Setenta años de peronismo

Por Daniel V. González

buenos-aires-hace-ya-set_433913En los tramos iniciales de Annie Hall, Woody Allen dice que su vida sentimental ha estado regida por dos chistes. Viene al caso uno de ellos. Relata que dos señoras cenaban en un restaurante. Una le dice a la otra: “¡Qué mala es la comida de este restaurante!”. Y la otra le responde: “¡Es cierto. Y además, las porciones son muy pequeñas!”.
Podríamos agregar que este chascarrillo también ha signado la historia política argentina de las últimas décadas.
De los setenta años transcurridos desde el 17 de octubre de 1945, el movimiento creado por Perón gobernó 35, exactamente la mitad. De tal modo, la Argentina actuales, en sus aspectos más sustanciales, su creación.
La Argentina que tenemos es la que construyó el peronismo. Para bien y para mal. La que moldeó el peronismo en sus diversas versiones.
Pasadas siete décadas, es inevitable levantar la vista y establecer la obvia comparación con países como Canadá, Australia o Nueva Zelanda, que contaban con niveles de desarrollo similares a la Argentina hacia los años 40 del siglo pasado y que hoy se han distanciado de nosotros en forma notable e indiscutible.
El peronismo se nos ofrece en distintas versiones que no son más que distintos momentos en los que, desde el poder, lleva a cabo políticas en algunos casos similares y en otros completamente distintas, si no opuestas, a las que fueron su marca de nacimiento.
Las discusiones acerca de cuál es el “verdadero” peronismo fatigan a analistas políticos y lectores. Peronólogos de izquierda a derecha derraman ríos de tinta y se desgañitan hasta la afonía para explicar que tal o cual es la “genuina expresión” o bien “una versión claudicante” del peronismo, conforme a un parámetro hipotético que nadie acierta a definir con claridad. En definitiva, pareciera que cada una de las versiones alcanza la jerarquía de “verdadero” mientras logre el acceso al poder.
Toda la política argentina de los últimos setenta años ha estado teñida de peronismo. Todos los partidos con inserción popular, de uno u otro modo han ido incorporando ideas, puntos de vista o simples tics del peronismo. Lo “nacional y popular” se ha dispersado al viento y ya forma parte del aire que respiramos. “Peronistas somos todos” es más que una frase pronunciada como exageración humorística.

Peronismo y populismo
En general, los intelectuales peronistas se niegan a aceptar el rótulo de “populismo” para nombrar al movimiento nacido hace setenta años. El único que lo aceptó, sin embargo, lo hizo no para denostarlo sino para aceptarlo y defenderlo en su versión más reciente, la actual.
Es que resignarse a esa denominación quita al peronismo uno de sus rasgos más preciados: su carácter singular y su impronta épica, nutrida por hechos como los de octubre del 45, la irrupción de Eva Perón, su muerte prematura, el exilio del líder, su regreso definitivo.
Da la impresión que los intelectuales del peronismo, incluso los que son críticos aún enérgicos del peronismo de esta última década, sucumben ante la mística del movimiento y, con ello, quedan enredados y se sienten parte de un ideario e incluso del espacio político que ha llevado al país, su economía e instituciones a la degradación actual. Aprecian a Perón como a un visionario, dotado de una mirada anticipatoria sobre la evolución de la economía y la política, que no ha sido debidamente interpretado por sus seguidores actuales que más bien se han nutrido de conceptos del progresismo y la izquierda tradicional, torciendo el rumbo primigenio marcado por su fundador.

Los años gloriosos
Perón asumió el poder en un momento de singular abundancia de recursos en el país. Él mismo ha descripto aquellos años de la posguerra como los de abundancia de oro, que desbordaba los pasillos del Banco Central.
Esa situación permitió políticas de distribución de ingresos, nacionalizaciones, protección arancelaria, crédito barato, promoción del mercado interno, leyes sociales para los trabajadores y otras similares que dieron al peronismo su marca de origen y la pretensión de haber fundado un “nuevo sistema” distante tanto del capitalismo vigente como del socialismo en plena expansión por aquellos años.
Eran tiempos de gloria. El sistema que se proponía funcionaba a las mil maravillas. Los precios agropecuarios eran buenos y, en esos primeros años de gobierno, permitieron financiar la expansión industrial. Sueldos altos mejoraban el consumo, eso estimulaba la industria naciente, ésta tomaba más trabajadores y todos ellos votaban a Perón. Un mundo perfecto y feliz.Pasados los años y mirando atrás, puede verse que Perón no había inventado nada sino simplemente desarrollado y capitalizado el ciclo virtuoso del populismo, aprovechando una situación de holgura inicial para consolidar su poder. Pero pronto se pudo percibir la fragilidad que exudaba el programa en marcha.



Ajuste y derrocamiento
Tras la caída de los precios internacionales de los alimentos y las sequías de comienzos de los ’50, Perón entendió que debía rectificar el rumbo. El protagonismo de un industrial expansivo como Miguel Miranda fue desplazado por el de un adusto Alfredo Gómez Morales, un economista de formación clásica. Un “neoliberal”, para utilizar la denominación actual. El país necesitaba inversiones y knowhow extranjeros. Así surgió la Ley de Inversiones Extranjeras cuya intención manifiesta era ofrecer condiciones apetecibles para el inversor externo. Las radicaciones industriales en la industria automotriz de Córdoba (IKA y FIAT) fueron convocadas por esta ley.
Eran los tiempos, también, de poner un poco de orden en la economía. Parar con las huelgas y la indisciplina laboral y estimular la productividad. En esos años fue que Perón decía que cada argentino debe producir, cuanto menos, lo que consume.
El tema más controvertido fue, sin duda, la convocatoria a la inversión norteamericana para el sector petrolero. El acuerdo con la Standard Oil de California generó resistencia no sólo en la oposición, que tornaba hacia un furioso nacionalismo y enfrentaba a Perón, sino también en el propio peronismo que se resistía a abandonar la prédica nacionalista a la que el propio Perón había dado incluso jerarquía constitucional en 1949.

Exilio y regreso
Los 18 años que siguieron al derrocamiento de Perón en septiembre de 1955 sólo sirvieron para agigantar el mito.
Aún hoy, muchos peronistas atribuyen el retraso relativo del país al hecho de que la Revolución Libertadora interrumpió el camino trazado por Perón, que llevaba al país, inexorablemente, hacia un destino de grandeza.
Con Perón en el exilio, los problemas que había mostrado el régimen peronista en su segundo gobierno, pasaron al olvido. Sólo quedó vivo el recuerdo de aquellos años de prosperidad, crecimiento industrial y alto consumo.
La proscripción era el medio para impedir que el pueblo se reencontrara con su líder y con la felicidad de los años cuarenta. La revolución cubana y el mayo francés alentaban el “luche y vuelve”. América Latina era un hervidero. Velasco Alvarado había tomado el poder en Perú y poco después vinieron revoluciones en Bolivia, Panamá y enseguida Salvador Allende llegaba a la presidencia en Chile. Mientras tanto Estados Unidos seguía hundido en el fango de Vietnam y la guerra fría estaba en su apogeo.
En este clima aparece el terrorismo urbano en la Argentina. La guerrilla es alentada inicialmente por el propio Perón, como un modo de presión hacia el gobierno militar que había derrocado a Illiae instalado a Onganía.
El regreso del líder estuvo signado por la tragedia de un baño de sangre que se preanunciaba. El enfrentamiento de Perón con la “juventud maravillosa” que él mismo había estimulado desde el exilio, fue apenas el preámbulo de una guerra sangrienta.

Los años de Menem
La derrota de 1983 a manos del radicalismo llevó a un replanteo del estilo político del peronismo. Los “renovadores” tomaban distancia del sindicalismo clásico y de los punteros como Herminio Iglesias, señalado como símbolo de lo que había que cambiar para regresar al poder. Pero no tuvieron éxito. Impensadamente, la dupla Cafiero-De la Sota fue derrotada y triunfó un pintoresco caudillo riojano.
Al momento de la llegada de Menem, todo había cambiado. El escenario mundial era completamente distinto. La guerrilla había desaparecido de casi todo el continente. Apenas sobrevivía en Perú. La democracia había llegado a casi todas los países de América Latina. Pero además, llegaban cambios decisivos a nivel mundial. La Unión Soviética se desplomaba por sus propias contradicciones e insuficiencias. La apertura decidida por Mijail Gorbachov, terminó por desplomar el imperio construido por Lenin y Stalin. Toda Europa del este fue arrastrada. En noviembre de 1989 cae el Muro de Berlín y termina una era histórica. Se desploma también la ilusión de una sociedad regida por la planificación estatal y el estado omnipresente.
En ese contexto pero, además, por motivos locales indiscutibles, Menem impulsa una transformación del estado que era ya ineludible. Tras medio siglo, las empresas estatizadas por Perón se habían deteriorado hasta la decrepitud y era imposible su recuperación. El país estaba sin recursos y con una enorme deuda pública por afrontar. Más que al influjo del Consenso de Whasington, los cambios implementados estuvieron dictados por necesidades económicas locales que Menem y Cavallo percibieron y decidieron enfrentar. Surgió así una nueva y desconocida –desconcertante para muchos- versión del peronismo. Se dejaron a un lado banderas clásicas y políticas que se consideraban innegociables. Las privatizaciones de empresas públicas fue quizá la novedad más emblemática y cuestionada.Pero también llegaron la flexibilización laboral, la disciplina fiscal (en los primeros años) y el combate resuelto a la inflación, a la que se logró detener durante diez años.
El peronismo de Menem sigue todavía siendo muy cuestionado, señalado como “neoliberal”. Sin embargo, sus políticas fueron la consecuencia de una lectura apropiada de la situación local e internacional del momento. Era un tiempo en que muchos países implementaron políticas favorables a la economía de mercado y sacaron de la órbita estatal a las empresas públicas que contribuían al déficit y la ineficiencia del sistema.
Economistas de todo el mundo aceptaron reformas como las que se implementaron en el país e incluso la CEPAL incorporaba matices pro-mercado a su discurso tradicional.

La era K
La quiebra de la convertibilidad hizo revivir la ilusión del populismo en la Argentina. Los economistas locales y no pocos políticos identificaron interesadamente a la convertibilidad, es decir al sistema de caja de conversión (el uno a uno), con el conjunto de reformas implementadas durante los noventa y que excedían a aquélla largamente.
El estallido del tipo de cambio demostraba, según esta versión intencionada, que el “neoliberalismo” (denominación impuesta a la economía de mercado) era un fracaso, que el estado debía volver a tomar protagonismo en la economía para salvar al país y a los pobres del maligno sistema impulsado por los grandes poderes mundiales.
Los años de Néstor y Cristina Kirchner contaron con un contexto harto favorable para restablecer una política económica genuinamente peronista, altamente cercana a la de aquellos primeros años de Perón y Evita.
Nacionalizaciones de empresas privatizadas, apropiación de una parte importante de la renta agraria, subsidios a consumos populares y de clase media, congelamiento de precios, ataque a empresas díscolas, aumento del gasto público y la emisión monetaria, regreso de la inflación.
Los excepcionales precios de las materias primas, dotaron al país de recursos extraordinarios que permitieron, por algunos años, políticas expansivas que generaron la ilusión del descubrimiento de un nuevo “modelo” que aseguraba la mejora constante del nivel de vida de los argentinos y el crecimiento permanente de la economía.
Casi toda América tuvo años dorados de fuerte mejora en sus economías a partir de 2002, gracias al crecimiento de la demanda mundial de alimentos y materias primas y su consecuente impacto en los precios.
Pasados los años y con el retroceso parcial en los valores, la imprudencia de los Kirchner quedó a la vista, al igual que en Venezuela. El populismo mostró nuevamente su impotencia e ineficacia cuando cesa la situación de holgura.
Con el kirchnerismo, volvieron también antiguos vicios del peronismo fundacional: acoso de la oposición, pretensión de instalación de un discurso único, propagación de medios oficialistas, mengua de la libertad de prensa, transformación del Congreso en un apéndice del ejecutivo, hostigamiento a jueces díscolos, etc.

Lo que queda
Y aquí estamos. Tras setenta años de peronismo, todo indica que llega un nuevo período de igual signo.
Es que el peronismo ha logrado imponer a la sociedad la idea de que ningún otro partido puede gobernar el país. Y hay algo de cierto en eso. Al menos es lo que nos va demostrando la experiencia histórica hasta este momento. El no-peronismo da toda la impresión de carecer de densidad política, de la solidez conceptual, la inserción social, la penetración territorial que supone un partido o movimiento que aspira a conquistar el poder y, sobre todo, a conservarlo.
Es que la prolijidad en el manejo de lo público y la pulcritud fiscal carecen de épica. Tampoco la honestidad es un valor apreciado en los tiempos que corren. Todos los partidos ven la necesidad de “peronizarse” pues consideran que ello es inevitable si es que quieren tener chances de acceder al poder. Hasta los partidos opositores prometen “solucionarle los problemas a la gente” como si fuera ésa la función de la política y no crear el clima apropiado para que cada uno, en libertad, con trabajo y esfuerzo permanente pueda encarar una vida esperanzadora y fructífera.
Pero ya sabemos: el peronismo puede prometer algo y hacer lo contrario. Puede sostener un discurso y tomar un rumbo distinto. Puede cambiar todos sus puntos de vista si es que lo juzga conveniente. Puede, incluso, tomar como propio el programa de sus rivales y llevarlo a cabo en nombre de su propia historia.
Muchos piensan que es únicamente el peronismo el que puede encarrilar al país en la dirección contraria a la que el propio peronismo lo ha hecho transitar durante estos años.
Pronto sabremos hasta dónde llega su capacidad de reinvención.