad debería ser premiada con, aunque sea, la presidencia honoraria de esa agrupación. Seguramente también lo vivirá como un honor.