¿Existe un sciolismo anti K?

Por Pablo Esteban Dávila

DYN27.JPGQue la confesión de Francisco de Narváez (“Estoy decidido a votar por Daniel Scioli”) es bochornosa no hay dudas. El empresario ha cultivado desde hace tiempo un perfil anti kirchnerista como los hay pocos. Tiene en su haber el mérito de haber derrotado al mismísimo Néstor Kirchner –acompañado del propio Daniel Scioli– en las elecciones legislativas de 2009 y, más recientemente, de haber integrado el grupo opositor “los 4 de Córdoba” junto a José Manuel de la Sota, Hugo Moyano y Roberto Lavagna. A tal punto llegó su prestigio como opositor que, en algún momento, cierto sector de opinión llegó a considerar que la cláusula de la Constitución que exige ser “argentino nativo” para ocupar la presidencia de la Nación debía ser reinterpretada a la luz de las posibilidades de este nuevo rock star, desafortunadamente nacido en Colombia.
Este linaje hace que la voltereta que hoy protagoniza resulte inexplicable. Además, y a diferencia de tantos otros, De Narváez no necesita un cargo público para seguir viviendo. El dinero es lo que le sobra. Si ahora decide que Scioli es el hombre a seguir, en realidad lo hace porque lo obnubila el poder y porque, en su esencia profunda, considera que la competencia política no merece la pena cuando no existen chances de triunfar. Todo un ejemplo para futuras generaciones.
Lo llamativo es que, como político, De Narváez podría calzar –desde el punto de vista estético– tanto con Scioli como con Sergio Massa (de quién se alejó en los últimos meses) o con Mauricio Macri. De lejos nadie podría adivinar cuáles son las diferencias que realmente los dividen. Con el jefe de gobierno porteño sostuvo, precisamente, múltiples y privadas conversaciones que nunca fructificaron, especialmente porque habría alguna cuestión personal que los separaría por sobre cualquier coincidencia programática. Esta preferencia por el politeísmo político desnuda las verdaderas convicciones de este tipo de dirigentes: tecnócratas que reducen la vida pública a una cuestión de costo – beneficio egotista.
Claro que De Narváez no estaría de acuerdo con esto, un poco por cinismo y otro tanto porque sinceramente piensa que no es tan grave. Dentro de su escala de valores, probablemente sienta que estar con Massa o con De la Sota no es del todo excluyente a estarlo con Scioli: al fin y al cabo, todos dicen ser peronistas. Lo que probablemente consideraría excluyente es estar al lado de alguien de La Cámpora o apellidado Kirchner, un extremo que supone alejado (cuando no contradictorio) del justicialismo bien entendido.
Convéngase que, en este punto, el hombre podría tener un silente acuerdo en múltiples actores. El escenario político muchas veces da la sensación que existe una pléyade de dirigentes peronistas a quienes lo único que les interesa es quitarse el yugo ideológico que supone aquél setentismo incoherente e intoxicado que persiguen Cristina Fernández y sus adláteres. Para algunos de aquellos, la mejor forma de terminar con esta usurpación simbólica es a través de la acción política opositora (como lo es el caso de Massa y De la Sota), mientras que, para otros, significa apoyar a Scioli y tolerar su fingido alineamiento por un tiempo determinado.
Entre este último conglomerado podría contarse, por supuesto, al converso De Narváez, pero también a otros dirigentes plenamente institucionales. Tómese el caso del gobernador de Salta. Juan ManuelUrtubey viajó a Washington con el propósito de dar señales al establishment financiero que, en un hipotético gobierno de Scioli, la hostilidad argentina hacia los fondos buitres quedaría en el pasado. Esto es anti oficialismo explícito, más allá de la elusiva retórica de los implicados en la traición. Otros gobernadores (como SergioUribarri, de Entre Ríos o José LuisGioja, de San Juan) ya imaginan un peronismo sin la odiosa tutela de Cristina. El propio candidato del Frente para la Victoria arroja al aire, con estudiada cadencia, algún mensaje de emancipación, aunque más no sea a través de la hipérbole de sus futuros ministros. Todos parecen estar confluyendo en una utopíapost kirchneristaque, por ahora, permanece envuelta en el suspenso de una mano de truco, pero cuyos jugadores conocen el contenido de las señas con que se están comunicando.
Si este análisis fuera el correcto, el panquequismo de tal o cual dirigente haría las veces de anticipador del escenario por venir dentro del peronismo. ¿Estamos a las puertas de un sciolismo anti K, de la misma manera que existió (y que todavía hoy existe) un kirchnerismo anti PJ? No sería extraño que este fenómeno se transformara, de triunfar el bonaerense, en la regla antes que una excepción. Aunque ni siquiera el propio Scioli tenga calibrado el momento exacto en que se desacoplará del “amparo” de Cristina, un buen número de sus apoyos históricos y recientes comenzará la maniobra de alejamiento sin pedirle permiso. Para ellos, recuperar el justicialismo oficial es una coartada políticamente correcta, que funciona tanto como repudio al dilatado ninguneo presidencial como cobertura a la cobardía funcional con que supieron manejar sus relaciones –siempre asimétricas– para con la Casa Rosada.
¿Qué pasaría con esta mixtura de peronistas verticales y neo sciolistas de ocasión si su candidato terminase naufragando en las presidenciales? Si lo hiciera ante el postulante del Frente Renovador no habría mayor inconveniente. Con sólo tachar Scioli y reescribir Massa por debajo la dinámica política continuaría más o menos en la misma senda, aunque la purga de elementos camporistas sería instantánea. Otra cosa sucedería si fuese Macri el elegido. Ante la adversidad, el peronismo se refugiaría en su dimensión territorial y, sólo tal vez, Cristina podría tener una voz más potente que la de gobernadores y dirigentes acostumbrados a callar. Algunos, como De Narváez, probablemente recordaran el común origen social con el PRO y se acercaran, como si nada hubiera sucedido, al nuevo gobierno pretextando coincidencias ideológicas y un mismo proyecto para la Argentina.
Pero esto es pura especulación. Lo auténtico, lo real, es que una tendencia opositora alumbra dentro del campamento del Frente para la Victoria. Nutrida por peronistas territoriales y por sciolistas de última hora promete catalizar –en el caso de un gobierno naranja– las contradicciones que anidan desde hace tiempo entre Scioli y sus reticentes mentores K. No debería sorprender que estos referentes operasen, en el futuro inmediato, como adelantados de una ruptura inevitable en caso de llegar al poder. Lo hizo Néstor con Eduardo Duhalde a los seis meses de su mandato; ¿por qué no debería suceder lo mismo con el titular de Villa La Ñata?
Si se quiere, este tendría mejores motivos que aquél para proceder de esta manera. Mientras que el condicionamiento (por llamarlo de alguna manera) que imponía Duhalde a su sucesor no pasaba de una voluntad cardenalicia por influir en trazos gruesos de su administración, la Cámpora y Cristina pretenderán dictarle hasta los decretos al bueno deScioli, ni que hablar de preservar las posiciones de poder que ostentarán al final del actual mandato presidencial. Son, por supuesto, razones poderosas para dar la bienvenida tanto a los peronistas destratados por los K como a los saltimbanquis al estilo De Narváez. Juntos ayudarán a precipitar un quiebre que, de tan anunciado, ya resulta aburrido.