No glorificar la tragedia

La carta que la madre de los hijos de Scott Weiland –músico recientemente fallecido- le dirigió a la revista Rolling Stone, es una nueva y atendible arenga contra aquella moral rockera que sólo considera digno de mérito al que se inmola, al que se flagela o al que se entrega sin límite a los excesos.

Por J.C. Maraddón
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ilustra scott weilandLa muerte de Scott Weiland, el músico de rock al que en su momento conocimos como cantante de la banda Stone Temple Pilots, ha reactualizado una cuestión que ha sido tratada extensamente en estas columnas. Lamentablemente, el motivo que ha disparado cada uno de esos escritos ha sido el deceso de alguna figura del firmamento rockero. Pero que se discuta sobre el tema no quiere decir que se tome conciencia del problema central: la nefasta maquinaria industrial que produce ídolos a los que va descartando a medida que empiezan a descarrilar en el tren de la fama.
A este proceso de entronización (primero) y de desguace (después) contribuye aquella mitología que el rock construyó cuando todavía era contestatario y que ahora, cuando ya no contesta sino que se erige en el discurso dominante, se ha convertido en una especie de solución final para desembarazarse de los más “molestos”. Creyendo que el camino a seguir es el marcado por Jimi Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison -quienes unieron el talento creativo a la autodestrucción-, muchos músicos se han plegado a ese rumbo, sin pensar que sus seguidores los prefieren vivos y que quienes los prefieren muertos son los que luego van a lucrar con su legado.
Se da así una peligrosa conjunción. Por un lado, está el negocio de la identificación que generan entre los jóvenes las manifestaciones de rebeldía de los astros musicales (nótese el comportamiento de Justin Bieber o Miley Cyrus). Y por otro lado está esa pesada herencia recibida del rock, una moral oscura y perversa que sólo considera digno de mérito al que se inmola, al que se flagela o al que se entrega sin límite a los excesos, en desmedro del que busca llevar una vida apacible, sin estridencias ni escándalos.
Dentro de este ecosistema cruel y repudiable, el público y los artistas establecen vínculos que parten del fanatismo y la sumisión de los primeros, y de la egolatría y el derrape de los segundos. La única beneficiada por los términos de esta relación es la tercera en discordia, la industria del entretenimiento, que gana fortunas gracias al apasionamiento irrestricto de los fans y gracias al aislamiento de los músicos que, ensoberbecidos en su propia nube de morbo, se vuelven inofensivos. La escalera al cielo a la que le cantaba Led Zeppelin ha tenido, en muchos casos, un sentido inverso; ha conducido al infierno a muchos rockeros, como -por ejemplo- al propio baterista de aquella banda, John Bonham.
La evidencia más reciente de esta situación es la carta que la madre de los hijos de Scott Weiland le dirigió a la revista Rolling Stone, pidiendo que no se glorifique su tragedia “con palabrerío sobre el rock and roll y los demonios que, de paso, no tienen por qué venir con la música”. El texto de Mary Forsberg debería reemplazar, de una vez y para siempre, a la evocación de aquella malinterpretada letra de Neil Young, en la que el trovador asevera que “es mejor arder que apagarse lentamente”.
Arder es un proceso que puede llevar años y que necesariamente involucra al entorno de la persona que ha entrado en combustión. Nada garantiza que la llama consumirá sólo al ardiente. Ni que lo hará en cuestión de segundos. ¿Cuántos artistas han sido arrojados ya al fuego purificador del rock, para que nosotros tengamos nuevos mártires antes los cuales prosternarnos? Tal vez haya llegado el momento de replantearse el valor simbólico que tiene a esta altura la figura del maldito, del incomprendido, del marginal. Demasiadas víctimas se ha cobrado esa pira de sacrificios, sin que hasta ahora haya aparecido ningún argumento atendible que avale semejante despropósito.