El fin de los barones

La hegemonía de los barones del conurbano da señales de estar agotándose. Su poder para ganar elecciones y ungir presidentes aparece en retroceso frente a la universalización de derechos, las nuevas tecnologías de la información y el surgimiento de alternativas electoralmente competitivas.

Por Nicolás Solari
Analista Senior en Poliarquía Consultores

Tatiana Graziano
Lic. Ciencias Políticas (UTDT)

Analista de Poliarquía
Victoria García Labari

Lic. Relaciones Internacionales (USAL)



Analista de Poliarquía

barones1Desde la intempestiva irrupción de Juan Domingo Perón en la escena política, la democracia argentina late al compás del peronismo. Ya sea en el ejercicio de la presidencia, en la oposición, o lisamente proscripto, el justicialismo no ha dejado nunca de ser el eje ordenador de la política argentina. Tal relevancia responde a la naturaleza flexible de su corpus doctrinal, que se enfoca esencialmente en las prácticas para aprehender y ejercer el poder, y a su empatía con los sectores populares a los que manifiesta reivindicar.

Los avatares de la historia han hecho que el peronismo gobierne el país durante 24 de los últimos 32 años. Cuando el justicialismo ha debido actuar de oposición, como le sucederá a partir del 10 de diciembre, el conurbano bonaerense ha obrado como la plataforma desde la cual el PJ ha condicionado al poder central. Rodeando la Ciudad de Buenos Aires, asiento del Gobierno nacional, se extiende este ejido urbano de diez millones de habitantes, altos niveles de desigualdad y pobreza, y primacía de caudillos peronistas que, por su persistencia en el poder, han ganado el nobilísimo título de barones del conurbano.

barones2La hecatombe electoral que significó para el peronismo la elección de Mauricio Macri como presidente no fue menor a la que representó la derrota en la Provincia de Buenos Aires ante María Eugenia Vidal, una dirigente de amplios dotes políticos pero exigua experiencia en el distrito. Los otrora todopoderosos barones del conurbano también sufrieron el castigo de las urnas y mucho de ellos cayeron derrotados en sus alguna vez inexpugnables terruños. Hugo Curto (24 años en Tres de Febrero), Raúl Othacehé (24 años en Merlo), Jesús Cariglino (20 años en Malvinas Argentinas) y Luis Acuña (12 años en Hurlingham) fueron despojados de sus baronías en un proceso de renovación política que tiene pocos antecedentes en el conurbano.

A partir del 10 de diciembre, 12 intendentes continuarán en su cargo, 1 retorna al poder (Mario Ishii, en José C. Paz) y 11 asumirán por primera vez la conducción municipal. Tal vez parezca poco, pero es una tasa de renovación alta para un conjunto de municipios donde la reelección es la regla más que la excepción.

De hecho, si se analiza la tasa de reelección de los intendentes del conurbano desde la década del ‘80 se observa que la proporción de reelecciones municipales consecutivas de este año fue la más baja desde 1987, cuando la Provincia de Buenos Aires y muchas de sus intendencias volvían a control peronista tras el breve dominio radical del reverdecer democrático.

 Nicolas solari

Sin contar a los intendentes que asumen por primera vez el próximo 10 de diciembre, el conurbano ha tenido hasta el momento 81 jefes comunales, de los cuales 49 lograron al menos una reelección y algunos han batido la insólita marca de seis consecutivas. Es el caso de Alejandro Granados en Ezeiza, Julio Pereyra en Florencio Varela, Alberto Descalzo en Ituzaingo, Manuel Quindimil en Lanús, Raúl Othacehé en Merlo, Hugo Curto en Tres de Febrero, y el radical Enrique García en Vicente López.

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El patrón reeleccionista es tan marcado en el conurbano como la pertenencia peronista de sus intendentes. De los 92 jefes comunales que han sido electos en estos 32 años, 67 de ellos (lo que equivale al 73%) adscriben al peronismo, mientras que 21 (el 23%) se identifican con la UCR o el PRO y 4 con agrupaciones vecinales independientes de los partidos nacionales.

La preeminencia de los intendentes justicialistas se observa también en la escasa alternancia partidaria que caracteriza algunos distritos. Por caso, en Berazategui, Ezeiza, Florencio Varela, Hurlingham, Ituzaingó, La Matanza, y Merlo nunca gobernó un intendente no-peronista. En Esteban Echeverría, Lanús, Lomas de Zamora, Moreno, San Fernando, José C. Paz, Malvinas Argentinas y San Miguel el peronismo solo perdió una elección municipal, y en Almirante Brown, Morón y Tres de Febrero apenas dos. El caso contrario se da únicamente en los municipios de San Isidro y Vicente López, donde el peronismo nunca logró ganar elecciones y sus respectivos intendentes pertenecieron históricamente a la UCR y en la actualidad al colectivo Cambiemos.

Aunque es pronto para aventurarlo, la hegemonía de los barones del conurbano da señales de estar agotándose. Su poder para ganar elecciones y ungir presidentes aparece en retroceso frente a la universalización de derechos, las nuevas tecnologías de la información y el surgimiento de alternativas electoralmente competitivas. El golpe de gracia a los barones del conurbano podría llegar sin embargo desde los despachos de la legislatura provincial, donde varios proyectos de ley esperan poner fin a la reelección indefinida. El ancien régime de las baronías cruje y en su agonía hay una nueva oportunidad para la democracia y sus ciudadanos.

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