El capricho final

Se trata de un acto ceremonial que debe ser decidido por el nuevo presidente ya que, al momento de practicarse, ya habrá jurado ante el Congreso y, de ninguna manera puede serle impuesto por un ciudadano común, por encumbrado que haya sido hasta minutos antes de este magno acto.

Por Gonzalo Neidal
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2015-12-03_FELLINI_CRISTINALo hemos admirado durante décadas pero ahora sabemos la verdad: Federico Fellini tenía una imaginación más bien módica. Nos deslumbraba con sus ocurrencias a la vez que aterrorizaba a sus financistas con sus caprichos descomunales pero jamás hubiera podido siquiera vislumbrar una situación como la que está creando nuestra inminente ex presidenta en torno del bastón presidencial.

Cualquier estudiante de primer año de psicología podría explicar con sólidos fundamentos que estas volteretas de la presidenta para entregar los atributos del poder significa una resistencia a abandonar el cargo. De ahí se deduce una ausencia de aceptación de su condición de presidenta con mandato de inaplazable cumplimiento. Y un desdén por la democrática decisión popular que designó a Mauricio Macri como nuevo Presidente de la Nación Argentina.

Pero estos deseos inconscientes (¿inconscientes?) serían apenas un guiño pintoresco si no estuvieran en mano de Cristina. A ella ¡qué noticia! le cuesta abandonar el poder y está dispuesta a hacer, hasta última hora, escenas dignas de Alberto Vaccarezza. Porque, convengamos, estos mohines de la casi ex presidenta son patéticos y derrapan hacia cuadros más apropiados de El Conventillo de la Paloma que del adusto protocolo que debe regir la transmisión de mando de una república democrática y seria.



Cristina quiere entregar los atributos del poder, que son simbólicos pero importantes, en el Congreso de la Nación. Se trata de una infracción al protocolo habitual, que ya practicaron ella y su difunto marido en ocasión de sus respectivas asunciones.

Se trata de un acto ceremonial que debe ser decidido por el nuevo presidente ya que, al momento de practicarse, ya habrá jurado ante el Congreso y, de ninguna manera puede serle impuesto por un ciudadano común, por encumbrado que haya sido hasta minutos antes de este magno acto.

Pero Cristina no ceja. Quiere hacerle pasar un mal momento a Macri. Quiere demostrarle su poder y su perfidia hasta el momento mismo en que el nuevo presidente asuma el mando y ella cese tras doce años de ejercicio.

Si este capricho parecía ya desopilante y aún gracioso, en las últimas horas se ha agregado un ingrediente que ya pasa de castaño oscuro: el prestigioso orfebre que esmeradamente elabora el bastón de mando que han lucido los presidentes desde 1983, Juan Carlos Pallarolls, ha denunciado amenazas por parte del gobierno si no realiza la entrega de su obra en el Congreso de la Nación, tal como lo desea la despechada Cristina Kirchner. Luego vinieron las disculpas y su aceptación. Pero la amenaza existió.

Es el límite donde lo pintoresco torna patético.

Mauricio Macri tiene dos opciones. Una, ceder ante el desplante adolescente de la presidenta. El razonamiento que podría llevar a esta actitud se vincula con los buenos modales. Macri podría pensar que se trata de un capricho estúpido e insustancial, cargado de resentimiento, y que él, como presidente, debe encargarse de los verdaderos problemas del país, que no son pocos.

La otra actitud, la que nos parece más adecuada para esta circunstancia, consiste, simplemente, en comenzar a ejercer el poder. Es él y ningún otro el que debe decidir dónde recibe los atributos simbólicos del poder: la banda presidencial y el bastón de mando.

Se trata de un acto inicial de su gobierno. Y tiene elevado contenido simbólico. Nadie está por encima del poder presidencial, fuera de lo que prescribe la Constitución Nacional. El pueblo argentino le ha conferido el poder a Macri para que lo ejerza. Y debe hacerlo. De ningún modo debería dejar que su investidura nazca con la mácula histérica de una mujer que clama por ser analizada, no a la luz de la Politología, sino de la Psiquiatría.

La marca del resentimiento de los que se van no es un buen comienzo para ningún gobierno.



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