Continuidad o cambio, la simplificadas ofertas para el domingo

Por Daniel V. González

ilustra scioli massa y macri calesitaLa necesidad electoral de algunos candidatos y probablemente también la simplificación, quizá con fines didácticos, de una franja del periodismo, insisten en presentar estos comicios presidenciales como una puja entre “continuidad” y “cambio”.
Naturalmente, quienes votan por Daniel Scioli son los que desearían continuar con los aspectos más sustanciales de la política kirchnerista y los otros candidatos, especialmente los que llegan a los comicios con reales chances electorales, representarían el cambio. La continuidad o el cambio serían, según esta visión, la gran disyuntiva que se dirime el domingo próximo, por encima de toda otra consideración.
En todo caso, depende de lo que se entienda por la palabra “continuidad”. Decimos esto porque, con el relevo presidencial y aun cuando se verifique el triunfo del candidato oficialista y aun cuando éste se empecine en mostrar su plena coincidencia con el gobierno de Cristina Kirchner, es inevitable que se produzcan cambios. Incluso cambios importantes.

Llegar como sea
La economía es uno de los capítulos importantes en los que inexorablemente habrá de darse vuelta la hoja para iniciar una nueva etapa, una nueva política.
Desde el comienzo de su segundo mandato en 2011, Cristina viene impulsando una política de parches, con abundancia de medidas provisorias estiradas a lo largo del tiempo, lo que ha derivado en una manifiesta acumulación de tensiones, con peligro de sacudones.
La presidenta había prometido una “sintonía fina”, modo delicado de denominar a las necesarias correcciones que ya entonces se insinuaban como inevitables.
En la lista de las distorsiones acumuladas en ese momento ya se vislumbraba el atraso cambiario, el volumen de los subsidios y su direccionamiento, las cuentas pendientes en el CIADI, el Club de París, Repsol y los holdouts. El cálculo del gobierno consistía en arreglar con pocos dólares y muchos bonos estas deudas y así poder restablecer el vínculo con el mercado mundial de capitales para tener fondos disponibles y transitar tranquilo el último tramo del gobierno. Todo venía bien. Se arregló con mano blanda con el Club de París, se firmaron algunos acuerdos con el CIADI y sin discutir mucho, se le pagó con bonos a Repsol. Pero con los holdouts llegaron los problemas. O, mejor dicho, con la justicia de EE.UU., que no cede ante la demanda de las necesidades políticas. Tampoco el presidente Obama estuvo dispuesto a interceder por un gobierno que se jacta de provocar permanentemente al más importante país del concierto internacional.
La baja de los subsidios también fue tímida. Comenzaron con un ajuste en el gas pero, ante las quejas de los usuarios, lo retiraron inmediatamente. Luego intentaron hacer lo mismo con la energía y también retrocedieron. Apenas si se animaron a abrir un registro de renunciantes voluntarios al subsidio, al que se sumó un puñado de funcionarios deseosos de hacer mérito y demostrar qué buenos ciudadanos son.
Ante las dificultades en todos los frentes (los ajustes nunca son sencillos), el gobierno se relajó y tiró la chancleta. Cambió de estrategia. Optó por el camino de hacer una devaluación del 30% (enero de 2014) y llegar como fuere a diciembre de 2015. Esto significa: gastar más, emitir para cubrir el déficit, retrasar el tipo de cambio, subir la inflación y, lo más importante, acumular tensiones en toda la economía, que constituyen una verdadera bomba de tiempo para el que asuma en diciembre.

Cambios inevitables
En las circunstancias actuales, los cambios económicos se anuncian como inevitables, cualquiera sea el candidato que finalmente triunfe.
La pretensión de que la economía puede ser manejada con cintura política excluye situaciones como la actual, salvo que quiera apuntarse hacia Venezuela. Y ninguno de los tres candidatos con posibilidades de triunfo marcha en esa dirección.
Pero hay muchas cosas más que inevitablemente van a cambiar.
Muchas son de estilo pero no por ello pueden ser consideradas menores.
El acoso a la Justicia, la pretensión de manejar a los jueces, sancionar a los díscolos y perseguir a los independientes, seguramente cesará. Estos días se conoció la postergación del ascenso de una hija de un juez que no sintoniza con el gobierno. Esta barbarie también terminará con el cambio presidencial.
Algo que también cesará es la pésima relación con los productores agropecuarios. Cristina nunca superó la crisis de los inicios de su primer gobierno. Toda la política posterior hacia el agro se fundó en aquel conflicto, con claro espíritu vengativo. Con los industriales las cosas tampoco fueron amables. Téngase en cuenta que el sector más beneficiado por este gobierno ha sido el financiero cuya rentabilidad ha sido la más alta de toda la economía.
De tal modo, los cambios que se vienen parecen inevitables, cualquiera sea el que triunfe. Sólo habrá una diferencia de estilos y matices, que puede ser muy importante pero que de ningún modo harán a lo sustancial. Creemos que hay firmes motivos para tener una visión esperanzada del futuro respecto de la voluntad armonizadora y no confrontativa de quien pueda asumir la presidencia. Un empecinamiento en el camino actual, ya lo dijimos, conducirá a una situación como la de Venezuela.
Quedan como incógnita los verdaderos datos de la situación económica nacional. Este gobierno, que finalmente se va, ha mentido y ocultado toda información sensible y es probable que las reservas, cuentas del Banco Central y otros aspectos de las cuentas públicas estén más descarrilados de lo que hasta ahora se ha hecho evidente.
Pero la retirada de los que ahora se van, ya es de por sí una gran noticia para el país.