Principios

DIAPASON1

Por Gonzalo Neidal

Al momento de los comicios siempre existe alguien que vota conforme a sus “principios”.

Generalmente lo hace por algún partido menor, sin chance electoral alguna. Un partido que exhibe orgulloso la virtud de no haber robado nunca, lo cual es cierto, como también es cierto que nunca ha gobernado.



Al votante principista no le preocupa excesivamente el futuro del país, el destino nacional o cosas por el estilo, aunque lo repita hasta la afonía.

Lo que más le importa en el mundo es que en ningún asado nadie pueda decirle “vos lo votaste”, señalando a algún presidente que enfrenta dificultades. Eso es lo peor que podría pasarle porque, el que vota de acuerdo a sus principios, ya se sabe, no se equivoca nunca.

Los “principios”, que nunca se definen con precisión, los lleva a votar a partidos que se desvelan por los pobres. Eso no está mal, claro. Es lo que corresponde. Eso le permite dormir tranquilo cada noche, seguro de haber contribuido, con su voto, a la justicia universal.

El principista nunca votó ni votará a los malos; siempre a los buenos.

Nunca a los que gobiernan; siempre a los que se quejan desde la oposición.

Nunca a los que hablan de los problemas concretos y cotidianos; siempre a los que proponen fórmulas generales que sirven tanto para la revolución social como para la tos convulsa.

El principista siempre es fiscal. Siempre acusa. Siempre ve fácil la solución de los problemas.

El principista finge ignorar que su voto impoluto, en realidad, termina sumando en la cuenta de los que él dice no querer votar.

Termina entronando a quien dice abominar.

Pero, en el fondo, eso le conviene. Le abrirá el camino a pronunciar su frase preferida, la que le concede un aire de superioridad intelectual e incluso de infalibilidad.

Su frase dilecta no es otra que “¿Viste? Yo te lo dije”.