No lo ayuden más a Scioli

Por Pablo Esteban Dávila

ilustra luisa XXIEs muy probable que las continuas interferencias de Cristina Fernández hayan causado una fuga de votos moderados desde la fórmula del Frente para la Victoria. Es seguro que la candidatura de Aníbal Fernández también ayudó (y mucho) a que el desempeño de Daniel Scioli no fuera el esperado, especialmente en la provincia de Buenos Aires. Tampoco colaboraron mucho los integrantes de Carta Abierta y Hebe de Bonafini, impulsores del voto – nariz, que es aquél que se emite tapándose las fosas nasales. Definitivamente, con aliados como esos uno preferiría tener más enemigos.
La lógica autodestructiva del movimiento nacional y popular es, si se quiere, ditirámbica. Tiene un candidato al que su líder máxima en el fondo desprecia. Lo único que recibe del oficialismo son zancadillas, especialmente cuando está en medio de la campaña electoral. La Cámpora –guardia pretoriana de la presidente– ama a Zaninni, pero no al verdadero protagonista de las elecciones. Es un combo digno de un faquir antes que de un político que pretende ser presidente.
Para colmo, la presidente no escarmienta. Lejos de evaluar críticamente el impacto de sus cadenas nacionales en la campaña, insiste en actos políticos en lo que se trasunta es que ella es la verdadera candidata, aunque no figure en la boletas. Por supuesto, esta apariencia no viene sola. A modo de una elección paralela, en donde no existen competidores, Cristina habla urbi et orbi, con mayestática prescindencia de lo que necesite u opine el postulante formal del Frente para la Victoria. Todo muy loco, digna de la Armada Brancaleone.
Ayer se despachó con un evento en la Casa Rosada que estuvo pletórico de definiciones, algunas simpáticas, otras para la tirria. Pero se olvidó, precisamente, de invitar a Scioli, el presunto beneficiario de sus monsergas. Los motivos son desconocidos pero se presumen abiertamente: simplemente no lo aguanta. O, lo que podría ser más preciso, porque no soporta que otro se diga el abanderado de la supuesta epopeya que tanto Néstor como ella misma habrían llevado adelante.
Afortunadamente, el evento presidencial no tuvo el agravante de la Cadena Nacional, verdadero suplicio institucional con el que tortura a los opositores, divierte a la Cámpora y mal dispone a los argentinos en general. Sin embargo, mantuvo la tónica autorreferencial a la que nos tiene acostumbrados. Anunció que “iremos al balotaje” y que “los nombres no importan, importan las políticas de Estado”, pero no invitó a quién efectivamente disputará la segunda vuelta y que debería llevar adelante sus políticas de Estado. Tampoco lo nombró en ninguna ocasión.
Es seguro que no fue un olvido. Porque podría haber obviado la invitación de Aníbal (el verdadero mariscal de la derrota) o de Amado Boudou (el vicepresidente de cotillón), pero prefirió hacerlo con el bueno de Scioli a quién, en su interior, sindica como el responsable del crecimiento de “la derecha” que encarna Mauricio Macri, a quién dijo respetar “en general” y, especialmente, porque le gusta bailar en los actos como a ella. Sorprendente coincidencia en la estratósfera de la ideología.
También es interesante destacar que, así como un Perón ya anciano dijo, a las vísperas de su muerte y del previsible vacío de poder que esta generaría, que “mi único heredero es el pueblo”, Cristina no deja de transmitir el mensaje sobre que sólo ella puede cuidar del modelo y que los demás sólo podrían intentarlo, aunque da por descontado que no tendrían mayor éxito en sus empeños. Para que no quedasen dudas sobre esta profecía sentó a su lado a Axel Kicillof y Alicia Kirchner, dos genuinos guardianes de una transformación que ya nadie reconoce como tal, a excepción de quienes han logrado cierta prosperidad política (y también económica) de tanto repetir sus bondades.
Eso sí: la velada estuvo acompañada de una fuerte dosis de cinismo, aunque disimulada detrás de una gruesa pátina de logros llorosos. Por ejemplo, la presidente recomendó, para felicidad de su público, que “los debates deberían ser acompañados con videos de posiciones anteriores. Deberíamos poder preguntarle a cada candidato que hiciste con los buitres, YPF, Aguas Argentinas… dónde estaban cuando decidimos la re-estructuración de la deuda, o cuando decidimos en Mar del Plata decirle no al ALCA”, dado que “te podés arrepentir vos, pero se jodieron los 40 millones de argentinos”. Y está muy bien que le pregunten a cada candidato, porque tanto ella como su esposo efectivamente acompañaron la privatización de YPF, Aguas Argentinas y las grandes políticas de los ’90. De hecho, Domingo Cavallo era siempre bienvenido a Santa Cruz, el origen de toda esta épica. Menos mal que Cristina, a su pesar, no es candidata. Nadie le podrá preguntar todo esto en ningún debate. Tampoco ayudaría que se lo hicieran con el candidato nominal de su espacio, ayer ausente. Él, mucho más que Macri, estuvo al lado de Carlos Menem en todas aquellas decisiones.
Tampoco hubo autocrítica ni, claramente, humildad. En un momento de sus intervenciones (habló tres veces con breves hiatos entre cada una) confesó que “cuando me voy a casa no quiero ver que se desmorone lo que nos costó años”, recomendando “que cada uno piense cómo estaba en 2003 y como está hoy”. El Estado es Cristina, una suerte de Luis XIV postmoderna. El único problema para reconocer la inmutabilidad de estos prodigios es que casi el sesenta por ciento (Macri más Massa) acaba de votar por propuestas que sostienen que lo que pudo haberse construido ya se derrumbó. Si costó años construir algo, cada vez son menos los que se preocupan para que se mantenga en pie. Da la impresión que los logros supuestamente conseguidos fueron sepultados, sucesivamente, por el autoritarismo, la corrupción, la impericia y las arbitrariedades de sus propios arquitectos. Tampoco vale seguir batiendo el parche con el 2003. Si vamos a comparar, los indicadores de 1998 (¡oh, la década maldita!) eran bastante mejores a los que ahora se nos dice que disfrutamos con tanto descaro.
La presidente insiste en mantener las cosas como están, pese a que ya nadie crea que pueda ni valga la pena hacerlo. Envía, a través de todos los medios posibles, un mensaje a su candidato: si te apartás del libreto, fuiste. El problema es que cada vez más electores quieren apartarse del modelo y de todo aquél que insista en profundizarlo. Es la extorsión interna –el fuego amigo– que tuvo, tiene y tendrá Scioli hasta el 22 de noviembre, fecha en que se verá de qué cuero salen más correas. “¡Por Dios, que Cristina no me ayude más!”, suplica para sus adentros. Vana esperanza: el candidato es el modelo. Si él pierde, el modelo se salvará en el recuerdo de Néstor, la Cámpora y las mieles de la década ganada que, inexorablemente, también se convertirán en recuerdo.