PRO puede redefinir el sistema de partidos

Por Carlos Gervasoni
Profesor en el Departamento de Ciencia Política de la UTDT

buenos-aires-el-bnker-d_435358Tres veces la provincia de Buenos Aires puso límite a las ambiciones hegemónicas del kirchnerismo. Primero en 2009 derrotando, vía Francisco de Narváez, al propio Néstor Kirchner (que obtuvo el 32% de los votos). Luego en 2013 enterrando, vía Sergio Massa, la posibilidad de una segunda reelección (el FpV obtuvo nuevamente el 32%). Finalmente, el domingo pasado, otorgándole un apoyo inusualmente débil al candidato presidencial del PJ (y gobernador de la provincia) Daniel Scioli (37%) y, más crucialmente, negándole, vía María Eugenia Vidal, el gobierno provincial (Aníbal Fernández y Martín Sabbatella obtuvieron el 35% de los votos, bien por debajo de la peor marca anterior del justicialismo, el 40% de Herminio Iglesias en 1983).
Que la principal provincia del país cambie de signo político por primera vez en 28 años es sin duda un hecho político de primera importancia. Menos evidente pero igualmente cierto es el enorme potencial transformador de la política argentina que este hecho implica. Enfatizo tanto “enorme” como “potencial”.
Ocurre que, sin que se note demasiado, el PJ se ha periferalizado agudamente en los últimos años. La coalición electoral y legislativa del kirchnerismo ha sido aún más periférica y de “bajo mantenimiento” (esto es, basada en distritos pequeños, legislativamente sobre-representados y fáciles de “comprar”) que las de versiones anteriores del justicialismo. Si cuando Menem fue reelegido en 1995 obtuvo en promedio un 8% más de votos en las 18 provincias “periféricas” que en las 6 centrales (las pampeanas y Mendoza), Cristina fue reelecta en 2011 con un 18% de diferencia promedio, obteniendo bastante menos del 40% en la CABA, Córdoba o Santa Fe, pero el 70% en Formosa y el 80% en Santiago del Estero.
El éxito de este desequilibrado patrón electoral territorial, sin embargo, dependió críticamente de una parcial pero importantísima excepción: la provincia de Buenos Aires. Allí el “aparato” del PJ, la popularidad de alguna figura (Duhalde en 1991 y 1995; Scioli en 2007 y 2011) y la fragmentación de la oposición (consecuencia de la crisis de la UCR provincial) permitieron al partido mantener un dominio que no logró en el resto de las provincias del centro.
Sin el control de la provincia de Buenos Aires (y de muchos municipios perdidos a manos de Cambiemos), sin los recursos materiales y simbólicos del segundo gobierno más importante del país y sin mayorías claras en ese 38% del electorado, el PJ es otro PJ. Y, claro, el PRO es otro PRO.
No sabemos lo central, quién ejercerá la presidencia a partir del 10 de diciembre. Pero de una forma u otra sin Buenos Aires el PJ será más que nunca un conjunto variopinto de retazos provinciales. El gobierno más importante que seguro controlará –el de Córdoba– está en manos de una facción disidente (que maniobró exitosamente para sobrevivir en el distrito más antikirchnerista del país). Las otras doce gobernaciones del PJ estarán encabezadas por líderes tan diversos como Alicia Kirchner, Gildo Insfrán, Alberto Rodríguez Saá, Juan Manuel Urtubey y Carlos Verna. El resto del país será un multicolor mapa de PRO (CABA y Buenos Aires), UCR (Corrientes, Jujuy y Mendoza), Socialismo (Santa Fe) y, en cinco provincias, partidos y alianzas locales de difusos y cambiantes alineamientos nacionales.
Vuelvo al “enorme” pero “potencial” impacto transformador de una Buenos Aires no justicialista. Ocurre que el triunfo de María Eugenia Vidal podría reconfigurar y reequilibrar el sistema de partidos si el PRO –sólo o con aliados– logra aprovechar esta inusual coyuntura para convertirse en un auténtico partido nacional. La ausencia de un partido nacional no peronista desde la debacle radical de principios de siglo ha marcado a fuego a nuestro sistema político. El PRO, a cargo de los dos gobiernos subnacionales más visibles y con más recursos del país, tiene una rara ventana de oportunidad para tener éxito donde la UCeDé, el Frepaso, Acción por la República y ARI, entre otros, fracasaron. Al igual que estos, el PRO es hasta ahora una fuerza territorialmente acotada, lo cual se refleja en su acentuada debilidad legislativa. Aún luego del “batacazo” del domingo, el partido de Mauricio Macri contará con apenas el 16% de los diputados nacionales y el 7% de los senadores nacionales.
PRO, sin embargo, es diferente a sus fallidos predecesores. Es una construcción de más de una década, que ha crecido lenta pero sostenidamente, que ha obtenido experiencia y logros de gestión y, no menos importante, que parece haber decidido convertirse en un partido “de verdad”, esto es, en una organización de dirigentes, funcionarios y militantes coherente, razonablemente programática y portadora de una “marca” reconocible y valiosa. Los esfuerzos del PRO en este sentido se han manifestado en su ya importante organización interna, en la prioridad dada a los equipos técnicos y al diseño de programas de gobierno (vía la Fundación Pensar), en su activa escuela de formación de dirigentes, en una comunicación estratégicamente planificada y profesionalmente ejecutada, y en la decisión de evitar una excesiva personalización. Si el partido y Macri eran la misma cosa hace 10 años, hoy el PRO tiene un rico desarrollo de dirigentes con peso propio. Gabriela Michetti, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal son ya figuras nacionales, y muchos otros legisladores, funcionarios, líderes territoriales, profesionales e intelectuales son parte importante del partido. El lado débil de esta fortaleza está, por supuesto, en su concentración territorial.
Este desarrollo gradual y planificado del PRO como partido y no meramente como un vehículo electoral coyuntural de Mauricio Macri, sumado al enorme potencial político que el gobierno de la provincia de Buenos Aires representa, podría conducir a la formación de un partido nacional “de verdad”. Obtener la presidencia el 22 de noviembre cambiaría radicalmente el juego y lo haría mucho más fácil, pero aún sin ella el PRO tendrá esa ventana de oportunidad para seguir creciendo hacia el interior del país, para continuar institucionalizándose y para eventualmente convertirse en un jugador nacional que (como el PJ o cualquier partido institucionalizado en otros países) no necesita del gobierno nacional para sobrevivir. Mucho dependerá de factores fuera del control de los dirigentes (como las condiciones económicas y fiscales que enfrentará la provincia de Buenos Aires, la principal perjudicada de la coparticipación federal), pero mucho dependerá también de la acción estratégica y coordinada de Mauricio Macri, Gabriela Michetti, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, que a partir del 10 de diciembre serán (aún si el PRO no gana la presidencia) los actores centrales del partido y su cara más visible frente al electorado. Y será especialmente importante que el partido tenga y aplique reglas claras para elegir autoridades, tomar decisiones colectivas y procesar los inevitables desacuerdos internos.
Los demás también juegan, claro. Lo que haga el PJ (y también la UCR y otros partidos) condicionará al PRO y será condicionado por el PRO. Existe la posibilidad de que el PJ pierda buena parte de la hegemonía electoral y territorial del último cuarto de siglo. Sin el efecto unificador de la presidencia, el partido podría pasar por muchos años turbulentos y conflictivos. No será fácil coordinar política y electoralmente a Cristina, Massa (si regresara al PJ), Aperovich, De la Sota, Insfrán, Larroque, Moyano, Randazzo, Rodríguez Saá y Urtubey. Este colorido listado muestra que el PJ es hoy, tanto como en el pasado, un partido de políticos mayormente carreristas con nulo cemento programático. Con la presidencia quizás pueda prolongar la ficción de la “unidad del partido”, pero las condiciones de mayor fragmentación interna, debilidad legislativa y endeblez macroeconómica que afrontaría un Scioli presidente sugieren que el peronismo podría, aún en ese caso, enfrentar las mencionadas turbulencias.
Detrás de estas especulaciones hay seguramente algo de wishful thinking. Quienes anhelamos vivir en una democracia liberal basada en partidos institucionalizados y programáticos hemos visto con recelo la hegemonía electoral del PJ, sus alevosos bandazos ideológicos (bien representados por el ex menemista Scioli) y su consistente asociación con el culto de la personalidad, los desbordes institucionales, el clientelismo y la corrupción. Y hemos presenciado con desolación la incoherencia y oportunismo de la UCR post-2001, que puede tanto aportarle un vicepresidente a Cristina como apoyar a De Narváez o aliarse con el PRO sin sentir que haya algo para explicar al electorado.
La especial coyuntura que afronta el PRO y la muy peculiar situación del PJ abren la puerta a la mencionada reconfiguración. Si esta ocurriera, iría idealmente acompañada de un reequilibrio, esto es, de una aproximación a un escenario en que compiten dos o más partidos o coaliciones de fortaleza comparable y que ofrecen opciones programáticas claras y consistentes a los votantes (como ocurre en Alemania, España, Chile o Uruguay, por citar ejemplos familiares). El perfil suavemente programático del PRO y el énfasis en propuestas sobre orden y seguridad de la campaña de Sergio Massa indican algún movimiento en este último sentido.
El “error no forzado” de Cristina –impulsar la inexplicable (aún con el diario del viernes) fórmula Fernández-Sabbatella– abre una puerta. La política es demasiado impredecible como para saber si alguno de los escenarios que se avizoran en este artículo ocurrirá aunque más no sea aproximadamente. Pero ciertamente está la oportunidad, y también las lecciones de la historia. Los “terceros partidos” han sido especialmente vulnerables a la cooptación por parte de los dos principales (por ejemplo la UCeDé), al personalismo, que ata su suerte a la fortuna política de una figura excluyente (por ejemplo Acción por la República), y a escándalos de corrupción que son especialmente dañinos para los partidos de la “nueva política” (por ejemplo el Frepaso). Evitando estos y otros peligros el PRO podría constituirse en el muchas veces anunciado pero nunca concretado “tercer partido” nacional, y desde allí proveer incentivos al resto de los actores para reordenarse en un sistema más institucionalizado, más programático y más equilibrado. Las democracias funcionan notablemente mejor en tales contextos institucionales.
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