Impuestos chinos

Es conocida la proverbial inteligencia de la raza china, la que, combinada con la voracidad del capitalismo que han abrazado de modo tan vehemente, los hace temibles. Ahora, lo que los vuelve directamente letales es la rápida asimilación que tanta inteligencia hizo de nuestra proverbial “viveza criolla”. Semejante combinación les ha permitido crear una especie de sistema tributario tanto o más coercitivo que el que ya sufrimos a manos de nuestros insaciables gobernantes de todos los niveles.

Por Luis Alfredo Ortiz

ROL20 PEKÍN (CHINA) 04/02/2015.- La presidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner (izda), es recibida por el presidente chino, Xi Jinping (dcha), a su llegada al Gran Palacio del Pueblo en Pekín (China) hoy, miércoles 4 de febrero de 2015. La presidenta argentina, Cristina Fernández, se reunirá con su homólogo de China, Xi Jinping, y ambos presiden una ceremonia de firma de una serie de acuerdos de cooperación económica bilateral. EFE/Rolex Dela Pena pool

Si el lector desprevenido pensara que vamos a referirnos al sistema tributario de la República Popular China, debemos desilusionarlo inmediatamente: el tema nos es tan desconocido como la lengua de Confucio. Si, malicioso, pensara que las relaciones carnales del gobierno de CFK con el de Xi Jinping le han otorgado a los chinos el derecho a imponernos alguna gabela a los sufridos argentinos, también deberemos decirle, no exactamente.

Es conocida la proverbial inteligencia de la raza china, la que, combinada con la voracidad del capitalismo que han abrazado de modo tan vehemente, los hace temibles. Ahora, lo que los vuelve directamente letales es la rápida asimilación que tanta inteligencia hizo de nuestra proverbial “viveza criolla”. Semejante combinación les ha permitido crear una especie de sistema tributario tanto o más coercitivo que el que ya sufrimos a manos de nuestros insaciables gobernantes de todos los niveles.



El cobro de este tributo es una de las actividades de un gran banco chino que, con profuso despliegue publicitario, ha desembarcado en estas playas. Esta benemérita institución ha encontrado la forma de exprimir a los incautos que nos creemos sus ofrecimientos de “beneficios”. Lo asombroso es el parecido con el ámbito político: promesas que quedan en la nada y dinero que se extrae de nuestros bolsillos.

Vamos al caso concreto. Hace ya un tiempo, quien esto escribe fue visitado en su casa por una atractiva promotora que, en nombre del mencionado banco, venía a ofrecerle una “tarjeta de beneficios”. Se trataba, en realidad, de una tarjeta de crédito, en condiciones que pintaban muy atractivas. Tan irresistible era la oferta que este cronista firmó donde había que firmar, y la señorita se despidió prometiendo que en breve recibiría en el domicilio visitado el correspondiente plástico. Hasta aquí, nada fuera de lo usual. Pasó mucho tiempo (casi dos años) y del plástico en cuestión nunca hubo noticia alguna y, dada la ajetreada vida del cronista, el episodio ingresó al olvido. Hasta que un buen día, llegó un correo electrónico con un resumen de cuenta adjunto, con un importe cuyo concepto no estaba claro: si nunca hubo plástico, ni consumo, ni activación de la supuesta tarjeta, ni nada de nada, ¿qué se intentaba cobrar?. Lo único que se me ocurre asimilable a semejante exacción sin fundamento ni prestación alguna es esto: un impuesto. Pensarán que quizá sea el famoso impuesto al … tonto, y quizá no se equivoquen.

El correo en cuestión fue seguido de un acoso telefónico verdaderamente insoportable, que incluye amenazas de acciones judiciales, de inclusiones en listas de morosos y un largo etcétera. Llamadas y más llamadas, en cada una de las cuales se me proporcionaba un teléfono diferente, de característica 0810, a los cuales comencé a llamar en busca de luz. Aquí, la milenaria sabiduría china no vino en mi auxilio. Se trata de esas máquinas de respuesta automática, llenas de opciones que no contemplaban mi situación. Cada número al que llamaba me derivaba a otro, hasta que finalmente uno de ellos me exigió una clave especial para poder continuar. Claro que, para obtener esa clave, debía ir a un cajero automático con el plástico que nunca tuve, y allí tramitarla. O sea, Kafka reemplazaba a Confucio. Milagros del joven capitalismo chino, voraz como sólo pueden serlo, Trotsky dixit, las burguesías emergentes.

Como las experiencias concretas de este cronista con los variados servicios de (des)protección al consumidor han sido una lamentable pérdida de lo único que tiene para vender, su tiempo, a esta altura descree de que puedan ayudarlo en algo. Ya bastante de ese tiempo ha invertido tratando de entablar alguna comunicación útil con la autoerigida entidad recaudadora.

En definitiva, con la resignación de quien paga otros impuestos igualmente discrecionales e inútiles, este cronista está considerando la posibilidad —para no ser acosado, ni enjuiciado, ni puesto en el Veraz— de ir obedientemente a contribuir con este gravamen, con la periodicidad que la benéfica entidad recaudadora se sirva establecer.

Sirva este relato de advertencia para otros potenciales contribuyentes, a quienes la experiencia en cuero ajeno debería servirles para mantenerse lo más lejos posible del peligro. Si pagamos impuestos, al menos que sea para nuestros inefables políticos. Si hasta dan ganas de ponerse nacionalista y proclamar: que los chinos les cobren impuestos a los chinos.



2 Comentarios

Dejar respuesta